—Ve a la cama, Neylan. —Pensé que dijiste que, si moríamos, lo haríamos como los ancianos del Titanic. No creo que te dé tiempo llegar al camarote. —Y yo pensé que te pareció mala idea —reflexioné, haciendo que sus labios se curvaran en una sonrisa. Sus enormes ojos parecieron brillar con diversión. Levantó la mano y la colocó en mi mejilla. Esas largas pestañas… —Pensaste mal, Salerno. El barco se sacudió más de la cuenta, pero las alarmas se mantuvieron estables. Eso no impidió que ella se incorporara para ver si los paneles lanzaban alguna advertencia. No había ocurrido. Mis ojos aún se mantenían sobre los tableros cuando se movió. Pensé que bajaría para irse a la cama, cuando terminó por rodearme con sus piernas. ¿Iba por ese camino? —¿Y si te duermes? —No me voy a dormir. —¿Y s

