—No estás en posición de elegir nada. —Supongo que debo acatar que soy tu prisionera y no tu madre. —Supones bien. Lo viste y sentiste directamente. Soy su enemigo, no su sobrino, no su hijo, no un Salerno. Yo lo he tenido claro desde hace ocho años y ustedes, quienes decidieron que fuera así, tienden a tener esa negativa. ¿Si no se miden para ofenderme, por qué yo habría de medirme con ustedes? Estás aquí porque hiciste algo que no debías. Tocaste mis negocios y mataste a mis hombres. —¿Existía otra forma de hacerte venir? —No. Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. —¿Lo sientes así? —Así es —aseguré mirándola a los ojos mientras me inclinaba sobre la cama—. ¿Qué persona que tiene un cuchillo en mano habla cuando puede herir? Nadie. No voy a hablar y a esperar la cuchillada. Tenlo p

