—Es tarde. Debería ir a dormir. —Tengo hambre, Martino. —Pediré que las mucamas despierten y le hagan algo de cenar—dijo tomando el pomo para cerrar nuevamente, pero mis manos se lo impidieron. Me estaba muriendo allí de ver el mismo color todo el tiempo. No tenía teléfono, ni tampoco un televisor. No tenía nada en que entretenerme. —Puedo ir yo. Llevo días aquí. —Esas son las ordenes del señor. —No lo sabrá, solo quiero ver algo diferente. —No se ha comportado como debe—reprendió molesto—. Si lo hiciera mis hombres no tendrían que poner seguro a la puerta, pero insiste en negar su posición e ir en contra del sistema. La próxima vez, la encerraran en una caja de madera y se volverá loca dentro. Tony no está, pero podría volver. —¿Ahora es peligroso para mi? —Tiene permiso del Don p

