La primera sensación que registró Liam al ascender desde las profundidades del sueño fue un calor abrumador y desconocido, una calidez corporal que no era la suya y que lo envolvía por completo en un abrazo sofocante. Abrió los ojos lentamente, encontrándose con la visión borrosa del pecho desnudo de un hombre, la piel olivácea cubierta por una fina capa de sudor y marcada por una red de finas cicatrices plateadas que brillaban débilmente a la luz del amanecer. Su propia mejilla estaba presionada contra el firme músculo pectoral, y podía sentir el retumbar lento y constante de un corazón latiendo bajo su oído, un sonido tan íntimo que le revolvió el estómago. Un brazo pesado y musculoso estaba echado sobre su cintura, sujetándolo en su sitio con una posesión casual, y una de sus piernas es

