Odio lo que él le hace

2485 Words
—Dante Ferretti… —dice mi nombre con bastante entusiasmo, sentándose nuevamente frente a mí—. Esto es para ti. Miro el sobre color rosa pastel con interés, pero no lo rechazo. Bajo su atenta mirada, lo acepto y comienzo a abrirlo para saber qué hay dentro. Leo a detalle y una sonrisa se asoma en la comisura de mi boca. «¿Debería considerarme especial por esto también?». —Oficialmente, ¡esa es tu invitación para la celebración del aniversario Tammy’s Bakery & Coffee! —Oh, vaya… gracias. —Caramba... cuidado y te quedas sin energías por semejante alegría. —Me siento honrado, no lo negaré. —Deslizo la mirada hacia ella mostrándole la mejor de mis sonrisas—. Muchas gracias, Tamara. —Debí dártela antes, lo sé… —Se apresura a decir—. Pero es que he tenido tanto trabajo estos últimos días del mes, que la semana pasada, cuando viniste a la ciudad, lo olvidé por completo. No quise pedirle a Joshua que te dijera, porque yo misma quise hacerlo en persona como cada año, solo que este, no lo estoy haciendo el mismo día y te pido disculpas por ponerte en una posición incómoda. Quizás tengas tus planes y ahora te estás debatiendo en si asistir por educación o decirme amablemente que no podrás venir, porque yo… —Relájate, Tamara. —Deja la palabrería en cuanto le vuelvo a sonreír—. Vendré esta noche, ¿ok? Asiente aliviada y veo cómo, de la nada, su rostro se ilumina de una manera tan preciosa, que me quedo como pendejo admirando su belleza exótica. Y de repente, me doy cuenta que no me está mirando a mí, que su sonrisa y el brillo en sus ojos no es por mí, sino por alguien detrás de mí que conozco muy bien. —¡Joshua! —exclama emocionada—. ¡Hola! «Claro. Esa sonrisa y esa mirada tenía que ser por mi amigo. Mi amigo, quien es su novio, y el que tiene la dicha de besar su piel bronceada cada vez que le dé la gana». Los celos irracionales, esos que conozco y que siento cada maldita vez, hacen su aparición. Odio esta sensación, la odio con todo mi ser, pero la realidad es que la abrazo cada día que paso por aquí y él, mi amigo, mi hermano, su novio, llega, como ahora lo hizo. Me giro a tiempo de ver a Joshua sonriendo a su novia, ni siquiera me mira a mí, aunque ya él sabía que estaría por aquí estos días. Solo tiene ojos para ella. «Pero lo entiendo, carajo. Yo también solo tengo ojos para ella». Joshua llega a la mesa, le extiende una mano a Tammy y ella, antes de aceptarla, me da un rápido vistazo. Sus mejillas se sonrojan con lo que sé, y ella también, pasará. Joshua nunca se corta en demostrar que ella es suya. Toma su boca con hambre, le rodea el culo con una mano y lo aprieta, de esa manera que yo quiero hacer siempre, pero que me jode demasiado ver que hace él. Escucho el gruñido posesivo que sale de mi amigo y me obligo a mirar al cristal, a ignorar mis sentimientos de territorialidad ridículos y fingir que nada sucede. Tomo aire, lo más profundo que puedo sin llamar la atención, y regreso mi vista a ellos. —¿Me extrañaste, osita? «Asco das en los apodos, cabrón». —Solo llevo unas pocas horas sin verte, Joshua —responde Tammy con poca voz, ajena a mis pensamientos internos. Joshua ríe tan radiante como un puto árbol de navidad y al fin desvía su mirada hacia mí. —Y el imbécil más descarado de Italia hace su aparición. —Se separa de Tammy y viene a mí, para darnos el saludo de siempre, el más cavernícola de todos—. ¿Cuándo llegaste? Pensé que me llamarías al aterrizar. De hecho, Eva pensaba lo mismo. ¿Ya la llamaste? Estaba bien ansiosa por su segunda ronda… Me guiña un ojo el muy maldito y tengo que acudir a todas mis putas energías para no mirar a Tammy justo ahora. Odio cuando Joshua me deja de esta manera delante de ella, pero la peor parte es que no puedo reclamarle. Soy un puto. Soy un descarado que desea a su mujer y se folla a otras para intentar convencerse de que la vida sigue, que hay más mujeres que sí puedo tener. No hay manera en que deba ofenderme. Joshua lo sabe. Y si hiciera esto por marcar territorio, que lo dudo, lo entendería. Yo tampoco me querría cerca de Tammy si fuera mi mujer para celar. Dibujo mi sonrisa aventurera, esa que moja y baja bragas, la que se cuela en las camas de las mujeres sin hacer mucho más que sonreír. No quito mis ojos de Joshua y me encojo de hombros. —Yo le recomendaría no estar muy ansiosa —digo con prepotencia, odiando la manera en que debo verme, pero siendo consecuente conmigo mismo. Mi amigo suelta una carcajada. —Cualquiera que te escuche, pensará que es toda una fortuna tenerte en su cama. «No mires. No mires. No. La. Mires». Imposible. Lo hago. Mis ojos se desvían hacia Tammy. Y odio cada segundo que mi mirada se mantiene en ella. Porque veo su decepción, la manera en que mi comportamiento es eso que no le gusta de mí. O tal vez soy yo pensando que mi parte descarada le incomoda cuando en realidad le importa una mierda. No lo sé. Como sea, me molesta verme a través de sus pupilas. Y mi respuesta empeorará esa sensación. —Lo es —aseguro, regresando mi atención a mi panecillo y mirándolo como si fuera ultra necesario antes de metérmelo en la boca. Joshua se ríe con ganas y yo lo ignoro. Se sientan ambos ahora en la mesa y tengo que aguantar el gruñido que quiere salir de mí. «Esta es nuestra mesa, quiero decirle». Pero no hay un nuestro aquí, ninguno. Y eso me lo demuestra el hecho de que sean las manos de él las que estén sobre mi canelita, que su brazo sea el que se apoye tras su silla, mostrando que Tammy es suya para tocar, para besar, para follar. Odio sus muestras de cariño, las repelo cada vez más, no puedo evitarlo. Pienso en la tal Eva y ni siquiera creo que esté pensando en la mujer que dice Joshua. La morena de ojos café, ¿ese era su nombre? «Supongo que tocará ver la lista». —¿Está todo listo para esta noche? Lamento no haber venido temprano a ayudarte —habla él muy cerca de su boca, mordisquea ese labio inferior que tanto quiero probar yo. «Mierda, es que soy masoquista». No quiero ver lo que él le hace, no quiero escuchar los sonidos que salen de ella de forma involuntaria. Eso último, de solo pensarlo, alimenta mis fantasías, las tantas escenas que me he hecho desde que la conocí hace años atrás. —No te preocupes, me levanté una hora más temprano de lo normal. Pero sabes que soy madrugadora, y a las tres de la mañana es una buena hora para hornear. «¿Se levantó a las tres de la mañana o a esa hora estaba horneando ya?». —A esa hora no iba a estar aquí, osita. Odio abrir los ojos antes de tiempo. Tammy suspira. Y sonríe. Pero no es… esa sonrisa. La que es mía, la que es sincera. Esta se ve cansada, abrumada, agotada, que sé yo. Joder, si es que quiero sacudir a Joshua y darle par de golpes para que se le acomoden las neuronas. ¿Por qué tengo la jodida certeza de que no dormiría la noche anterior si ella me pidiera a mí que la ayudara a prepararlo todo? Sacudo la cabeza de esos pensamientos cuando la conversación entre ellos se desvía a otros temas… así como la mía. Joshua tiene una mano bajo la mesa, asumo que está sobre su muslo. De ser yo, fácilmente estaría colando mis dedos entre sus suaves carnes, de solo pensar en su humedad casi gimo. Lo que sería jodidamente raro, perturbador y vergonzoso. Ella gritaría en su mente. Sería mi nombre lo que susurraría sin cesar, mientras mis labios torturaran su oreja y mis dedos su intimidad. No la de su novio. Mi amigo. «Algo que tengo que seguir recordándome, carajo». ¿Será que ella se corre con él? ¿Una vez? ¿Dos veces? Estoy seguro que yo le daría el doble de placer. Antepondría su sentir a mis necesidades. Tenerla en mi cama, adorarla como ella merece, sería todo lo que me pondría como meta. Darle su lugar, hacerla sonreír, casi tanto como le entregaría orgasmos. «Joder, estoy mal». Bajo la cabeza y cierro los ojos, me pellizco el puente de la nariz, frustrado. No puedo seguir aquí. —Puedes ayudarme en algo, de hecho —escucho que dice Tammy. Joshua murmura una respuesta. —¿Puedes traer el champán? Logré hacer lo que necesitaba a primera hora de la mañana, pero me queda bastante por hacer todavía. Creo que el viaje al aeropuerto me ocupará más tiempo del que tengo. Miro a mi amigo, él solo asiente, pero veo en sus ojos, en su expresión, que lo que dice mi Tammy no está siendo su prioridad. —¿Puedes? —Sí, claro. Yo lo traigo. ¿Lo mismo de siempre? Tammy asiente con una sonrisa y lo toma del rostro para darle un rápido beso. Un maldito beso que me hace sentir el infierno en la garganta. «Sal de aquí de una vez, Dante». Me lo digo, me lo grito interiormente. No puedo más con esto. Tengo que superar esta absurda atracción que siento por ella. Es la mujer de mi amigo, llevan dos años juntos y el maldito mujeriego que antes era Joshua no aparece por ningún lugar, lo que debería ser un motivo, el motivo de más peso, para dejar este interés mío de una vez. Porque sí, el que sea mi amigo debería ser suficiente, pero después de todo este tiempo está claro que no será así. —Me tengo que ir —digo de repente, cuando las manos de Joshua toman con más atención el rostro de Tammy, y está a punto de comerle la boca, no conforme con el beso casto que ella le dio como agradecimiento. La mesa se tambalea cuando me levanto repentinamente. Las tazas tiemblan también, pero me limito a solo pedirle una disculpa a Tammy, que me mira extrañada. —Tengo que… encontrarme… con alguien… Digo la primera mentira que se me ocurre. Joshua ríe a carcajadas. —Se te ve desesperado, amigo. ¿Ya no quedan mujeres en Italia? «El problema es que quiero follarme a la tuya, maldito». Pero, obvio, no digo eso. Solo sonrío, como el puto que soy, que sigo siendo, porque sí, iré a por una mujer. —Nos vemos esta noche, Tamara. Gracias por la invitación —le hablo a ella, disfrutando del último vistazo a sus ojos hermosos, a sus mejillas sonrojadas—. Y a ti, Joshua, no tengo la culpa que ahora seas tipo de una sola mujer. Déjame disfrutar mi soltería. Me dan asco mis palabras. Le guiño un ojo a Tammy para que sienta mis palabras como una broma a su novio y me retiro. Me largo sintiendo que voy a explotar. Queriendo encontrar una cura para esta obsesión. Porque eso es lo que siento por ella. Una obsesión oscura, malditamente descontrolada. Una de la que tengo que deshacerme, porque es mi regla, porque es mi hermano, porque es la mujer de mi mejor amigo. La mujer que me encantó, me hechizó, de la que no me creía merecedor y que, con tal de mantener en mi vida de manera indirecta, no seduje. Porque eso implicaba dejarla atrás, implicaba pisar una línea que no pretendía traspasar, por miedo a lo que ella pensara. ¿Hubiera sido una buena idea seducir a Tammy? ¿Dejarme llevar por mis pensamientos impuros y tenerla en mi cama tres jodidas veces? Eso ella no lo hubiera aceptado. Y, aunque no estoy completamente seguro de que yo hubiera respetado mis reglas, no di ese paso. No estaba listo para dejar de verla. No estaba listo para dejar de visitar este lugar que tanto bien me hace. No estaba listo para dejar de ver sus hermosos ojos, o esa sonrisa que sigue siendo mía. Ella era mi canelita. Mía para admirar a la distancia, porque no tenía los huevos para arriesgarme y ver qué pasaba. Salgo de la cafetería, el olor a pan persiste en la acera y cierro los ojos, porque me recuerda a ella. Todo me recuerda a ella en este punto de mi vida. El frío me cala los huesos de repente, rivaliza con esto que quema en mi interior. Me detengo un segundo para organizar mis pensamientos. No tengo buen humor ahora y eso es solo culpa del imbécil de Joshua. Busco mi móvil, mi lista y los teléfonos. «Eva». Según mi amigo, ella está ansiosa por su segunda ronda. Verifico que sí, en efecto, solo he estado con ella una vez, y la llamo. No estaba en mi mente follar tan temprano, pero me importa un carajo, necesito expulsar esto de mí. Siento rabia, una furia tan intensa como peligrosa. Siento como si un demonio se apoderara de mi ser. La voz sensual de la mujer me responde tras solo dos tonos de mi llamada. Le doy la misma dirección de la vez anterior y retomo mi camino, sabiendo que esta siempre será mi terapia. ¿Sacarme a Tammy de la cabeza por voluntad propia? Improbable. ¿Coger con otras mujeres, completamente diferentes a ella físicamente, solo por tratar de satisfacer al puto que hay en mí? Acuñado. Ya lo tengo aceptado, para mi consternación. Eva grita mi nombre y yo me niego a gruñir con desagrado. No soporto sus gemidos, no soporto sus chillidos. Pero aquí estoy, afincando mis dedos en su poca carne y moviendo su cuerpo a mi antojo para penetrarla con más fuerza. Sé lo que doy en la cama, sé cómo se sienten las mujeres cuando las embisto con fuerza y con el punto exacto de rotación en mis caderas para arrancarles el grito descontrolado. Sé cómo, dónde y qué presión ejercer al tocarlas. Sé todo eso, pero de nada sirve. No sirve, porque cuando cierro los ojos, es una mujer hermosa y sexy la que está debajo de mí, la que se traga mi v***a o la que toca mis abdominales. Es otra mujer la que gime, la que jadea mi nombre y me pide más. Un más que yo le doy gritando en mi mente su puto nombre. «Maldita Tamara Duarte».
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD