—Todo lo que tienes es gracias a mí porque tú solo eres un huérfano. Ni siquiera tienes parte en la herencia del señor Amato.
Giovanni mira a su tío de mala gana y toca la mesa de forma rítmica, con la yema de su dedo índice.
—Todo lo que dices que tengo es gracias al sudor de mi pene —refuta el rubio con ironía.
—Pues tu pene no hubiese tenido trabajo si no fuera por mí. Sé más agradecido.
—¿Agradecido? —Giovanni ríe con sarcasmo—. Yo era un muchacho; te aprovechaste de que estaba desamparado y me engañaste con una deuda que nunca existió.
—Sí existe. No sé quién te ha metido cucarachas en la cabeza, pero estás equivocado —refuta su tío—. La deuda que dejó Hugo es grande y no con cualquier deudor, estamos hablando de la mafia de Cinsy, Gio.
Giovanni mira a su tío con ironía y asiente con la cabeza.
—Ummm... De todas formas, yo dejo esta mierda. Creo que he pagado hasta con creces la dichosa deuda.
—¿Crees que has terminado? No es así. —La cara de Víctor se desfigura en una expresión escalofriante, pero ya ese gesto no le provoca miedo a su sobrino.
—¿No he terminado? ¡Tengo diez años en esta mierda! ¡Diez malditos años! Yo no quiero esto y no me puedes obligar —estalla, perdiendo la paciencia.
—Tienes razón —secunda mientras pone la mano sobre la de él. Luego le acaricia el rostro por encima de la mesa y lo mira con una sonrisa dulce—. Mi sobrino amado, cuánta razón tienes. Siento mucho que hayas tenido que vivir esta vida de mierda, pero no es que haya muchas opciones en Cinsy. No te preocupes, yo me encargo de cubrirte.
»Es que sabes que las deudas con la mafia se terminan cuando ellos así lo deciden. Es por esto que te aconsejo que vendas todo lo que tienes, tomes tus ahorros y te vayas de esta ciudad. Vive una nueva vida con otra identidad. Yo me encargaré de desaparecer a Giovanni Amato.
El joven se queda atónito ante las palabras de su tío, pero siente alivio de que lo deje ir, al fin.
—Gracias, tío. No sabes lo feliz que me hace ser libre de esta basura de vida; de verdad, muchas gracias.
Giovanni deja la oficina de Víctor y se va para su apartamento. De inmediato, llama a una agencia para poner todo en venta.
***
Ella abre la tienda como de costumbre y empieza su labor. Se encarga de limpiar el local, recibir y organizar las flores, preparar los arreglos de muestra y ubicar los folletos y caramelos en su lugar. También hace café y lo pone en una cafetera grande que rodea con vasos desechables; es un regalo para sus clientes y visitantes.
Cuando todo está en su lugar, ella cambia el cartel de cerrado a abierto.
La mañana avanza con pocos pedidos y visitas, así que ella aprovecha para sacar cuentas. Le preocupa un poco que la tienda ha bajado sus ventas, pero dado que esta tiene otro proyecto en mente, esa preocupación aminora un poco, aunque no del todo.
Suspira al mirar el último informe del negocio textil que le heredó su marido y que es manejado por su cuñado. Sabe que los números están alterados, dada su experiencia en la contabilidad de la tienda y el conocimiento adquirido en algunos cursos que hizo antes de poner la floristería.
No obstante, no se atreve a enfrentarlo porque eso sería buscarse problemas con toda esa familia y, como siempre, ella saldría humillada y culpada de todo.
—Cuando ponga mi propia producción de flores, les dejaré la fábrica a ellos y así me quitaré ese dolor de cabeza de encima —dice para sí como manera de animarse y lidiar con la frustración e impotencia.
Por el momento, no puede desentenderse del patrimonio que le dejó su esposo porque toda su familia depende de ese dinero, dado que, la floristería que puso años atrás, no deja lo suficiente para mantener a tantas bocas.
***
La noche ha avanzado, por lo que el señor Koch despide a sus amigos. Una mujer de servicio empieza a recoger las bandejas con los restos de comida, copas y botellas para dejar la casa impecable.
—Yo la ayudo —dice la joven con timidez. La señora la mira con desagrado, como si esta le repugnara.
—Este es mi trabajo. Usted limítese a cumplir su papel de esposa. Debería ir a bañarse para que le sea útil a su marido.
Aquellas palabras le provocan temor a la joven inexperta, al entender a qué se refiere con serle "útil" a su esposo.
Katerina mira sus zapatos como manera de manejar la ansiedad, desea tanto regresar a su casa y acurrucarse en la cama de sus padres; no obstante, se dirige a la habitación donde el señor Koch a quien encuentra leyendo un libro de finanzas.
—Katerina, debes estar aburrida. ¿Por qué no te das un baño mientras yo termino de leer?
—Como diga, señor.
—No me llames "señor". Recuerda que somos esposos. Puedes decirme Jabor.
Ella asiente sin emitir palabras. Todo lo que desea en ese momento es llorar.
Después de un baño largo, ella sale temblorosa de la ducha, con una bata de dormir larga puesta, que le cubre todo el cuerpo.
—Mi amor, ya estás lista al fin. —La mirada de ella se dirige al libro que él pone sobre la mesa de noche. Ante sus ojos, aquel libro luce interesante y le apetece tanto leer su contenido.
—Señor... —Él carraspea y esta hace pausa—. Jabor, ¿me prestaría su libro?
Él la mira con sorpresa.
—¿Quieres leer un libro de finanzas?
—Sí... —Ella se muerde los labios.
—Si lo quieres leer puedes hacerlo. Todo lo que está aquí es tuyo y no tienes que preguntarme. Pero me intrigas, las jovencitas de tu edad no suelen interesarse en las finanzas como estudio, más bien, en gastar.
Ella se sonroja de la vergüenza.
—Me gustan los negocios...
—Interesante... Pero eres una mujer y mi esposa, no tienes necesidad de aprender esas cosas. Tú solo sé obediente y gasta todo el dinero que desees, es lo único que espero de ti.
Katerina asiente con ganas de llorar. ¿De verdad así será su vida?
Ella casi da un respingo cuando este le quita la ropa y la deja desnuda ante él. Se cubre los pechos por instinto y baja el rostro, muerta de la vergüenza.
—No te cubras. Tu cuerpo me pertenece. —Le quita las manos con rudeza y la toca con lujuria. Como respuesta, Katerina aprieta los labios para no gritar. El asco que siente con la cercanía de aquel señor, quien es más viejo que su propio padre, le dan ganas de golpearlo fuerte y huir de allí.
Él la toma de la mano y le indica que se acueste con las piernas abiertas y, una vez ella le obedece, él se quita la ropa.
Ver aquel cuerpo sin forma, lleno de pelos y con arrugas, le provoca más náuseas a la joven, quien debe disimular su desagrado cuando este se le sube encima de forma asfixiante.
—Te dolerá un poco, pero no será así siempre —le advierte antes de entrar en ella, quien grita al sentir un dolor cortante e insoportable.
—Por favor, pare, me duele —solloza ella desconsolada, pero él continúa embistiendo y disfrutando la estrechez de la chica.
—Aguanta un poco más, ya estoy terminando.
Ella aprieta los ojos y los puños, y se imagina en un campo lleno de flores, como manera de escape al infierno que vive, debajo del cuerpo de quien ahora se llama su esposo.
Katerina se despierta espantada y con sudores fríos en todo el cuerpo. Mira a su alrededor con temor y suspira de alivio cuando se ve sola allí.
—Cierto, hace cinco años dejé de vivir ese infierno —dice para sí y se vuelve a recostar.