La anticipación de la salida se sentía como una enfermedad, un nudo de ansiedad y desafío que se apretaba en el estómago de Liam mientras se encontraba de pie frente al vestidor de cristal ahumado, la fría superficie reflejando una versión distorsionada y pálida de sí mismo. La ropa que Elena le había presentado para la ocasión, un conjunto de prendas de diseñador cuidadosamente seleccionadas por Jaxon, yacía sobre la enorme cama de seda como una ofrenda sacrificial, cada pieza un recordatorio de su estatus de propiedad. El aire en la habitación era espeso y olía a la colonia de sándalo de Jaxon, una fragancia que ahora parecía adherirse a su propia piel, marcándolo como territorio conquistado, lo que le provocaba una oleada de náuseas. Eligió unos vaqueros negros ajustados y un jersey de

