Veinte minutos después, estoy bañada y arreglada, sólo esperando a que una de las chicas termine de maquillarme. El vestido es lo suficientemente largo para cubrir todo moretón o huella de Gian en mi cuerpo; no sólo es un alivio, sino una preocupación menos. Mi Primera mira con nerviosismo la puerta que da a la habitación de Gian, frunzo el ceño. —¿Qué pasa? ¿Sigue ahí? —asumí que ya no estaba en su habitación, sino en alguna parte con alguna mujer tonta. —No, toda la familia desayuna junta. Veo que no lo sabes, él y algunos jóvenes nobles que todavía siguen en el palacio organizaron una expedición, se marchan al mediodía. Alzó ambas cejas, sorprendida, y con mi ánimo in crescendo. —¿En serio? —asiente con cara seria, sin compartir mi felicidad. Porque innegablemente estoy feliz y al

