La noche había caído sin drama.
Estaba sentada en el sofá, con una pierna doblada bajo el cuerpo y la otra colgando sin ganas, viendo un programa que ni siquiera seguía. En la mesa baja, un frasco de mantequilla de maní abierto y una cuchara hundiéndose con descaro por tercera vez.
—Esto técnicamente es una ensalada si consideras que los maníes crecen en la tierra —murmuró, hundiéndose en la tercera cucharada de "cena".
El departamento estaba en silencio, salvo por el zumbido lejano de la ciudad filtrándose por la ventana entreabierta.
Entonces, el ruido cambió.
No un golpe. No un grito.
Un ritmo distinto. Sutil, insistente.
Alicia dejó la cuchara suspendida en el aire.
No es nada —pensó—. Vecinos.
Aún así, cerró el frasco con cuidado y lo dejó a un lado. Se limpió los dedos en el pantalón, un gesto automático que no supo explicar. El cuerpo adelantándose a la mente.
El sonido volvió. Más cerca.
Pasos en el pasillo.
Esta vez, no dudó. Apagó el televisor sin hacer ruido y se levantó despacio. El corazón comenzó a latir con una cadencia incómoda, conocida.
—No exageres —susurró.
Pero sus pies ya estaban firmes. Hombros rectos. Respiración baja.
El picaporte giró apenas.
La puerta no se abrió del todo. Solo lo suficiente para que una sombra se colara, como tinta en agua.
Alicia retrocedió un paso.
No. No ahora. No así.
Podía correr. Podía gritar. Podía encerrarse en el baño y esperar.
Durante un segundo entero, no hizo nada.
Ese segundo peso más que cualquier decisión.
Luego, el recuerdo la atravesó como una chispa.
Si dudas, pierdes.
Cuando la puerta se abrió de golpe, Alicia ya estaba en movimiento. No pensé. No calculó. El gesto nació de un lugar que había prometido no volver a visitar.
El intruso apenas alcanzó una reacción cuando ella desvió su centro de gravedad, giró la muñeca que intentaba sujetarla y usó su propio impulso en su contra.
El golpe fue seco. Contenido.
El cuerpo cayó contra la pared con un sonido hueco. Ella lo empuja fuerte con una patada fuerte fuera de su departamento.
Inmediatamente un segundo hombre apareció detrás, sorprendido de encontrar resistencia donde esperaba pánico. Este la sujeta del cuello, pero ella con el codo hace un movimiento hacia atrás que le rompe la nariz, apenas este se separa del dolor, Alicia golpea con furia su estómago sacándole todo el aire, y posteriormente le da un golpe firme en la nuca desplomándolo.
—Aún lo tengo —jadeó Alicia, apoyada en el marco de la puerta mientras empujaba al último tipo.
El silencio volvió, abrupto, casi ofensivo.
Alicia apoyó la espalda contra la pared y se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo. —. Pero definitivamente necesito hacer más cardio y comer mejor.
Miró hacia la mesa.
El frasco de mantequilla de maní seguía ahí, cerrado, intacto. Ridículamente fuera de lugar.
Una risa breve, incrédula, se le escapó.
Cuando vio lo que parecía ser un comunicador en el suelo, se arrastra hasta el para recogerlo, un símbolo la llena de rabia. – la bandera de Luneth – dice molesta. Se levantó furiosa y salió al pasillo.
No había rastro de los hombres, pero delante del balcón de su edificio dos siluetas molestamente familiares se dejaron ver de entre las sombras. Seiran estaba recostado en un poste, sonrisa casi burlona; Mael, en posición de combate, firme, implacable.
El pasado la había alcanzado... pero ¿por qué?
Se lanzó de nuevo hacia su departamento, impetuosa. Defendería su libertad a toda costa.
Las dos figuras observaban la escena, sombras entre la penumbra. Inquietos ante ese giro en su estrategia.
—Estaba comiendo —murmuró Seiran con una mezcla de asombro y algo peligrosamente parecido a ternura—. Mantequilla de maní — Alza la vista — Los hombres que contratamos se fueron corriendo.
—Reaccionó muy rápido, muy bien —respondió Mael—. Sin armas. Sin pánico —También alzó la vista. No contrataron matones experimentados para esta misión, tampoco la querían poner en peligro. Pero eran hombres grandes, y eso ya decía mucho de ella.
—No falló ni un movimiento. — Mael bajó la mirada un instante.—Porque nunca olvidó quién es.
Seiran exhaló despacio.
—Entonces ya no hay duda.
Mael activó el comunicador.
—Confirmado —dijo—. Es ella.
—Aunque ya nos vio, no creo que pueda seguir siendo la pediatra de Joy —Seiran intentó burlarse.
—Omitamos eso del informe. Si la jefa se entera que nos descubrió tan rápido, somos carne de reclutas...o se entera de donde salió Joy.
—¿Mintiendo a tus superiores, Mael? —negó con la cabeza—. Parece que algo de mi mala influencia se te está pegando.
—No puedo creer que nos descubriera tan rápido —dijo Mael, apretando los dientes, frustrado consigo mismo—. Y encima tengo que mentir.
Seiran arqueó una ceja, con una sonrisa que apenas se contenía—. Y se supone que yo iba a hacer esta misión con el "experto", amigo tu reputación se fue al suelo. Ya no eres mi ídolo.
—¡En mi defensa, es una Althën! —gritó Mael al aire, señalando la ventana cerrada de Alicia—. ¡Sus padres la entrenaron para matar, no para ser amable!
Seiran seguía pinchando – no es una Althën, es una adicta a la mantequilla de maní, sin vida social, que trabaja con niños. Venció en dos segundos a esos matones y se burló de tu estrategia...una civil, y estaba usando pantuflas.
—Dos segundos —repitió Mael, apretando el comunicador —. Dos segundos y todo nuestro plan se fue al suelo. Se supone que tendría que salir corriendo pidiendo ayuda, y nosotros entraríamos en escena, ganándonos su confianza, pero no, la doctora tenia que saber pelear.
Alicia cerró la puerta con doble seguro y recogió la cuchara del suelo.
Se sentó de nuevo en el sofá, respirando hondo, más por orgullo que por necesidad. Comió una última cucharada, como si reivindicara su derecho a cenar tranquila después del caos. Sabía que había algo en estos dos... algo peligroso, intrigante... y un poco ridículo.
—Qué mala suerte —murmuró, con una sonrisa torcida—. Mael me parecía guapo.
En eso enciende el comunicador —No se preocupen, chicos... los perdono. Solo porque la nueva Alicia no se deja molestar por los idiotas.
Se río para sí misma, satisfecha, y agregó:
—La próxima vez que intenten asustarme... tráiganme algo para acompañar mi mantequilla de maní.
Apagó el comunicador y se recostó satisfecha consigo misma, murmuró para sí:
—Lunáticos, no los soporto.
En eso pensó en una idea, parece que a esos dos les tocaba una consulta con el doctor.
Seiran escucha junto a Mael lo que ella dijo – por eso a nadie le gusta ir al doctor, son odiosos – concluye Seiran
Levanta los ojos para ver a un Mael pálido —Y ahí lo tienen, damas y caballeros: Mael, el gran Lunati experto... derrotado por una civil que cena comida de frasco.
Mael se ajustó el comunicador, claramente mortificado:
—¿Con qué se acompaña la mantequilla de maní? —preguntó, como si fuera la pregunta del millón — ¿Tostadas? ¿Fruta?
—¡Qué sé yo, Mael! —exclamó Seiran, cruzándose de brazos y conteniendo la risa.
—Estoy empezando a cuestionar todas mis estrategias, esta mujer...es cruel —dijo Mael, hundiéndose entre sombras.
Seiran empieza a sentir compasión – ya cálmate, nadie lo va a saber – lo empuja a caminar
Gruñó Mael, levantando un dedo acusador al aire—. Le voy a cobrar el café y el mercado.
Seiran rodó los ojos y dejó escapar una carcajada.
Mael bufó, mientras caminaba a regañadientes, completamente derrotado, y Seiran lo seguía, narrando en voz baja cada uno de sus pasos como si fuera un espectáculo de comedia en vivo:
—Luego de esta aparente victoria, nuestro líder estratega se vino abajo.