El aire en la biblioteca se solidificó, volviéndose una masa densa y casi irrespirable de tensiones cruzadas y perfumes en conflicto, donde la fragancia amaderada de Jaxon luchaba contra el caro y floral aroma de Natasha. La quietud fue reemplazada por una electricidad palpable que hacía que el vello de los brazos de Liam se erizara, cada uno de los presentes una bomba de tiempo a punto de detonar, creando un silencio cargado que era más ruidoso que cualquier grito. Jaxon permanecía recostado en su sillón de cuero, una araña en el centro de su telaraña, sus ojos oscuros moviéndose con una diversión depredadora de un rostro a otro, saboreando el caos que había convocado con una calma aterradora. Natasha se detuvo justo en el centro de la alfombra persa, su abrigo de piel blanca un faro de o

