La cena transcurrió en una atmósfera de calma tan extraña y antinatural que resultaba más desconcertante que cualquiera de sus enfrentamientos anteriores, un silencio denso que absorbía el sonido del tintineo ocasional de la plata contra la porcelana. Se sentaron uno al lado del otro en la vasta mesa de caoba pulida, una disposición que Jaxon había insistido sin dar explicaciones, haciendo que el espacio se sintiera a la vez íntimo y absurdamente formal. La tenue luz de un moderno candelabro de cristal colgaba sobre ellos, proyectando un resplandor dorado sobre los platos de una comida gourmet que Liam apenas probó, su atención fija en el hombre que tenía al lado. El aire olía a pato asado con salsa de cerezas y al vino tinto caro y afrutado que Jaxon consumía con una velocidad alarmante,

