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2173 Words
Viajaba incómoda en el asiento trasero del automóvil, con un saco cubriéndole la cabeza. —¿Por qué me tapan la cara? Ya conozco el camino hacia Luneth. —Cierto —respondió una voz—. Quítaselo. El saco desapareció. Parpadeó, cegada por la luz, y entonces los vio: Seiran orinando junto al auto y Mael en el asiento del piloto. —¿Dormiste bien? —preguntó este último, con un tono burlón que le golpeó el estómago. —Sí, nada mejor que dormir plácidamente en el carro de dos secuestradores —replicó ella con amargura. —No dramatices —dijo Mael—. Esto no es un secuestro. Encendió el motor. —Es un arresto. Bajo las leyes de la ciudad independiente de Luneth, estás detenida. —¿Arrestada? —Cierto, Seiran —añadió Mael—. No le leímos los cargos. Seiran sube la cremallera y vuelve al asiento del copiloto —Mi error. —Seiran sacó de la guantera un papel arrugado, demasiado usado para algo tan grave—. Alicia Althen está vinculada a delitos de venta y distribución de drogas. Alicia quedó pasmada. —¿Quéeeeeeee? —Eso es lo que se te imputa. Tienes derecho a un abogado, visitas familiares y a guardar silencio. —Pero ¿cómo pueden vincularme a esas cosas? —Lo sentimos, Alicia. Hay pruebas, fotos de ti vendiendo en club. Ella no daba crédito a lo que estaba escuchando. —¿Y cómo pagaste tu carrera de medicina? —preguntó Seiran, ajustando el asiento—. Tus padres te dieron la espalda cuando te fuiste. ¿Cómo lo hiciste? —Trabajé. Como todos. —¿A los catorce? ¿De qué trabajabas? —Mesera. Mael sonrió desde el retrovisor. —Una chica hermosa, sola en la gran ciudad —dijo con voz suave—. Sin protección. Carne fácil para mafias, ¿no crees? —Suena plausible —asintió Seiran—. Más aún si tenía entrenamiento en pelea, manipulación y extracción de información. —Están delirando —Alicia forcejeó, la cuerda mordiendo su piel—. Esto no va a sostenerse. —Estás atrapada —dijo Mael sin subir la voz—. Quizá ahora eres doctora… y prescribes para tu gente. —Ya basta —interrumpió Seiran—. Estás comprometiendo la misión. —¿Qué misión? —Alicia forcejeó con violencia, intentando liberarse. —No te molestes —dijo Seiran con calma—. Leí tu expediente. No pasaste del nivel dos del entrenamiento. Así que no sabes desatar nudos de nivel tres… este —señalo la cuerda— es nivel cinco. Ella lo fulminó con la mirada. —¿Y a ti tu entrenamiento te enseñó a sacarte una daga del pecho? El aire se tensó. —¿Eso fue una amenaza? —preguntó Seiran. —Sí —respondió Mael sin apartar la vista del camino—. Pero no se lo tomen en cuenta. Está alterada. Hizo una pausa, incómodamente larga. —Por cierto, Alicia… también me pareciste hermosa cuando te conocí. El frío le recorrió la espalda. —El comunicador nunca se apaga —añadió él, guiñando un ojo. —Te voy a matar… —Qué molesto es esto —murmuró Seiran antes de clavarle la aguja. El mundo se le volvió espeso. —Seiran, no podemos hacer esto siempre — le regaña Mael—. Hay límites. Debemos llevarla viva. —Que se duerma —respondió él—. No la quiero ladrando todo el viaje. Despertó con la sensación equivocada de seguir cayendo. El cuerpo reaccionó antes que la mente. Un espasmo seco, torpe. Los dedos buscaron apoyo. El pecho reclamó aire como si hubiera pasado demasiado tiempo bajo el agua. Cuando abrió los ojos, la luz blanca la golpeó sin misericordia. Dolor. No uno limpio. No uno preciso. Era un dolor extendido, profundo, como si cada músculo hubiera sido estirado más allá de su límite y luego abandonado sin cuidado. La garganta le ardía. El cuello, justo donde había sentido el pinchazo, latía con una presión sorda y constante. Intentó mover las manos. No pudo. Estaban esposadas a una silla de metal. Fría. Inmóvil. Definitiva. Fue entonces cuando lo entendió. Ya no estaba en el auto. Ya no estaba con los idiotas. La sala era un cubo sin alma. Paredes grises. Una mesa. Una pantalla apagada. El aire demasiado limpio. Demasiado controlado. Pasaron minutos. O tal vez más. El tiempo ahí no parecía interesado en avanzar. La puerta se abrió. —Bienvenida a tu hogar, Alicia. La voz le atravesó el estómago antes que el oído. —¿Mina? —dijo, incrédula. Reconocerla fue como ver al demonio usando uniforme oficial. —¿Qué haces aquí? Mina sonrió. No con alegría. Con propiedad. —Soy la nueva teniente en jefe de la comisaría de Luneth —dijo mientras entraba—También directora del entrenamiento Lunati. Alicia soltó una risa breve, seca. —¿No había otra incompetente disponible? Mina negó con la cabeza mientras tomaba asiento frente a ella. —Siempre tan soberbia —dijo con calma—. Nunca entendí de dónde sacabas tanto ego. Hasta donde recuerdo, salvo tu apellido, no había nada memorable en ti. Alicia sostuvo su mirada. —Bien —dijo—. Ya terminaste. Ahora dime qué está pasando. —Tranquila. No estoy aquí como tu enemiga. —Tampoco recuerdo que fueras mi amiga. La sonrisa de Mina no se borró. Se afinó. —Lamento que las heridas del pasado no hayan cerrado para ti —respondió—. Pero las personas avanzamos. No soy la niña de doce años que te jalaba el cabello. He madurado. Estoy haciendo mi trabajo. —¿Siempre disfrutas tanto tu trabajo? —Cuando la persona que debo acusar me cae mal… sí —admitió—. Le quita la monotonía al protocolo. Silencio. —¿De qué se me acusa? —preguntó Alicia al fin. Mina activó la pantalla. La imagen llenó la pared: una chica joven, cabello oscuro, ropa provocadora, una bolsa pequeña pasando de mano en mano. Alicia sintió el golpe, pero no bajó la mirada. —Esa no soy yo. —Veamos otra. La imagen cambió. Y otra. Y otra más. Clubs. Luces bajas. Sombras. Una figura parecida, nunca nítida. Nunca definitiva. Alicia respiró hondo. No eran pruebas sólidas. Mina lo sabía. Ella también. —Dime —dijo Mina con voz casual—. ¿Te gustó alguno de los hombres que mandamos a capturarte? La pregunta no iba dirigida a su boca. Iba a su equilibrio. Alicia no mordió. —¿Los escogiste porque creíste que alguno me gustaría? —No —respondió Mina—. Escogí a Mael porque es el mejor. Y a Seiran porque necesita madurar. Pensé que se equilibrarían. —No me hagas perder el tiempo —dijo Alicia, relajándose apenas—. Si la de la foto fuera yo… esos delitos no se cometieron en Luneth. ¿Qué tiene que ver esto con ustedes? La sonrisa de Mina se apagó. —Exacto. Esta información no está en manos de las autoridades comunes. Estás aquí por algo mayor. Se inclinó hacia adelante. —Uso del entrenamiento Lunati para cometer delitos contra la nación. Alicia frunció el ceño. —¿La nación? Es venta de drogas. No terrorismo. —¿Sabes el problema que sería a nivel nacional si se descubre que entrenamos personas para servir a mafias? —dijo Mina—. Las consecuencias legales. Políticas. Podríamos perder nuestra soberanía. Nuestra independencia. —Soberanía, bla, bla, bla —interrumpió Alicia—. Luneth debe ser un estado soberano, libre, sin cadenas… —recitó, con ironía—. El inicio de la constitución. Me lo sé y lo demás sin sentido que dice al menos lo recuerdo. —¿Cosas sin sentido? —Mina ladeó la cabeza—. Eres de aquí. ¿Por qué hablas así de nuestra tierra? —No es mi tierra —respondió Alicia—. Ya no. Mina la observó un segundo de más. —No querrás que estas pruebas lleguen a manos de las autoridades externas —dijo—. El líder de esta mafia está siendo investigado. Sus cómplices también. —Si esa fuera yo —señaló la pantalla—, era menor. No pueden tocarme. ¿Qué quieren realmente? —Que cooperes. —¿Cooperar? —Eres una Althën —continuó Mina—. Eso aún tiene peso. Tus padres pagaron tu fianza. Serás juzgada en libertad. El estómago de Alicia se tensó. —¿Cuándo será el juicio? —Cuando el alcalde lo decida. —¿No hay fecha? —algo no encajaba. Mina se levantó y le quitó las esposas. —Pórtate bien —dijo—. Si puedes. Salió sin mirar atrás. Alicia quedó sola, con la garganta llena de insultos que no servirían de nada. Se puso de pie y salió de la sala. Al abrir la puerta, se encontró con Seiran y Mael apoyados contra la pared, tan quietos que parecían parte del mobiliario institucional. —Solo para que lo sepas —dijo Seiran, enderezándose como si eso lo ayudara—, no soy un inmaduro. —Y yo sí soy el mejor —añadió Mael orgulloso. Alicia los miró. Los miró de verdad. Como quien evalúa una mancha difícil en la pared y decide si vale la pena limpiarla ahora o fingir que no existe. Suspiró. —Gracias por aclararlo —dijo agotada —. Era exactamente lo que más me preocupaba en este momento. Y siguió caminando por ese interminable pasillo. Demasiado blanco. Demasiado silencioso. Alicia avanzaba con las manos libres, pero no se sentía menos atada. Cada paso resonaba como si el edificio estuviera contando sus movimientos. —Althën. La voz de Mina no vino desde atrás. Vino desde un costado. Una puerta entreabierta. Una oficina que no figuraba en ningún recorrido oficial. Alicia se detuvo. —El interrogatorio terminó —dijo sin girarse. —El protocolo, sí —respondió Mina—. Esto no. Alicia entró. La oficina no era como la sala de interrogatorios. No había cámaras visibles. Ni mesa metálica. Ni pantallas encendidas. Solo una repisa con carpetas antiguas y una ventana estrecha por donde entraba una luz gris, enferma. Mina cerró la puerta. No con fuerza. Con intención. —No voy a amenazarte —dijo—. Eso implicaría reconocer que tienes opciones. Alicia cruzó los brazos. —Entonces dime qué quieres. Mina la observó con una calma incómoda. Esa que no busca reacción inmediata. Esa que se queda a vivir. —¿Recuerdas el módulo dos del entrenamiento? —preguntó de pronto. Alicia no respondió. Claro que lo recordaba. —Despersonalización del objetivo —continuó Mina—. No mirarlo como individuo. No como hijo. No como padre. No como alguien amado. Solo como una variable que puede eliminarse para proteger el sistema. Alicia apretó la mandíbula. —Ese módulo era opcional —dijo—. Muchos lo omitían. —Tú no —respondió Mina—. Lo completaste. Y lo hiciste bien… para alguien con tan malas calificaciones. Se acercó un paso. —¿Por qué nunca aprobaste el nivel tres? Alicia sostuvo su mirada. —Me fui antes de que ese nivel empezará. Ya no quería estar aquí. —Te voy a dar un simple y sencillo consejo — aclaro Mina— será lo único amable que haré por ti en este proceso. Silencio. —El entrenamiento Lunati no se pierde, no se olvida, se te queda en la sangre y mente para siempre —dijo— incluso nuestros padres, pueden olvidarse de que somos sus hijos, y vernos como simples peones. Cortar los lazos es parte de ser buenos en esto. Alicia entendió lo que estaba pasando. No, no era una Lunati, pero no era tonta. La habían mandado para meterse en su cabeza, pero sabían algo, algo que ella estaba dispuesta a llevar a su tumba. Mina siguió — estas aquí porque cuando alguien decide usar nuestro sagrado entrenamiento fuera del sistema… el sistema responde. Lo que hiciste abrió una g****a en esta institución, una profunda y pesada que lleva años siendo parchada y pintada. Se acercó hasta quedar demasiado cerca. —Recuerda la lección final del módulo, Alicia —susurró—. El sistema siempre prefiere sacrificar a uno antes que admitir una falla. Se apartó. —Eres libre de irte —dijo, ya recuperando el tono oficial—. Por ahora. Abrió la puerta. Alicia salió sin mirar atrás. Pero mientras caminaba, algo se acomodó en su mente. Una vieja instrucción. Una que no aprendió en un salón de clases, si no en su propia casa… y que ahora regresaba con claridad cruel. Cuando el sistema se te mete en la cabeza, no te ordena. Te desgasta. Te reescribe. Te arranca pedazos hasta que obedecer deja de doler. Y el día que notas que ya no recuerdas quién eras antes… es porque el sistema no solo te entrenó: te quebró lo suficiente para llamarlo casa.
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