La ceremonia de boda fue breve, casi discreta: unos votos, un par de miradas y nada más. No hubo ceremonias tediosas ni invitados molestos que entorpecieran el momento.
La primera noche, Aron no tocó a Rubí, aunque ella se acercó desnuda, buscando intimidad. No podía hacerlo sin antes anular aquel certificado que lo ataba a Loren.
Por la mañana siguiente, Rubí, que había sonreído de oreja a oreja desde que se anunció su unión, parecía apagada, casi triste.
La mesa del desayuno estaba intacta; ni un pedazo de pan ni una fruta había sido tocada.
—Lo siento.
La voz de Rubí rompió el silencio del comedor.
—¿Por qué te disculpas?
Ella se movía con nerviosismo, los ojos entre Aron y su plato, como buscando respuesta en ambos lugares.
—Sé que te obligué a casarte conmigo.
Aron sostuvo un pedazo de pan, mirándola con confusión.
—¿Por qué dices eso?
Rubí sirvió con cuidado una taza de té n***o y bebió un sorbo. La ambigüedad de sus palabras hacía que a Aron le temblara la paciencia. Detestaba las conversaciones sin sentido.
—Habla con claridad. No puedes esperar que entienda tus quejas si no las expresas con exactitud.
Ella vaciló, respiró hondo y finalmente dijo:
—Le dije a mi papá que quería casarme contigo. Por eso insistió tanto. Asford debía estar estresado y por eso te obligó a casarte conmigo.
Al terminar, Aron alzó las comisuras de sus labios. Masticó y tragó el pan con calma. Rubí, ansiosa, no sabía hacia dónde dirigir su inquietud.
Era una chica delicada. Por supuesto que se la recomendó como futura esposa y su padre había insistido, pero Aron nunca fue obligado. Él quería una esposa, y su padre solo le presentó la mejor opción: Rubí.
Haciendo un pequeño puchero, Rubí susurró:
—No insistiré si no quieres tocarme. Te esperaré el tiempo que necesites.
El rostro serio y decidido de Rubí hizo que Aron se preguntara cuáles eran las verdaderas razones detrás de este matrimonio.
Ella, apenada, dejó el mantel sobre la mesa y se levantó.
—No quise ofenderte. No fui obligada a casarme contigo. Más bien… creo que tú deberías estar molesto. No soy afectiva. Si buscas cariño constante, no pensaste bien al casarte conmigo. Ahora, siéntate y termina tu comida. ¿Quieres?
Sus mejillas se encendieron. ¿Cómo resistirse a Aron? Hermoso, seguro, sincero en cada gesto, nunca ocultaba sus debilidades.
—Entonces, ¿por qué no me tocas? Somos pareja.
Aron levantó la mirada al techo, luego la volvió hacia ella, con un destello de seriedad:
—La verdad es que… mentí.
Rubí quedó paralizada. Aron aprovechó el momento para explicarle: aún figuraba en el registro de los Van Halow y el sexo entre ellos era inapropiado hasta solucionarlo. El alivio se reflejó en el rostro de Rubí.
—Ah… por eso.
Suspiró, con la mano sobre el pecho.
—Lamento mucho esto.
—Tranquila. Dijiste que lo solucionarías, te creo.
Aron también sintió alivio. No quería fallar en esta relación. Si ella estaba dispuesta a esperar, lo mínimo que podía ofrecerle era sinceridad.
Rubí, que al principio no había probado nada de la mesa, ahora cortaba carne y servía frutas con una sonrisa genuina.
—Quería hablar contigo, Aron.
Él dejó de comer y la miró, atento.
—Jasemin es mi mayordomo. Papá quiere que viaje conmigo a Bazari. —Su rostro mostró preocupación—. Sé que por tu posición la servidumbre debe ser controlada con cautela. ¿Hay alguna manera de que Jasemin venga con nosotros? Te juro que es de total confianza.
El pedido parecía imposible. Aron detestaba que se cuestionaran sus órdenes. Sin embargo, comprendía a Rubí: era noble y valiente, dispuesta a lanzarse a una nueva vida solo por él.
—Por ahora es mejor que se quede. Hablaré con el canciller.
La alegría regresó a su rostro.
Cuando Henry se casó, Loren le preparó mucamas y un mayordomo de confianza. Loren era meticuloso con la seguridad, y Rubí lo sabía.
—Disculpa que pregunte… tengo curiosidad sobre nuestro hogar.
Aron sabía que ese tema surgiría tarde o temprano. Él había vivido independiente en Bazari por años, pero los guardias y el personal de la fortaleza Van Halow permanecían en la propiedad. Era un asunto prioritario.
—¿Te molesta vivir en un lugar que no elijas?
Rubí se apresuró a negar:
—No, iré donde vayas. Solo quiero saber a dónde enviar mis pertenencias.
Aron se sobó la frente. No había planeado nada al detalle.
—Escucha, Rubí. Por ahora, no lo pienses demasiado. Iremos a Bazari y luego resolveremos lo demás.
Ella asintió. Aron se levantó.
—Ve con tus padres, despídete. Nos vemos al anochecer.
Sin esperar más, Aron se marchó.
… … …
—¿Y dónde vivirán?
El padre de Rubí preguntó, ansioso. Julius no estaba en la mansión.
—Ya te dije, papá, aún no lo decidimos.
El hombre frunció el ceño:
—No irá a dejarte en la calle, ¿verdad?
Rubí, molesta, respondió:
—¡De qué hablas, papá! Aron tiene más dinero que nuestra familia, ¿lo olvidas?
—Ya lo sé.
—Entonces no preguntes. Me dijo que no me preocupara y confío en él.
El rostro de su padre se endureció.
—¿Esposo? ¡Mira cómo hablas! Aún no han pasado su primera noche juntos.
Rubí lo miró con firmeza:
—Silencio, papá. Ya sabes lo que hará mi padre si se entera.
—Julius tendría razón. Es una deshonra. ¡Nos mintió!
—Dijo que lo resolvería.
—No confío en su palabra. Aún puedes cancelar todo.
Al escuchar eso, Rubí dejó de sacar su ropa del armario. Un silencio helado llenó la habitación. Con voz tranquila pero firme, lo miró a los ojos:
—Escúchame bien, papá. Esperé años por esta oportunidad. No permitiré que ustedes, mis propios padres, se interpongan. Pelearé con el mismísimo canciller si es necesario, pero permaneceré junto a Aron; no como amiga, ni conocida, sino como su esposa, su mujer, la señora Blackhole. ¿Comprendes?
Su padre suspiró, resignado:
—Haz lo que quieras. Rubí, recuerda una cosa: aquí eres una diosa, pero en Bazari no serás nada. El harén del canciller ya tiene muchas mujeres; no serás digna de admiración. Allí, quien manda es Loren Van Halow, frío y obsesivo.
Rubí se estremeció.
—Ese hombre jamás deja escapar lo que es suyo. Y Aron Blackhole es uno de sus favoritos.
—Pero no es así, papá. Aron y el canciller son solo amigos.
—Eso es lo que él dice.
—¡Papá! Existen más casos de favoritismo.
—¿Ah sí? ¿Hablas de su segundo guardia?
—Así es. Ese chico se casó y vive feliz.
—Puede que tengas razón.
—No. La tengo.
—No pareces convencida, amor.
Rubí, que había estado a la defensiva, sintió un bajón de energía. Todos sabían que el canciller no era recíproco. Solo unos pocos lograban ganarse su favor. Ella debía ser uno de ellos; si fallaba…
Entonces no tendría más opción que convertirse en la pesadilla de ese hombre.
CONTINUARÁ.