El silencio que siguió al cataclismo de su segundo encuentro fue más profundo y pesado que cualquier ausencia de sonido que Liam hubiera experimentado antes, un vacío denso que parecía tener su propia textura, áspera y sofocante contra su piel hipersensible. Se quedó inmóvil, boca abajo sobre el caos de sábanas de seda arrugadas, sintiendo el pegajoso enfriamiento de sus fluidos combinados en sus muslos y la dolorosa punzada de sus músculos sobrecargados con cada respiración superficial que lograba tomar. La luz de la mañana, que ahora inundaba la habitación con una claridad implacable, ya no parecía plateada, sino de un blanco clínico y duro que exponía cada detalle de su humillación y su vergonzosa capitulación. El olor en la habitación era abrumadoramente íntimo, una mezcla cruda de sud

