Tres

1113 Words
Diez años después... Ella se viste con su falda negra que le llega por debajo de las rodillas y no es ancha, pero tampoco ajustada para evitar los chismes y miradas descalificativas. Por encima del sostén se pone una camisa blanca de tela suave y fresca, que le cubre los brazos completos; luego se recoge el cabello, cuyas puntas terminan por encima de los hombros, en un moño sencillo. Se pone sus aretes y collar de perlas y se unta un poco de brillo humectante sin color en los labios, para que estos no se le resequen. Luego, se vierte un poco del perfume con olor a rosas que le encanta y ya está lista para ese día especial. Su graduación. Después de enviudar, cinco años atrás, tuvo esa libertad que se le había arrebatado cuando apenas empezaba a volar: poder estudiar una carrera. En este caso, floricultura. Todo un año se la pasó de actividad en actividad, puesto que su esposo fue un hombre popular en la pequeña ciudad y muy preciado, así que se veía invitada a diferentes conmemoraciones en honor a él. Después de un año nada productivo, como los primeros cinco que estuvo encerrada en casa siendo la esposa perfecta, decidió hacer algo por su vida. —Hoy, después de tantos obstáculos y lucha por fin obtendré mi título —dice mientras se mira al espejo. Se siente ufana y victoriosa por su logro, ese que creyó nunca obtendría, diez años atrás. Con su bolso grande y n***o, que hace juego con sus zapatos cerrados de tacones medios, ella sale de la casa y conduce su vehículo en dirección a la universidad, donde se llevará a cabo la celebración. La ceremonia concluye y todos los graduados tiran sus birretes para arriba, como manera de celebrar su gran logro. Ella observa con añoranza a sus compañeros de graduación, quienes reciben los abrazos y halagos de sus familiares y amigos. Un suspiro tristón sale de su boca y mira con orgullo la carpeta que le da licencia para lograr su sueño: poner su propio vivero. Su meta es ambiciosa porque no se limita a aquella ciudad, ella quiere expandir su negocio a otros países. Mira a su alrededor una vez más y se abraza a sí misma. Las lágrimas le opacan la vista y la sensación de soledad le embarga el pecho. Todos los graduados, sin importar la edad, tienen por lo menos una persona que celebran junto a ellos, pero ella no. Está sola y a nadie le importa sus logros. Pese a que tiene una familia grande, a ninguno de ellos les parece que un viaje del campo a la ciudad valga la pena si es para acompañarla en su capricho rebelde y absurdo, así es como le llaman a su sueño. Se sube al auto y da una última mirada al lugar en el que estudió por varios años y a los compañeros que mantenían una distancia prudente de ella, por el simple hecho de ser la viuda de Koch; una mujer que debe permanecer inalcanzable para los demás hombres, ser la envidia de las menos pudientes y que es poco interesante para las más modernas. Ella está condenada a estar sola y debe regirse por la línea que su estatus le exige. Como viuda de un hombre tan importante, no está bien visto que vuelva a casarse o que coquetee con otros hombres; dado que, según el juicio de las personas en su círculo, aquello sería faltarle el respeto a la memoria de su marido, ya que, ningún hombre estaría a la altura de él. No tiene amigos porque es incorrecto que una mujer que vive sola los tenga; tampoco tiene amigas de verdad debido a que es muy anticuada y aburrida para las jóvenes, y para las más viejas no es lo suficiente madura. Aun así, las señoras mayores son su círculo, pero las reuniones con estas tienden a ser insoportables, llenas de sermones y críticas hacia su persona. Pero su nuevo proyecto le da la esperanza de salir de esa horrible rutina y prisión, para empezar a vivir la vida que una vez soñó y que se vio frustrada por las decisiones de otros. Ella regresa a casa y se prepara una cena especial, acompañada con vino y un postre de felicitación. Nadie respondió a su invitación para celebrar junto a ella, porque les pareció demasiado pretencioso que esta se graduara de una carrera que normalmente escogían los hombres, así que le toca festejar a ella sola su éxito. *** En una ciudad lejana, llena de tránsito, humo y suciedad; un joven rubio, de ojos verdes y cuerpo atlético se tambalea cerca de unos callejones. Su pantalón n***o de mezclilla lleva varios rotos como decoración y la remera blanca, que se le pega al torso como segunda piel, se encuentra estrujada y sucia de labial rojo. Sus rizos dorados los tiene regados por toda la frente, pese a que se los ha recogido en una coleta baja que le cubre el cuello. Su piel blanca está enrojecida y su mirada apagada. Cuando ya no puede sostenerse más sobre sus pies, cae sentado en el piso y maldice a gran voz su infortunio. —¡Maldita loca! La hija de puta me drogó para no pagarme. Si te encuentro, desgraciada, te haré pagar con creces. —¿Qué haces en mi lugar? —Un vagabundo interrumpe su queja. —Esta es la calle, vago del demonio. ¡Puedo estar aquí las veces que quiera! —¡Este es mi lugar! —le reclama el hombre con actitud de pelea—. Ve y busca tu propio sitio donde dormir. —¡Déjame en paz! ¿Acaso me ves cara de mendigo? ¡Yo soy Giovanni Amato! ¿No me ves? Mi familia es dueña de media puta ciudad y yo estoy aquí tirado, discutiendo con un vagabundo ignorante, que no sabe reconocer a las personas. El hombre lo mira como si estuviera loco y toma un pedazo de tabla de un basurero, dispuesto a golpear al intruso con esta. —¡Vete, drogadicto! —vocifera el mendigo mientras lo ataca con la madera. —¡¿Qué crees que haces, maldito loco?! —Él se levanta con movimientos torpes y esquiva los ataques. Pese a que su cuerpo se siente débil, gracias a la sustancia que consumió de forma involuntaria, aún puede defenderse. Con gran agilidad, le quita la tabla a su atacante y le da un puñetazo que lo hace caer al piso. El joven se va de aquel lugar con pasos torpes, ignorando las maldiciones y amenazas que el mendigo vocifera en su contra.
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