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Mi camino hacia ti. (Porque antes de encontrarte, tuve que perderme).

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Blurb

Elena perdió a sus padres a los dieciséis años y, con ellos, la seguridad de un mundo que creía eterno. Obligada a crecer demasiado pronto, dejó Dallas para empezar de nuevo en San Francisco, bajo el cuidado de una tía que le ofreció refugio y cariño cuando más lo necesitaba.

A los diecinueve, Elena no busca el amor. Busca estabilidad, silencio, un futuro que no duela. Pero el destino tiene otros planes.

Gabriel Montoya llegará sin avisar, removiendo heridas que aún no han sanado y despertando sentimientos que Elena juró mantener dormidos. Entre pérdidas, miedos y decisiones difíciles, ambos descubrirán que el amor verdadero no siempre aparece para salvarnos… sino para mostrarnos el camino.

Mi camino hacia ti es una historia intensa y emotiva sobre crecer, sanar y amar cuando el corazón aún aprende a confiar.

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Capítulo:1
Algunas historias de amor no comienzan con un encuentro, sino con una pérdida. Esta es la historia de Elena, una joven que aprendió demasiado pronto que la vida puede cambiar en un instante, y que el amor, a veces, se va sin despedirse. Creció entre ausencias, silencios y la necesidad de hacerse fuerte cuando aún no sabía cómo. También es la historia de Gabriel Montoya, un hombre que llegará cuando Elena no esté buscando nada, cuando su corazón esté ocupado sobreviviendo y no creyendo. Él no será una promesa fácil ni un refugio inmediato; será un desafío, una duda constante y, al mismo tiempo, la única verdad que no podrá ignorar. Entre Dallas y San Francisco, entre el pasado que duele y un presente que exige valentía, sus caminos se cruzarán para demostrar que el amor no siempre llega para salvarnos… a veces llega para enseñarnos a sentir otra vez. Esta no es una historia perfecta. Es una historia real, de heridas abiertas, de decisiones difíciles y de un amor que tendrá un precio. Porque amar, cuando ya has perdido, siempre cuesta más. Antes de la tragedia, Elena había sido profundamente amada. Valeria Cruz y Eduardo Cruz no eran una pareja perfecta, pero sí una feliz. Se habían conocido jóvenes, compartiendo sueños, planos y cafés interminables. Ambos trabajaban en la misma empresa de arquitectura, un lugar donde las ideas se convertían en edificios y el futuro parecía siempre posible. Amaban lo que hacían, y más aún, la vida que habían construido juntos. Elena era el centro de ese mundo. No como una niña sobreprotegida, sino como una hija deseada, cuidada y escuchada. Valeria solía decir que Elena había llegado para darle sentido a todo, y Eduardo la miraba con orgullo cada vez que ella hablaba, como si en cada palabra descubriera algo nuevo. Creció rodeada de risas, de cenas familiares, de domingos tranquilos y conversaciones sinceras. Sus padres no eran ricos en excesos, pero sí en amor. Le enseñaron a ser responsable, a soñar en grande y a creer que el cariño verdadero se demuestra en los pequeños gestos. Por eso la ausencia fue tan brutal. El accidente no solo le arrebató a sus padres; le robó la versión del mundo en la que Elena creía. De un día para otro, las llamadas de su madre dejaron de llegar, y el abrazo fuerte de su padre se convirtió en un recuerdo al que solo podía aferrarse en silencio. Durante mucho tiempo, Elena pensó que sobrevivía gracias a ellos. A lo que le habían enseñado. A la forma en que la amaron. Quizás por eso, incluso en medio del dolor, nunca perdió la capacidad de sentir. Nunca dejó de creer, aunque con miedo. Y sin saberlo, esa manera profunda de amar —heredada de Valeria y Eduardo Cruz— sería lo que, años después, cambiaría su destino cuando el amor volviera a tocar su vida Elena cursaba los últimos años de la preparatoria y su rutina era sencilla, casi predecible. Al llegar a casa, dejaba la mochila junto a la escalera y anunciaba su llegada con un saludo que siempre encontraba respuesta. —Ya llegué. Rosa estaba allí casi todos los días. Era la empleada de la casa desde antes de que Elena pudiera recordarlo con claridad, una mujer amable, de voz suave y manos siempre ocupadas. La recibía con una sonrisa sincera y, sin preguntar demasiado, le indicaba que la comida estaba lista. Elena se disponía a comer apenas cruzaba la cocina. A veces era sola, otras veces esperaba a que sus padres llegaran un poco más tarde del trabajo. Mientras tanto, Rosa se aseguraba de que no le faltara nada, como si también cuidara de ella desde un lugar silencioso y constante. Valeria y Eduardo solían llegar cansados, pero felices. El trabajo en la empresa de arquitectura ocupaba gran parte de sus días, aunque nunca fue una carga entre ellos. Al contrario, compartían proyectos, ideas y esa complicidad que solo tienen las parejas que crecen juntas. Las tardes en casa eran tranquilas. Conversaciones simples, risas espontáneas, planes para el fin de semana. Elena los observaba sin darse cuenta de que estaba viviendo recuerdos que un día extrañaría con una intensidad imposible de explicar. Nada parecía urgente entonces. Nada parecía frágil. La casa estaba llena de vida, de voces conocidas y de la certeza de que todo seguiría igual al día siguiente. Elena no lo sabía, pero esa normalidad era un privilegio. Uno que el destino le arrebataría demasiado pronto. Y cuando lo hizo, cada detalle —la comida servida, el saludo al llegar, la presencia de Rosa en la cocina— se convertiría en un recuerdo al que volvería una y otra vez, buscando refugio en lo que alguna vez fue su hogar. La tarde transcurrió con absoluta normalidad. Elena hizo sus tareas en su habitación, escuchando música a bajo volumen, esperando como siempre el sonido del auto de sus padres al llegar. Rosa terminó de limpiar la cocina y se despidió con un “hasta mañana” cariñoso, dejando la casa en ese silencio cómodo que anunciaba el final del día. Elena bajó las escaleras para servirse un vaso de agua cuando el timbre sonó. No fue insistente. No fue urgente. Fue solo un timbrazo seco que no anunciaba nada… y, sin embargo, lo cambió todo. Al abrir la puerta, Elena se encontró con dos oficiales de policía. Sus rostros eran serios, demasiado cuidadosos. Uno de ellos preguntó su nombre, y cuando ella respondió, intercambiaron una mirada que le heló la sangre. —¿Eres Elena Cruz? —preguntó el más alto. Ella asintió, sintiendo cómo algo invisible se apretaba en su pecho. No recuerda exactamente cómo la hicieron sentarse. Tampoco recuerda las palabras exactas. Solo recuerda fragmentos: accidente, hospital, lo sentimos. Recuerda el sonido de su propia respiración rompiéndose y la sensación de que el suelo había desaparecido bajo sus pies. Valeria Cruz y Eduardo Cruz no volverían a casa. Elena no lloró de inmediato. Se quedó allí, inmóvil, mirando a los oficiales como si se hubieran equivocado de puerta, de familia, de historia. Pensó que sus padres llegarían en cualquier momento, que todo se aclararía, que alguien diría que había sido un error. Pero nadie lo hizo. Esa noche, la casa se llenó de voces extrañas, de abrazos que no sentía, de palabras que no alcanzaban. Elena se refugió en su habitación, abrazando una almohada que aún conservaba el aroma de su madre, entendiendo por primera vez que hay dolores que no gritan… solo se instalan. A los dieciséis años, Elena perdió a sus padres. Y con ellos, perdió la versión más segura de sí misma. El mundo siguió girando. Pero para ella, nada volvió a ser igual.

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