Fue en ese momento de autodesprecio y pánico silencioso cuando la puerta del dormitorio se abrió con un suave clic, revelando a la figura serena y compuesta de Elena, la ama de llaves, que sostenía una tableta digital en sus manos. Su rostro, surcado por arrugas que podrían haber sido amables en otro contexto, era una máscara de eficiencia profesional, y sus ojos oscuros lo evaluaron con una mirada tranquila e indescifrable que no ofrecía ni simpatía ni juicio. Llevaba el mismo uniforme n***o impecable de la madrugada, un atuendo que la marcaba como parte del personal, pero se movía con una autoridad silenciosa que sugería que su papel iba mucho más allá de la simple limpieza. Liam se quedó paralizado en medio de la habitación, sintiéndose increíblemente expuesto bajo su tranquila mirada,

