—Eso eres. El peor egoísta que he conocido. Mis ojos ardieron y buscaron controlarse. Estaba ebrio, no medía lo que decía y posiblemente estaba confundido y ansioso de revivir una pasión apagada. Sus lascivos deseos sobre mi le hacían querer mentirme, embaucarme y usar lo que sea para seducirme y llevarme a la cama de nuevo. No, eso no pasaría. —No seas mi suplicio, Neylan, porque teendré que dispararte. —¿Y con eso acabaras con la tortura que te inflijo? ¿Por eso les diste permiso a todos de dispararme si les molestaba? No seas un cobarde Salerno, si quieres ejecutar tus planes, dispara tu mismo. No me humilles más mandado a otros a hacer el trabajo. —No—respondió y yo tuve que moverme un milímetro para que nuestros labios no tuvieran contacto—. Tarde tres días en perdonar que Tony t

