Roberto Abad Rocamonte
Mi mirada se fijó en mi apetitosa presa. Ahí estaba, radiante y luminosa, como si todo el lugar girara en torno a ella. La anfitriona de la noche. Bebí un sorbo de mi whisky, dejando que el ardor recorriera mi garganta lentamente, disfrutando del sabor y de la imagen que tenía frente a mí. Pero el vaso apenas volvió a la barra cuando algo dentro de mí se removió como una punzada desagradable: ella estaba abrazándolo… y besándolo.
A ese tipo. Su novio.
Lo observé con detenimiento, analizando cada detalle de su aspecto como quien examina a un rival insignificante. No tenía gracia. Ni un ápice de atractivo. El cuerpo delgado, sin músculo; los lentes le daban un aire de estudiante mediocre, una de esas ratas de biblioteca que nunca aprendieron a vivir de verdad. Camisa blanca, pantalón n***o y zapatos recién boleados… demasiado correcto, demasiado simple. Lilian era mucha mujer para un hombre tan gris.
Entonces la oportunidad se presentó sola. Vi cómo uno de los invitados le hacía una seña al festejado, y ambos se dirigieron hacia el baño. Una sonrisa discreta se formó en mis labios. Me levanté y los seguí con paso tranquilo, como si no llevara prisa, pero con la precisión de un depredador que sigue el rastro. El restaurante, amplio y con aquella iluminación cálida que acariciaba las paredes, me daba el refugio perfecto para moverme sin ser visto por mi hermano… ni por ellas.
Justo antes de entrar al baño, me detuve en seco. La voz del amigo de Miguel me alcanzó desde el interior.
—¿Ya le dijiste lo de la especialidad a Lily?
Me incliné un poco, lo suficiente para captar cada palabra.
—Todavía no, pero esta noche se lo diré… o tal vez mañana. Estoy decidido. Esa beca en Madrid es una oportunidad que no puedo dejar pasar. Apenas llevamos unos meses juntos, no tendría sentido mantener una relación a la distancia…
Una risa baja, casi inaudible, se escapó de mí mientras una sonrisa ladina se dibujaba en mi rostro.
“Así que además de mediocre, la vas a dejar. Maldito.”
Lilian no merecía eso. No. Pero él, definitivamente, no la merecía a ella.
Me enderecé y entré al baño. Ellos estaban frente al lavabo, conversando. Me dirigí con calma al lavamanos junto a ellos, como si fuera una coincidencia.
—Buenas noches, caballeros —saludé con cortesía, dejando que mi tono sonara educado pero con cierto peso.
—Buenas noches —respondieron al unísono.
El novio de Lilian me miró con cierta curiosidad, frunciendo levemente el ceño, como si tratara de ubicarme.
Me lavé las manos con parsimonia, disfrutando del leve silencio incómodo, y mientras me secaba, él por fin se atrevió a preguntar:
—¿Yo te conozco?
Me giré hacia él.
—Creo que sí. Usted trabaja en el hospital San José, ¿cierto? Mi padre está internado ahí. Y, de hecho, también soy paciente de la doctora Lilian —dije su nombre con la naturalidad de quien ya lo ha hecho suyo en pensamientos más oscuros.
Vi cómo la sorpresa se dibujó en su rostro.
—Es verdad, ahora te recuerdo. En el consultorio de mi novia, la doctora Lily.
Asentí con calma.
—Roberto Abad Rocamonte —me presenté con una leve inclinación, extendiendo la mano—. Soy socio de este restaurante.
Ambos se mostraron interesados, pero cuando estreché la mano de Miguel Flores —qué nombre tan insípido— lo hice con más fuerza de la necesaria. Vi el leve gesto de incomodidad que cruzó por su cara y lo disfruté. Él era poca cosa, y ese apretón solo lo confirmaba.
El amigo intervino enseguida, quizá para suavizar la tensión.
—Miguel cumple años, señor Abad. Si gustas, puedes sentarte a la mesa con nosotros. El amigo de Lily y Ana… ¿Es tu hermano? Dijo tener tu mismo apellido.
Le dediqué una sonrisa educada. Ese hombre me caía mejor que el propio festejado; al menos tenía buena memoria.
—Gracias, pero será otro día. Hoy estoy supervisando. Sin embargo —añadí con un brillo calculado en la mirada— enviaré una botella del mejor vino de la casa como obsequio de cumpleaños.
Se miraron el uno al otro, complacidos.
—Muchas gracias, Roberto…
Me limité a asentir.
—Nos vemos después, caballeros, sigan disfrutando de la noche.