Capítulo:2

1106 Words
El funeral se celebró tres días después, bajo un cielo gris que parecía acompañar el peso del momento. La noticia de la muerte de Valeria Cruz y Eduardo Cruz llegó una tarde cualquiera, rompiendo la normalidad de una vida que hasta entonces había estado llena de certezas. Sus padres, una pareja unida por el amor y los sueños compartidos, trabajaban juntos en una empresa de arquitectura y habían construido un hogar donde Elena creció sintiéndose protegida y profundamente amada. Era hija única. Y en cuestión de horas, se quedó sola. El velatorio se llenó de rostros conocidos, de palabras cuidadosas y abrazos que intentaban sostener lo insostenible. Elena permanecía en silencio, sentada frente a los ataúdes, observando a sus padres como si en cualquier momento fueran a abrir los ojos y llamarla por su nombre. Fue allí donde apareció Lucía, la hermana menor de Eduardo. Lucía era una mujercita de gestos suaves, mirada dulce y voz tranquila. Al ver a Elena, la rodeó con los brazos y la sostuvo como si quisiera protegerla del dolor que ya era imposible evitar. —Mi amor… —susurró—. No estás sola. Lucía se quedó en Dallas desde ese mismo día. Le explicó a Elena, con delicadeza, que faltaba poco para su graduación y que no la movería de allí de inmediato. Permanecerían en la casa familiar hasta que todo terminara, hasta que Elena cerrara esa etapa. —Después nos iremos a San Francisco —le dijo—. Empezaremos de nuevo, juntas. Elena asintió sin discutir. No tenía fuerzas para oponerse ni para decidir nada. Confiar en su tía fue, en ese momento, la única manera de mantenerse en pie. Los días siguientes pasaron lentos, envueltos en una tristeza constante. Elena regresó a la preparatoria con la sensación de que ya no pertenecía a ese lugar. Sus compañeros la miraban con compasión, pero fue Ana, su mejor amiga, quien realmente entendió lo que significaba perderlo todo. Ana estaba destrozada. Habían planeado ir juntas a la universidad, compartir apartamento, construir un futuro que ahora se desmoronaba. Cuando Elena le contó que se mudaría a San Francisco después de la graduación, Ana no pudo contener las lágrimas. —No quiero perderte también a ti —dijo, aferrándose a ella—. No ahora. Elena la abrazó con fuerza. —No te pierdo —susurró—. Solo cambio de camino. La graduación llegó envuelta en aplausos que sonaban lejanos. Elena sostuvo su diploma pensando en sus padres, en lo orgullosos que habrían estado. Y mientras cerraba esa etapa, comprendió que Dallas ya no podía ser su hogar. A los dieciséis años, Elena enterró a sus padres, se despidió de su mejor amiga y dejó atrás la vida que conocía. Sin saberlo, ese fue el primer paso de su camino hacia el amor. Un camino que, aunque comenzaba con dolor, aún guardaba promesas. El último día en Dallas llegó sin pedir permiso. Elena caminó por los pasillos de la preparatoria sabiendo que era la última vez. Cada locker, cada pared, cada risa ajena le recordaba que estaba cerrando una etapa que no había terminado como imaginó. Sus amigos la esperaban al final de la jornada, con sonrisas tristes y abrazos que duraban un poco más de lo normal. —No te olvides de nosotros —dijo uno, intentando bromear. Elena sonrió, pero el nudo en la garganta no la dejó responder. La despedida más difícil fue con Ana. Se encontraron en el mismo banco donde solían sentarse a hablar de la universidad, de los planes que ahora solo existían en el recuerdo. Ana tenía los ojos rojos, y esta vez no intentó disimularlo. —Íbamos a hacerlo juntas —dijo, con la voz quebrada—. Todo. Elena la abrazó con fuerza, como si pudiera quedarse ahí para siempre. —Nada de lo que vivimos se borra —susurró—. Solo cambia la distancia. Ana asintió, aunque le dolía aceptarlo. Se prometieron visitas, llamadas, mensajes interminables. Se prometieron no soltarse, aunque la vida empujara en direcciones distintas. El día del viaje, Lucía cerró la casa de Dallas con cuidado, como quien guarda algo que aún duele. Elena subió al auto con una sola maleta y demasiados recuerdos. Miró por última vez la calle donde había crecido, sabiendo que no volvería siendo la misma. San Francisco las esperaba al final del camino. Cuando el avión despegó, Elena apoyó la frente en la ventanilla y dejó caer las lágrimas que había contenido durante días. No lloraba solo por lo que dejaba atrás, sino por la vida que ya no tendría. A los dieciséis años, Elena se despidió de sus amigos. Se despidió de Ana. Y se despidió de Dallas. Sin saberlo, estaba dando el primer paso hacia una nueva versión de sí misma. San Francisco la recibió envuelta en neblina. Cuando Elena bajó del avión, el aire frío le erizó la piel. Nada se parecía a Dallas. El cielo era más bajo, las calles más empinadas, y el ruido distinto, como si la ciudad hablara en voz baja. Por primera vez en mucho tiempo, no hubo recuerdos que la golpearan de inmediato. Lucía tomó su mano con suavidad. —Ya estamos aquí —dijo—. Poco a poco. El trayecto hasta la casa fue silencioso. Elena miraba por la ventanilla los edificios, los tranvías, la gente caminando deprisa, cada uno con su propia historia. Todo le resultaba ajeno, pero también seguro. Nadie la conocía. Nadie sabía lo que había perdido. La casa de Lucía estaba en una calle tranquila. No era grande, pero tenía algo acogedor, como si siempre hubiera estado esperándolas. Al entrar, Elena percibió el aroma a limpieza y a hogar, una mezcla que no dolía. —Esta será tu habitación —dijo Lucía, abriendo una puerta al fondo. Era sencilla: una cama, un escritorio junto a la ventana y una vista parcial de la ciudad. Elena dejó la maleta en el suelo y se sentó en la cama, observando el espacio en silencio. No era su cuarto en Dallas, pero tampoco necesitaba serlo. Esa noche cenaron juntas en la cocina, hablando poco. No hacía falta llenar los silencios. Lucía respetaba los tiempos de Elena, y Elena agradecía no tener que explicar nada. Cuando se quedó sola, Elena se acercó a la ventana. Las luces de la ciudad brillaban difusas entre la neblina. Pensó en Ana, en sus amigos, en la vida que había dejado atrás. Sintió tristeza, sí… pero también algo nuevo. Calma. San Francisco no le prometía felicidad. Solo le ofrecía un comienzo. Y por primera vez desde la muerte de sus padres, eso fue suficiente.
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