El suave clic de la puerta al cerrarse fue el sonido que rompió el dique, desatando un torrente de sollozos que sacudieron el cuerpo de Liam con una violencia que lo dejó sin aliento, obligándolo a caer de rodillas sobre la lujosa alfombra de felpa. Las lágrimas brotaban de sus ojos, calientes y amargas, nublando su visión y trazando caminos húmedos por su rostro hasta gotear desde su barbilla sobre el jersey de cachemira gris que llevaba puesto. Se abrazó con fuerza, clavándose los dedos en los brazos en un intento inútil de contener el temblor que lo consumía, pero el horror era un veneno que ya se había extendido por todas sus venas, convirtiendo su sangre en hielo. Cada sollozo era un espasmo doloroso que le arrancaba el aire de los pulmones, un sonido animal de pura desesperación que

