Un frío penetrante y profundo despertó a Liam de un sueño ligero y plagado de pesadillas, un frío que parecía emanar directamente del suelo de madera y filtrarse en sus huesos. Se estremeció violentamente bajo la fina manta de cachemira, que ofrecía una suavidad lujosa pero una calidez insuficiente contra el frío implacable de la madrugada. Sus músculos protestaban con una rigidez dolorosa por haber dormido en una superficie tan dura, y un hambre voraz y punzante se retorcía en su estómago vacío, un recordatorio visceral de que no había comido desde el día anterior. La vasta habitación estaba sumida en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el sonido suave y rítmico de la respiración de Jaxon desde la enorme cama. En la penumbra grisácea que precede al amanecer, podía distinguir la

