El viaje en coche fue una tortura silenciosa, un limbo suspendido entre el horror de la subasta y el terror de lo desconocido que le esperaba. El interior del sedán n***o era una cápsula herméticamente sellada de lujo y opresión, que olía intensamente a cuero nuevo y a la fragancia personal de Jaxon, un aroma amaderado y caro que parecía adherirse a todo lo que tocaba. Liam estaba presionado contra la puerta, intentando crear la mayor distancia posible en el espacioso asiento trasero, sintiendo la textura fría y lisa de la piel a través de la fina tela de sus bóxers. Las luces de neón y los faros de Londres se convertían en borrones abstractos de color a través de la ventanilla tintada, un mundo al que ya no sentía que pertenecía. Apretó las manos en puños sobre su regazo, sus nudillos blancos por la tensión mientras un temblor incontrolable recorría su cuerpo, una reacción retardada al shock y a la furia impotente. Junto a él, Jaxon se sentaba con una quietud depredadora, su imponente silueta recortada por el resplandor fugaz de las farolas, completamente impasible. El motor del coche era un murmullo casi inaudible, una vibración sorda que sentía a través del asiento, haciendo que el silencio entre ellos fuera aún más pesado y pronunciado. En el asiento del conductor, la robusta espalda de Marcus era una barrera formidable, un guardián silencioso que conducía con una eficiencia tranquila. Cada detalle pulcro y cromado del interior del vehículo gritaba una riqueza y un poder que a Liam le resultaban repugnantes. Se sentía como un animal atrapado en una jaula dorada, transportado de un circo a otro, y el odio que ardía en su pecho era lo único que lo mantenía anclado a la realidad.
—Relájate. La tensión arruinará el cuero —observó Jaxon, su voz grave cortando el silencio sin el más mínimo indicio de ironía.
Liam giró la cabeza bruscamente para mirarlo, sus ojos verdes lanzando dagas en la penumbra.
—Púdrete —espetó, su voz un gruñido bajo y tembloroso.
Jaxon soltó una risa suave y profunda, un sonido que no contenía alegría, solo una diversión escalofriante.
—Ese fuego es precisamente por lo que pagué una prima tan generosa. Sería una pena que lo apagaras tan pronto —replicó Jaxon, su mirada oscura recorriendo a Liam de forma lenta y posesiva.
—No soy una de tus putas posesiones. No soy un coche o un reloj caro que puedas comprar —gruñó Liam.
—En eso te equivocas. Eres exactamente eso ahora. Cincuenta millones de euros dicen que lo eres. La única diferencia es que, a diferencia de mi coche, espero que tú opongas resistencia. Hace las cosas mucho más interesantes —aclaró Jaxon con una calma exasperante.
—Te haré la vida imposible. Cada segundo de cada día. Te arrepentirás de esto —prometió Liam, cada palabra cargada de veneno.
—Cuento con ello —contestó Jaxon, volviendo su atención a la ventanilla mientras el coche abandonaba las concurridas calles de la ciudad y se adentraba en carreteras más oscuras y arboladas— Hay reglas, Liam. Las aprenderás rápidamente. La primera es que harás exactamente lo que yo diga. La desobediencia tendrá consecuencias.
—¿Qué vas a hacer? ¿Venderme otra vez? —se burló Liam.
—No. Las cosas que poseo, no las vendo. Simplemente me aseguro de que entiendan su propósito —corrigió Jaxon, su tono volviéndose gélido— Y tu propósito, por ahora, es entretenerme.
El coche se desvió por un largo camino privado, flanqueado por árboles altos que bloqueaban la luz de la luna, sumergiéndolos en una oscuridad casi total antes de que la imponente fachada de la mansión apareciera a la vista. Liam contuvo el aliento. No era una casa, era una fortaleza. Una estructura monolítica de cristal oscuro y acero n***o que se erigía contra el cielo nocturno como un mausoleo moderno, frío e impersonal. El vehículo se deslizó silenciosamente hasta detenerse en un patio delantero minimalista, donde el único sonido era el crujido de la grava bajo los neumáticos. El aire exterior, cuando Marcus abrió la puerta, era fresco y olía a pino y a tierra húmeda, un marcado contraste con el ambiente artificial del coche y la ciudad. Jaxon salió con una gracia fluida y esperó a que Liam lo hiciera, su paciencia la de un cazador que ya ha atrapado a su presa. Con los pies descalzos sobre la grava fría y afilada, Liam sintió una oleada de vulnerabilidad, pero levantó la barbilla, negándose a mostrar cualquier debilidad. Las paredes de cristal de la casa reflejaban su pequeña figura contra la inmensa estructura, haciéndolo parecer insignificante. El interior, visible a través de los vastos ventanales, era un vacío de sombras y líneas duras, tan acogedor como una tumba de lujo. Marcus entregó a Jaxon una única llave y luego, con un asentimiento, regresó al coche y se marchó, dejándolos completamente solos en el silencio de la noche.
Jaxon se acercó a la enorme puerta principal de metal n***o y la abrió, revelando un vestíbulo que parecía más una galería de arte que la entrada a una casa.
—Bienvenido a tu nueva jaula —anunció Jaxon, haciendo un gesto para que Liam entrara.
Liam permaneció inmóvil por un momento, la grava fría clavándose en las plantas de sus pies. Luego, con una rigidez desafiante, cruzó el umbral. El suelo bajo sus pies cambió a un mármol n***o pulido, tan frío como el hielo y tan reflectante que podía ver una versión distorsionada y oscura de sí mismo.
—Impresionante, ¿verdad? —inquirió Jaxon, cerrando la puerta detrás de ellos. El sonido del cerrojo al encajar resonó en el vasto espacio con una finalidad escalofriante— Diseñada para la máxima privacidad y… seguridad. Las ventanas son de cristal a prueba de balas y toda la propiedad está rodeada por un muro de tres metros con sensores de movimiento. No hay a dónde ir.
—¿Esperas que te felicite por la jaula? —replicó Liam con desdén, cruzándose de brazos sobre el pecho desnudo en un vano intento de protegerse del frío del aire y de la mirada de Jaxon.
—Solo te estoy ahorrando el esfuerzo de buscar una salida que no existe —contestó Jaxon con calma, comenzando a caminar por el pasillo principal— Esta es la sala de estar. Ahí, la cocina. Todo es de última generación. Puedes comer lo que quieras, cuando quieras. Considera esta casa tuya en todos los aspectos, excepto en uno: la libertad de abandonarla.
Condujo a Liam a través de espacios enormes e impersonalmente decorados. Muebles minimalistas, obras de arte abstracto y tecnología de vanguardia llenaban cada habitación, pero no había ni un solo objeto personal, ni una fotografía, ni nada que sugiriera que allí vivía un ser humano en lugar de una corporación. El lugar era tan frío y calculador como su dueño.
—¿Y dónde duerme el “artículo”? ¿En una perrera en el sótano? —preguntó Liam con sarcasmo cuando se detuvieron al pie de una escalera flotante de cristal y acero.
—No seas melodramático. Tu comodidad es importante para mí —aseguró Jaxon, su boca curvándose en esa sonrisa que a Liam le ponía los pelos de punta— Dormirás en mi habitación.
El corazón de Liam dio un vuelco, una mezcla de miedo y repulsión.
—Ni de coña. Dormiré en el suelo de la cocina antes que compartir una habitación contigo —declaró con firmeza.
—Esa no es una opción —afirmó Jaxon, su tono perdiendo su matiz de diversión y volviéndose acero puro— La regla es simple: pasarás la noche en mi dormitorio. Es la única habitación de la casa que no está bajo vigilancia de audio y vídeo constante. Te estoy ofreciendo la única privacidad que tendrás aquí. Te sugiero que la aceptes.
Sin esperar respuesta, Jaxon subió las escaleras, y Liam, sintiendo que no tenía otra opción, lo siguió con el estómago hecho un nudo, cada paso en el frío cristal un eco de su propia derrota.
La habitación principal era tan vasta e impersonal como el resto de la mansión, dominada por una cama tamaño California con sábanas de seda de un gris oscuro que parecía una isla en medio de un océano de suelo de madera de ébano. Una pared entera era un ventanal que ofrecía una vista panorámica del denso y oscuro bosque que rodeaba la propiedad, una belleza natural que se sentía más amenazante que tranquilizadora. El aire olía exclusivamente a Jaxon, una fragancia que ahora envolvía a Liam, haciéndole sentir que se asfixiaba. Un enorme vestidor con puertas de cristal ahumado ocupaba otra pared, revelando hileras de trajes idénticos y ropa de diseño perfectamente organizada. No había desorden, ni libros, ni rastro de vida más allá de una existencia meticulosamente controlada. Era la guarida de un depredador, estéril y funcional, diseñada para el descanso y nada más. Liam se detuvo justo al entrar, sintiéndose pequeño y expuesto en el enorme espacio, la alfombra de felpa bajo sus pies descalzos la única fuente de calor. Jaxon cruzó la habitación, quitándose la chaqueta del traje y arrojándola despreocupadamente sobre un sillón de cuero n***o. El movimiento hizo que los músculos de su espalda se marcaran bajo la fina tela de su camisa, un despliegue casual del poder físico que contenía. La calma con la que se movía, la forma en que ocupaba el espacio como si fuera una extensión de sí mismo, contrastaba violentamente con la tensión que hacía vibrar cada fibra del ser de Liam. La única fuente de luz era una suave iluminación indirecta procedente de las cornisas del techo, que proyectaba sombras largas y dramáticas.
Jaxon se giró, desabrochándose los gemelos de las muñecas, sus ojos oscuros fijos en Liam.
—La cama es lo suficientemente grande. Dudo que nos molestemos —indicó, su tono casual, como si estuviera hablando con un invitado, no con un prisionero.
Liam sintió una oleada de náuseas. La idea de tumbarse en esa cama, de estar tan cerca de ese hombre mientras dormía, era más de lo que podía soportar. Su mirada recorrió frenéticamente la habitación, buscando una escapatoria, una alternativa. La regla había sido específica: “pasarás la noche en mi dormitorio”. Jaxon no había dicho dónde en el dormitorio. Una chispa de desafío se encendió en sus ojos.
—Dijiste que tenía que dormir en esta habitación —precisó Liam, su voz cuidadosamente neutral.
—Eso es lo que he dicho —confirmó Jaxon, observándolo con un interés renovado, curioso por ver qué tramaba su mente.
—Pero no especificaste en qué parte de la habitación.
Sin esperar respuesta, Liam se dirigió con decisión a un gran sofá de tela gris que había en una esquina de la habitación. Agarró los dos cojines decorativos y la manta de cachemira que estaba doblada sobre el respaldo. Arrojó la manta al suelo en el rincón más alejado de la cama, junto al ventanal, y luego colocó los cojines encima, creando una especie de nido improvisado y patético.
—Dormiré aquí —anunció, su tono desafiante y definitivo. Se sentó en su improvisada cama, dándole la espalda a Jaxon y mirando fijamente la negrura del bosque exterior.
Un profundo y genuino sonido de risa llenó la habitación.
Liam se giró para mirar, atónito. Jaxon se estaba riendo, no una sonrisa cruel o una mueca de desprecio, sino una verdadera carcajada, rica y sonora. Se reclinó contra el marco de la puerta del vestidor, su cuerpo imponente sacudido por la diversión.
—Eres increíble. De verdad que lo eres —consiguió decir Jaxon, secándose una lágrima imaginaria del rabillo del ojo— Cincuenta millones de euros, y duerme en el suelo como un perro callejero por puro rencor.
—No me compares con un animal —espetó Liam, su rostro ardiendo de humillación.
—No es un insulto. Es una observación de tu terquedad. Es… magnífico —declaró Jaxon, su risa convirtiéndose en una amplia sonrisa de genuino deleite— Podrías estar en una cama de seda, pero eliges un suelo frío para dejar clara tu postura. Admiro ese nivel de compromiso con el odio.
—Me alegro de que mi odio te divierta. Tendrás mucho tiempo para disfrutarlo —replicó Liam con amargura.
—Oh, lo haré. Es infinitamente más estimulante que el miedo o la adulación a los que estoy acostumbrado. El miedo se vuelve aburrido y la adulación es un veneno. Pero el odio… el odio es honesto. Es real. Puedo trabajar con el odio —expresó Jaxon, acercándose a su cama y comenzando a desabrocharse la camisa.
Liam apartó la vista bruscamente, su corazón latiendo con fuerza.
—¿Qué quieres de mí? —demandó, su voz apenas un susurro.
—Ya te lo dije. Quiero entretenerme. Quiero ver hasta dónde llega ese fuego tuyo antes de que aprenda a arder para mí en lugar de contra mí —explicó Jaxon, su voz ahora más cercana mientras se movía por la habitación.
—Eso no pasará nunca.
—Ya veremos. Tienes meses, quizás años, para demostrar que me equivoco. Cada día será una nueva prueba —contestó Jaxon.
Se detuvo frente al vestidor y se quitó la camisa, revelando un torso musculoso y cubierto de cicatrices apenas visibles en la penumbra. Liam no pudo evitar una mirada furtiva, una mezcla de repulsión y una fascinación que odiaba sentir— Ponte cómodo en tu rincón, Liam. Has tenido una noche larga.
Con eso, Jaxon desapareció en el vestidor, dejando a Liam solo en su patético nido. Se acurrucó bajo la suave manta de cachemira, que olía a Jaxon, y apoyó la cabeza en los cojines. El suelo de madera era duro y frío bajo la fina tela, y el cristal del ventanal a su lado irradiaba el frío de la noche. Se sentía completamente solo y atrapado, pero en su corazón, el fuego de su odio ardía más fuerte que nunca. Era su única arma, su único escudo. Y mientras escuchaba los silenciosos movimientos de Jaxon preparándose para dormir en la opulenta cama a solo unos metros de distancia, Liam se hizo una promesa. No lo rompería. Jaxon podía haber comprado su cuerpo, pero nunca, jamás, sería dueño de su voluntad.