Despierto sobresaltada al oír abrirse la puerta de golpe, al principio pienso que es la mía y me entierro en las mantas. Pero casi enseguida risitas y voces en la habitación de Gian llegan claras a mis oídos, exhalo con alivio y llena de curiosidad salgo de la cama, preguntándome quién será su invitada. De puntillas me acerco a la puerta que conecta nuestras habitaciones y pego el oído en la madera. Una voz femenina y excesivamente dulce empieza a hablar. —¿Seguro que la Princesa no está aquí? —susurra la mujer, evidentemente nerviosa. —Completamente, ella es muy mojigata, una aburrida. Si no fuera mi deber, no me habría casado con ella—asegura Gian y yo estrecho la mirada desde donde estoy. Si no quería casarse conmigo, debió oponerse, imponer su palabra; si lo hubiera hecho, este mald

