—En este lugar todo es carísimo —se quejó Seiran mientras entraba con la bolsa de las compras—. Llevamos varias semanas en la capital y la mayor parte del presupuesto de la misión se está yendo en comida.
—Es normal —respondió Mael—. Aquí todo se paga. En Luneth nos regalan la comida.
—Bueno, ya sería momento de volver.
Seiran colocó la bolsa sobre la pequeña mesa de madera.
—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó Seiran mientras se sentaba y abría su comida.
—Es evidente que Alicia ya sabe que estamos detrás de ella. No podemos seguir con el plan —respondió Mael—. La pregunta es si sabe por qué.
—Odio la comida de la calle —se quejó Seiran al darle una mordida a su emparedado—. Odio los carbohidratos, pero la carne y las verduras son carísimas en este lugar.
—Tenemos problemas más serios que tu dieta —Mael tomó asiento junto a él—. ¿No lo entiendes? Tenemos que cambiar el plan. Esa chica ya no va a confiar en nosotros.
—Entonces hagámoslo a mi modo —replicó Seiran—. Llevémosla a la fuerza a Luneth. No aguanto un día más aquí. Todos son maleducados. ¿Sabes lo que la chica de la tienda me respondió cuando me entregó mi orden?
Mael negó con la cabeza mientras mordía su pan.
—“Toma” —Seiran imitó el gesto seco—. Así. Fría y cruel. Nada de “buen día, joven”, nada de “muchas gracias por comprar aquí, guapo”. Nada. Solo toma tu pan y lárgate.
—¿Quieres que las chicas de las tiendas te llamen guapo?
—En Luneth todos me llaman así.
—Te llaman así las abuelitas que te conocen desde que eras un niño —replicó Mael—. No te pongas egocéntrico. No tengo tiempo para niños con el ego herido.
—¿Al menos tienes otro plan?
—Vamos a recurrir a la nostalgia. Usaremos a sus padres. Haremos que crea que la extrañan.
—Pero la teniente y el coronel no tienen idea de esta misión. Si se enteran…
—Esta misión viene directamente del alcalde —interrumpió Mael—. Eso nos coloca por encima de ellos. Solo seguimos órdenes. No es nuestro problema lo que ocurra cuando ella esté allá.
Después de comer, se dirigieron al sofá para evaluar estrategias.
—Seiran, por cierto —comentó Mael bostezando—, te toca limpiar el baño hoy.
—No, me toca el lunes —respondió, contagiándose del bostezo.
—Hoy es lunes… —murmuró Mael—. ¿Por qué me siento tan cansado?
—Yo también —respondió Seiran.
Finalmente, ambos cerraron los ojos.
Alicia tenía la oreja pegada a la puerta. Ya no se escuchaban voces. Parecía que había funcionado. Con delicadeza, forzó la cerradura y logró ingresar al departamento.
A primera impresión, concluyó que era el tipo de vivienda pensada para no incomodar a nadie, un departamento de alquiler temporal, con paredes blancas sin carácter, iluminación cálida pero impersonal.
En la entrada, un perchero de metal sostenía un abrigo perfectamente colgado. Debajo, un pequeño zapatero con un par de llaves alineadas con precisión casi obsesiva.
Más adentro, el contraste era evidente. Otros zapatos estaban tirados cerca de un mueble n***o arrinconado, cubierto de abrigos mal doblados. En la cocina integrada, el contenedor de basura estaba a reventar, lleno de envases de comida rápida aplastados a la fuerza.
—No me cuesta adivinar quién es el limpio y quién no —pensó.
Lo primero que hizo fue asegurarse de inmovilizar a ambos. Conocía a la perfección el entrenamiento Lunati. Sabía que tenían experiencia desatando nudos y forzando escapes. Por eso debía ser todo menos descuidada.
Cuando terminó, comenzó a indagar.
La sala era pequeña y funcional. Un sofá gris de tela áspera ocupaba casi todo el espacio, frente a una mesa de centro de vidrio con marcas circulares de vasos y polvo acumulado en las esquinas. El televisor, sobre un mueble bajo, tenía una fina capa de polvo que delataba su inutilidad.
—Típico. Los Lunati no ven televisión —murmuró con sarcasmo.
Volvió su atención a los documentos esparcidos sobre la mesa.
—Dijeron que usarían a mis padres para llamar mi atención… entonces no fueron ellos quienes me pidieron volver. ¿Qué está pasando?
Revisó los papeles con rapidez entrenada.
—Alicia Althën. Originaria de Luneth. Veintiocho años. Comida favorita… ¿la casera? Esto es demasiado específico.
Se giró para mirarlos, tirados en el sofá, aún dormidos, y continuó leyendo.
—No tiene novio. Doctora pediátrica. Grupo sanguíneo A negativo. Bien. Información general. Esto no les va a servir de mucho.
Se puso de pie. Aquella misión debía ser lo suficientemente secreta como para que no hubiera datos sensibles allí. Conocía el entrenamiento Lunati. Parte de él consistía en retener información. Los datos importantes estaban en sus mentes.
Revisó los cuartos. El dormitorio era sobrio, casi clínico. Sábanas blancas perfectamente estiradas en una cama; en la otra, la colcha mal acomodada. Ropa en tonos neutros colgaba en el clóset, alineada por color.
—Siguen usando blanco y n***o para no llamar la atención —murmuró—. ¿Cómo pretenden pasar desapercibidos esos dos?
Fue al baño. Azulejos claros, toallas dobladas con demasiada prolijidad. Nada fuera de lugar. Nada relevante.
—¿Terminaste de revisar nuestras cosas?
La voz de Mael la hizo girarse. Caminó hacia la sala y los vio despiertos, mirándola fijamente. No había cuerdas.
—¿Por qué me estás siguiendo? —preguntó Alicia.
—¿Por qué no podemos movernos? —añadió Mael, incómodo.
—Pegamento para zapatos en toda su ropa —respondió ella—. En pocas palabras, están pegados al sofá.
—Esto nos pasa por tratar de humanizar al blanco —le reclamó Seiran a Mael.
—No —respondió él—. Esto pasa cuando no te ajustas al plan inicial.
—Mi pregunta sigue siendo la misma —interrumpió Alicia.
Mael comenzó a quitarse la ropa con calma.
Alicia respiró hondo.
—En serio pensé que el primero en hacer eso sería Seiran.
—Si es por una misión, hago lo que sea —dijo Mael, quedándose en camiseta y bóxer blanco.
—Bien. Hombre semidesnudo. Dime qué está pasando.
—No nos compete darte esa información —respondió Mael—. Debes venir con nosotros a la ciudad independiente de Luneth. Allí se te explicará por qué se te busca.
—No voy a ninguna parte con ustedes.
—Mael, por favor —suplicó Seiran—. Hagámoslo a mi manera.
—No. Hay que ceñirse al protocolo —respondió Mael—. Señorita Alicia, usted es ciudadana nacida en Luneth. Aun así, no tiene beneficios especiales.
—No —replicó ella—¿Por qué el alcalde les dio esta misión?
—¿Nos estabas espiando? —preguntó Mael.
—Aún no nos ha explicado cómo dio con nosotros —añadió Seiran.
—Todos ustedes piensan igual —respondió Alicia, encogiéndose de hombros—. No saben desaparecer. Saben vigilar, intimidar, obedecer. Pero no mezclarse. Eso se aprende viviendo, no entrenando.
—Explíquese —pidió Mael, con voz baja y sin inflexiones.
—Con gusto —sonrió Alicia—. Busqué el código del seguro de Joy. El niño no es hijo de ninguno de ustedes.
—Eso hay que omitirlo del expediente —dijo Mael con total seriedad.
—Lo sacaron de una guardería.
—Lo tomamos prestado —corrigió Seiran.
—Sus padres pusieron una denuncia.
—Precisamente por eso hay que omitirlo —repitió Mael, como si hablara del clima.
—Qué alivio —dijo Alicia—. Pensé que el problema era moral, pero veo que solo es administrativo.
Alicia suspiró, cansada.
—Busqué la guardería. Estaba sospechosamente cerca de mi casa. Deduje que se estaban quedando por aquí. Dijiste que el café del lugar donde me llevaron era decente. Hay una sucursal cerca. Así que, como buena ciudadana, esperé en la cafetería. Allí vi a Seiran. No fue difícil. Destaca. Mucho.
—¿Destaco? —preguntó Seiran, frunciendo el ceño.
—Como un anuncio luminoso —continuó ella—. Lo seguí. Vi dónde se estaban quedando.
Hizo una pausa, disfrutando el silencio.
—Después busqué una combinación de pastillas que provocara sueño. La vertí en su jugo y esperé. Consejo gratuito: hablan demasiado fuerte. Todo lo que dicen se escucha en el pasillo. Incluidas las quejas sobre los carbohidratos.
Mael miró a Seiran.
—Tu entrenamiento fue bueno.
—No tanto —respondió Alicia—. Esos consejos me los dio un paciente del área psiquiátrica. Trastorno obsesivo. Muy amable. Muy meticuloso. Claramente mejor estratega que ustedes.
—Te doy crédito —admitió Mael, rígido.
—Nuestra estrategia fue un desastre —añadió Seiran—. Debimos deducir que nos encontraría.
—No —corrigió Alicia—. Debieron anticipar que yo no soy estúpida.
Silencio.
—Subestimar al blanco no es… —pensó Alicia— ¿mala idea? ¿error fatal? Algo así decían en las clases Lunati. Nunca les presté atención.
—Subestimar al blanco no es un error —completó Mael—. Es una sentencia. Y tus calificaciones Lunati eran un desastre. Las de Seiran eran mejores… y créeme, no eran buenas.
—¿Por qué estamos hablando de mis calificaciones? —protestó Seiran—. Hagámoslo a mi manera.
—No —respondió Mael—. Hay que hablar con ella y lograr que coopere. No puede perder sus derechos.
Alicia sonrió, ladeando la cabeza.
—Qué alivio. Siempre quise que invadieran mi espacio con respeto institucional.
Alicia caminó despacio hasta quedar frente a Mael.
—Me dices ahora mismo por qué están aquí —dijo en voz baja— o el que va a perder sus derechos eres tú. Puede que no tenga las mejores notas, pero como medica conozco varias formas de acabar con tu vida y hacer que parezca un accidente. Incluso con el pelo blanco del sofá. Puedo hacer que parezca que se mataron entre ustedes. Con el contraste de este lugar, no será difícil de creer.
—Qué miedo —respondió Mael sin alterarse—. Personas más intimidantes que tú me han amenazado. Ni siquiera me amarraste bien. ¿De verdad podrías matarme?
Alicia le dio una cachetada.
—Pegas como una débil —dijo él, tan frío como el hielo.
Ella volvió a golpearlo.
—No duele —respondió Mael—. Y por si no lo notaste, no bebimos el jugo. Cuando una pieza se sale del plan, no hay forma de volver a encajarla. Sabía que atacarías de alguna forma. Eres doctora. ¿Dónde esconderías las medicinas?
—¿Me estás diciendo que ya sabías que vendría?
—Sabía que buscarías información. Puede que mis estrategias no siempre sean perfectas, pero siempre estudio a mis objetivos. Sé cómo piensan. Sé cómo se mueven. Sé que esta mañana desayunaste panqueques con chocolate. Sé que te bañas dos veces al día porque odias el calor. Que separas el lavado del cabello de tu rutina habitual. Sé que odias el agua fría. Que extrañas el pan de batata dulce que vendían en Luneth.
Se acercó hasta acorralarla.
—Sé que tus flores favoritas son los claveles amarillos. Que amas los conejos. Que no soportas a la gente que habla demasiado alto.
—Perfecto —respondió Alicia—. El paciente del área psiquiátrica tendrá compañía.
—Algunos días te despiertas con ganas de comer helado sin saber por qué —continuó Mael—. De manzana. Un sabor difícil de encontrar. Entonces compras vainilla, haces puré de manzana y lo colocas encima. ¿Sabes por qué haces eso?
Alicia guardó silencio.
—Porque en el fondo extrañas a tus padres. Tu hogar. Lo que dejaste atrás. Ellos te compraban helado de manzana cuando eras pequeña. Y aunque no lo digas en voz alta… de manera inconsciente y silenciosa… los extrañas.
El aire se volvió denso.
Alicia bajó la mirada. No por vergüenza. Por memoria.
El helado de manzana no era un detalle. Nunca lo era.
Cuando volvió a alzar la cabeza, algo había cambiado. No temblaba. No discutía.
—Entiendes muy bien cómo romper a alguien —añadió—. Lo que no entiendes es qué pasa cuando la persona rota no le tiene miedo a los pedazos.
—La próxima vez que hables de mi infancia —dijo— asegúrate de recordar algo más.
El silencio se estiró.
—Yo no escapé de Luneth por miedo —su voz no tembló—. Me fui porque quedarme me habría convertido en una de ustedes. Yo no estoy en el bando equivocado. Ustedes lo están.
—No estamos escogiendo bandos, Alicia —dijo Mael—. No me importa si te crees mejor que nosotros. Te vienes con nosotros, te guste o no.
En ese momento lo recordó. Ellos no retroceden. No se disculpan. No piden permiso.
Actúan según lo que llaman el corazón de la luna… aunque ese corazón lata sin piedad.
Pero la verdad era otra, una que pesaba como una sentencia: estaba en problemas.
Lo suficiente como para que el alcalde la mandara a buscar en secreto a espaldas de sus padres.
Y eso solo podía significar una cosa.
Lo que Luneth quería de ella… no era un regreso.
—Lo siento, Mael —escuchó la voz de Seiran detrás de ella—. Estamos perdiendo el tiempo.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió el pinchazo en el cuello. La habitación giró, el suelo se elevó hacia ella y todo se volvió n***o.