—Estará en unas horas. Enviaré los resultados pronto. —Por supuesto—respondí acariciando la zona donde me habían pinchado. No me gustaba, pero fue rápido y eso se agradecía. Las mucamas acondicionaban todo en silencio y empacaban algunas cosas. Necesitaba ir de compras y tal vez empaparme un poco de la moda italiana en algun momento. Cuando el medico salió, Martino apareció en la puerta. —Es hora de irnos, señorita. Lo ignoré como él me había ignorado. Centré mi atención en la labor de las mucamas. Yo merecía una disculpa. Amablemente me negué a la posibilidad de que le hicieran daño y le ofrecí mi apoyo. ¿Qué ganaba? Un rechazo. Dolía. Martino dolía mucho. —El auto está listo—insistió. —No quiero irme. —Son ordenes que no podemos evadir. Le suplico que me acompañe a menos que desee

