CATANZARO. Era más que obvio. Jamás fue de los que se quedara en silencio esperando una señal o que los cielos dieran respuesta a sus problemas. Demasiado joven para ser escuchado, demasiado inteligente como para replicar por eso. Callaba, atendía las opiniones de los adultos y las analizaba en silencio, sin meterse a discutir con ellos. Tenía esa clase de temperamento callado, pero sumamente n***o y casi malvado, si me permitían aseverarlo. No iba a decir que mataría, simplemente lo haría. No mostraba atisbo de preocupación alguna por los demás y en temas de frialdad, ganaba. Tenía esa clase de aura que, aunque joven, demostraba superioridad ante un adulto. Estaba a plena mitad de sus veinticinco y cuando lo dejé de ver, antes de los veinte, ya guardaba esa mirada pesada donde su iris

