Mi…er…da. Escuché un sonido gratificante, uno muy gratificante cuando sentí una sacudida que me cimbró el cuerpo. Ese sonido no fue más que un gemido ahogado de satisfacción que brotó de mi boca. No abrí los ojos, los mantuve allí, cerrados para amanzar cada segundo de la brutal sensación que me causó sentir unos dedos ajenos, tocando esa parte tan receptiva de mi cuerpo. Mis manos abandonaron mis pechos y se mantuvieron en mi cabello, perdiéndose entre las hebras y volviéndolo una maraña que evocaba mi desesperado sentir. No era correcto, pero las tentaciones rara vez lo eran. No estaba en condiciones de negarme a los deseos cuando mi cuerpo casi temblaba por la libertad. Los botones de la camisa de lino blanca fueron aflojados por expertos dedos, lo sentí por la forma en como la jaló

