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2071 Words
Las puertas de la comisaría se abrieron y la ciudad se desplegó ante ella como una postal demasiado bien conservada. Luneth seguía siendo hermosa; eso no había cambiado. Árboles de hojas imposiblemente coloridas escoltaban calles de asfalto impecable, como si el tiempo hubiera aprendido a caminar de puntillas allí. Todo estaba en su sitio. Demasiado. Alicia sintió una presión extraña en el pecho, una mezcla de reconocimiento y rechazo. Luneth era una de esas ciudades diseñadas para ser deseadas: hospitales que funcionaban sin demoras, colegios seguros donde los niños caminaban solos, veredas limpias, rostros tranquilos. Una ciudad donde nada parecía salirse del margen. Aquí todos se conocían, o al menos fingían hacerlo. Los externos eran pocos y cuidadosamente filtrados: contratos, matrimonios, permisos otorgados tras la aprobación de una junta municipal que decidía quién merecía quedarse. Luneth no expulsaba, simplemente no dejaba entrar. Avanzó por el estacionamiento, rodeada de autos lujosos alineados con precisión casi ceremonial. La calidad de vida era alta, la pobreza una rareza estadística. Incluso los huérfanos del orfanato local comían bien, vestían bien, vivían bien. Luneth se aseguraba de que nadie sufriera demasiado… siempre que encajara. Y aun así, mientras caminaba, Alicia no pudo evitar la sensación de estar entrando en un lugar que la había olvidado a propósito. Una gran camioneta blanca la esperaba. Lujosa, de vidrios templados, demasiado pulcra para estar estacionada frente a una comisaría. Alicia subió sin dudar. Al volante estaba su madre. —Hola, señora —saludó, seca, como si hablara con una desconocida. Aneth respondió llevándose un dedo a los labios. Silencio. Alicia asintió de inmediato. El resto del trayecto transcurrió sin una sola palabra. Después de la conversación incómoda con Mina en aquel cuarto, Alicia no tenía dudas: los estaban investigando. Micrófonos, cámaras, oídos invisibles. Podían estar en cualquier parte. Su madre lo sabía. Por eso callaba. Aneth siempre había sido así. Calculadora. Fría. Medía bastante menos que Alicia, apenas un metro sesenta y cinco, pero su estatura nunca fue una desventaja. Sabía defenderse. Era la mejor en combate, una teniente digna de respeto. Su belleza, extrañamente atemporal, envejecía con una elegancia dura. Ojos ámbar, afilados. Cabello rizado y rubio, el mismo que Alicia había heredado. Intimidaba sin esfuerzo. Su cuerpo robusto no era decorativo: era funcional, sólido, peligroso. Una paliza de Aneth y el destino era claro: el hospital. No pedía perdón. No pedía permiso. Si quería algo, iba por ello. Y si tenía que hacerlo con sus propias manos, no dudaba ni un segundo. Pero cuando se trataba de su familia, Aneth no tenía amigos ni superiores. Defendía como una leona lo que consideraba suyo: su sangre, su legado, su territorio. No negociaba eso con nadie. Alicia lo entendió al instante al encontrarse con su mirada en el retrovisor. Fría. Rabiosa. Contenida solo por disciplina. Su madre ya había decidido algo. Y cuando Aneth decidía proteger, sacaba las garras hasta el final. Llegaron a la casa Althen. La mansión se alzaba en el corazón residencial de Luneth, rodeada de vecinos acaudalados, seguridad permanente y parques perfectamente cuidados. Una laguna artificial reflejaba las luces del atardecer como un espejo obediente. Todo estaba allí. Todo lo que el dinero podía comprar, y un poco más. La camioneta se detuvo frente a la entrada principal. Ambas bajaron en silencio. La gran puerta de madera y vidrio se abrió antes de que tocaran, como si la casa las hubiese estado esperando. Alicia cruzó el umbral y el golpe de familiaridad fue inmediato. No había cambiado nada. Techos altos coronados por lámparas imponentes, luz cálida cayendo con precisión estudiada, espacios amplios que respiraban orden y control. Cada mueble estaba donde debía estar. Cada detalle conservaba la misma perfección pulida que recordaba. Era una casa hermosa. Impecable. Avanzó unos pasos y entonces lo vio. Sobre una consola de madera oscura, junto a la escalera principal, seguía el mismo objeto: un pequeño marco de plata. Alicia se detuvo. Dentro, una fotografía antigua la mostraba a ella, demasiado joven, sonriendo con una seguridad que ya no recordaba haber tenido. La imagen no había sido movida ni un centímetro en años. Sintió un nudo en el estómago. No era nostalgia. Era vigilancia. Cada pasillo parecía observarla, cada superficie reflejaba una versión de sí misma que no encajaba del todo. Esa casa no olvidaba. Esa casa registraba. Alicia comprendió entonces que no había regresado solo a Luneth. Había vuelto a un lugar que la conocía demasiado bien. Su madre la guio hasta un cuarto secreto. O una habitación de pánico, si era más honesto llamarla así. Alicia cruzó el umbral y la escena la golpeó como una pared invisible. Allí estaba toda la familia. Su tia Amelia y su hijo Matt, su abuela y abuela y su padre Madal. Allí lo entendió, la situación era critica. Pero no lo suficiente como para quitarles el apetito, ya que comían como si nada. -La extranjera llegó -dijo con frialdad su primo Matt. Matt era el guapo oficial de la familia. Alto, rubio, ojos azules. El típico galán de novela que, en cuanto abría la boca, se transformaba en espantapájaros emocional. Un cliché sin carisma, pero aun así tenía locas a la mitad de las mujeres de la ciudad. La otra mitad fingía no notarlo. -Hola, Matt -respondió Alicia con el mismo tono, como quien saluda a una deuda antigua. La familia Althen era homogénea en sus contradicciones: guapos, disciplinados, sin valores, divertidos y profundamente elitistas. De esos que caen mal… y lo saben, pero no les interesa hacer nada al respecto. -¡Hija! -dijo su padre, levantándose por fin y abrazándola. El abrazo fue firme. Un segundo más largo de lo necesario. -Hola, pa. -Estás más delgada -susurró él-. Eso es peligroso. Alicia no preguntó por qué. Su padre era delgado y fuerte, más de metro ochenta, ágil, inteligente. Detrás de su sonrisa había cálculo. En Luneth, cuando Madal sonreía, alguien perdía algo. -¿Qué hacen todos aquí? -le susurró Alicia. -Hija, es un momento de crisis familiar. Hay que recurrir a la familia. Le extendió un plato con parrilla. -Toma, cómela. Te va a gustar. Alicia tomó asiento al lado de su madre. Alicia tomó asiento al lado de su madre. Notó entonces que no había teléfonos sobre la mesa. Ninguno. Ni relojes inteligentes. Ni joyas con sensores. -Bien -dijo su madre-. Estamos todos. Podemos empezar. Aquí no hay cámaras, ni micrófonos. Si algo sale de esta sala, el traidor está entre nosotros. Hizo una pausa breve, quirúrgica. -Todos son mis enemigos… menos mi esposo y mi hija. Alicia sintió el peso de esa frase caerle encima. No sonaba a protección. Sonaba a excepción temporal. -¿Por qué ellos? -preguntó su hermana. -A ambos los revisé antes de entrar -respondió su madre-. A ustedes no me dio tiempo. Nadie rió. -Bien, no hay que ir muy lejos. Estamos en problemas -empezó la abuela, Andy. Era una mujer chapada a la antigua de puertas para afuera. De puertas para adentro, más moderna que todos los presentes juntos. Vestía ropa holgada, proyectando la imagen de abuela tierna. El tipo de abuela que te hornea galletas… y luego te enseña a desaparecer un cuerpo. -No entiendo. ¿Qué hacen todos ustedes aquí? ¿El problema no es solo mío? -preguntó Alicia, confundida. -No -dijo su tía -. El problema es de todos, Alicia. ¿Por qué crees que Matt está aquí? Alicia no lo había pensado. Después de todo, Matt también había abandonado la ciudad. -Hija, nos están haciendo un pulso -dijo su padre, mordiendo la carne-. El incompetente del alcalde dejó que se filtrara información de los Lunati a la prensa. El presidente se enteró de que algunos Lunati pertenecen a organizaciones criminales peligrosas del país. Ahora están pidiendo la cabeza de los líderes. -Ah, el encanto de la transparencia -comentó la abuela, bebiendo agua. Alicia recordó lo que Mina le había dicho. Esa era la g****a. La corrupción interna. El monstruo mordiéndose la cola. -Y si vamos a hablar de organizaciones criminales -continuó Matt-, creo que esta familia puede dictar un curso intensivo. -Matt, no seas imprudente -lo corrigió su madre-. Aunque sí, material nos sobra. -¿De dónde sacaron mis videos vendiendo droga? -preguntó Alicia, incómoda. -No lo sabemos -respondió su madre-. También tienen videos de tu abuelo conversando con un líder de un cartel internacional. -En mi época no teníamos estos problemas -dijo el abuelo, bebiendo su whisky-. No había cámaras. Podías matar a tu vecino y nadie se enteraba. Ahora con las r************* y esos teléfonos idiotas nos graban hasta yendo al baño. No se puede trabajar tranquilo. -Eres un idiota -le reclamó la abuela-. Te dije que esas conversaciones no se tenían al aire libre. -¿Qué tan grave es nuestra situación? -preguntó Alicia. -Vamos a ver -respondió el abuelo-. El alcalde necesita entregar nombres. En esta sala hay dos que venden droga desde los catorce años. Una pagó sus estudios con eso, el otro sus viajes y lujos. Tenemos a tu padre y a tu madre usando los puertos de Luneth para meter cocaína. Tu tía conseguía los clientes. A tu abuela y a mí nos gustaba el negocio internacional. No lo sé, Alicia, pero creo que somos el blanco más fácil. -Lo que quiero decir es que tantas pruebas no deberían bastar. Hasta donde sé, ustedes han sobornado a media ciudad -dijo Alicia-. Cuando me fui, trabajé en la capital. Todas las personas con las que trabajé les debían favores a ustedes. ¿No es igual aquí? -Casi -respondió su madre-. Tenemos personas que no nos van a delatar. Pero ya cayó la primera familia. Los Nathan. Alicia se sobresaltó. -Cayeron por tráfico de menores. Todos presos. Ninguno se salvó. Hay miedo en la ciudad, miedo en la institución Lunati. Y somos los siguientes. -Es que la corrupción nos está destruyendo -dijo el abuelo, relajado. Todos lo miraron, pasmados. Alicia se levantó un poco del asiento. -Abuelo… nosotros somos la corrupción. Silencio. -Tú fuiste alcalde. Abuela, profesora Lunati. Mamá, teniente. Papá, coronel. Mi tía, aduana. Matt, consejo estudiantil. Y yo… la cara limpia para eventos benéficos. -No te pongas moralista, Alicia. Bien que ibas a los clubes a vender. No te vi sufriendo. -No sufrí. Pero tampoco dije que fuera algo bueno. -A ver -intervino su padre-. No saqué a mi hija de este lugar para que la mataran o cayera presa. ¿Cuál es el plan? -Fácil. Atacamos con lo que tenemos. Que sepan que nadie nos vende sin pagar las consecuencias. No llegué hasta aquí sin hacer sacrificios -dijo el abuelo. -¿Qué tenemos que hacer? -preguntó su primo. -Aneth, atenta a los movimientos de la prensa. Están como buitres en la ciudad. Madal -miró al padre de Alicia-, pendiente de los Lunati. Amelia y Matt, en posición. Si hay que derramar sangre, no quiero piedad. ¿Dónde está tu esposo? -Trabajando, pa -respondió Amelia. -Le das mi mensaje. Muertes limpias, pero eficientes. Nadie que se meta con nosotros queda vivo para contarlo. -Sí, padre. -Tú, recién llegada -dijo, señalando a Alicia-. Tienes una única misión. Quiero que te ganes la confianza de Seiran y Mael. -¿Los idiotas que me trajeron aquí? -Son idiotas -dijo Matt-. Pero ahora son la mano derecha del alcalde. Saben todo lo que está pasando, incluso a quiénes tienen en la mira. -¿Cómo lo hago? Esos dos… -Alicia, no finjas inocencia con nosotros -la cortó Matt-. Sabes cómo hacerlo. Ese disfraz de pediatra buena gente déjalo en la capital. Aquí te quitas la máscara y vuelves a ser una Althen. Alicia resopló, cansada. -Los odio a todos. -Bueno, da tu parte del dinero y vete a vivir al campo -dijo la abuela. -¿Todo claro? -Sí -respondieron todos al mismo tiempo. -Bien. Recuerden que somos los Althen. Nosotros no estudiamos el manual Lunati. Nosotros lo creamos. Alicia se iba a poner de pie cuando una orden le llegó con firmeza. -Termina tu parrilla -dijo la abuela-. No sabemos cuándo volverás a comer en familia. Alicia respiró hondo y sonrió. -Bueno -dijo, apoyando los codos en la mesa-, al menos me tranquiliza saber que, si todo sale mal, no voy a morir sola. Morir en familia siempre fue una tradición Althen. El silencio fue inmediato. Incluso el abuelo dejó el vaso a medio camino. -Qué graciosa -dijo Matt, seco. -No es un chiste -respondió Alicia-. Es estadística.
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