La pequeña habitación en la que pasó su niñez ahora parecía extraña. La cama áspera y la decoración chillona; no había nada de él en ella.
Aron miró el espejo de la cómoda. Estaba polvoriento, y su reflejo ya no era el mismo de antes. Abrió el primer gabinete y sacó un montículo de hojas apiladas. Las examinó una por una.
De niño, a menudo fue admirado por su genio. Aquel niño que caminaba antes que los demás, que sabía cantar, bailar, pintar, tocar instrumentos que jamás se habían visto en Halow, el niño que hablaba tantos idiomas que parecía surrealista.
Para Aron, que recibía felicitaciones a diario, le resultaba difícil entender el porqué de tanto escándalo. Cuando fue a tutorías lo comprendió: su actitud comparada con la de otros niños de su edad era diferente. Aron era solitario, maduro y responsable.
Solía tener sueños lúcidos. Aplicaba todo lo que soñaba: un nuevo idioma, un instrumento, etiqueta; incluso imitaba la distancia y la coordinación de aquellos sueños.
Tenía su propia escuela y enseñanza mediante sueños. A veces despertaba sudoroso, tembloroso, temeroso. Eran pesadillas que no entendía, que no sabía cómo definir. Era él y, al mismo tiempo, no lo era.
En esos sueños era un chico bonito, delicado, pero lastimado. Cuando solo tenía cuatro años, Aron soñó con aquel chico. En una habitación oscura, lloraba sin detenerse. Aron lloraba como si él estuviera en la piel del otro.
Su cuerpo se mecía y se estremecía con fuerza, le ardía la piel, y unas manos ásperas lo apretaban en la espalda, manteniéndolo en su lugar. Aron comprendió que, quien fuera, le estaba haciendo daño. Esa noche apretó sus piernas con fuerza.
Cualquier niño normal habría llorado con fuerza y llamado a sus padres, aferrándose a ellos. En cambio, Aron lloró en silencio. Sentía que no podía decirle a nadie, que debía guardarlo para él. No sabía si ese deseo de mantenerlo en secreto era suyo o del chico en sus sueños.
Las pesadillas continuaron. Cada vez peor, cada vez más fuertes. De repente ya no era uno: eran varios quienes lo lastimaban en sus sueños. Aron sabía que eran sueños; nadie en la vida real lo había tocado así. Nadie le habló tan vulgar ni actuó de esa manera con él. Pero el miedo persistía, incluso despierto.
Aron se reprimió. No socializó con nadie que no fuera de su familia. No tenía miedo, era precaución.
Era un niño que no podía comprender lo que aquellas personas le hacían en los sueños, solo sentía que era malo. A menudo se sentía en la misma piel que aquel chico, como si fueran un mismo ser destinado a vivir desgracia y temor.
No podía decirle a nadie. La primera vez que lo hizo, fue a su padre; este solo lo miró con extrañeza y al día siguiente lo llevó ante un especialista, que aseguró que su hijo no sufría ningún trastorno.
Con el tiempo, Aron lo comprendió. Era difícil: era él y, al mismo tiempo, no lo era. Lo más difícil era que muchas veces se sentía igual que aquel chico de sus recuerdos. Quería lo mismo que él, ansiaba lo mismo que él.
Supo que tenía que cambiar cuando empezó a cuestionarse si aquellos abusos en sus sueños eran tan malos.
Si alguien abusaba de él, ¿se enojaría? Aron concluyó que, si llegara a pasarle algo así, lo más probable es que se defendiera. Pero si no podía detener a su agresor, simplemente lo dejaría pasar. Cuanto antes acabara, antes dejaría de sufrir.
Sí, Aron se dio cuenta de que estaba realmente mal. Era un adolescente viviendo en un lugar que no era su hogar, sin padres, sin vigilancia, sin autoridad.
Se puede decir que Aron pasó por un momento de rebeldía. Pero, como todo en la vida, los niños crecen. Aron también creció.
Aron notó que él y aquel chico eran muy diferentes. No disfrutaba del sexo; más bien, le era doloroso. Cuestionaba las decisiones que tomaba aquel chico. Aron no era tan inestable mentalmente. Pensaba con claridad y comprendía que hay cosas que no estaban bien.
No tardó en darse cuenta: aquel chico era él, en una vida pasada. Tal vez esa vida fue un infierno. No lo sabía con certeza, pero la vida que recordaba era un desastre. Cualquiera que viviera así estaba destinado a caer en la desesperación.
Cada vez que pensaba en eso, le dolía la cabeza. Sabía cómo sonaban sus pensamientos: loco. Eso era. Un demente.
Sin importar nada, Aron estaba convencido de ello. Incluso ahora, de adulto, sentía que mucho de aquel chico se había arraigado en él. Y eso era una de las pocas cosas que le asustaban: ser igual a aquel chico.
Aron sabía que lo que recordaba de la vida de aquel chico había moldeado su personalidad actual. Era retraído porque se prometió jamás ser tan abierto como él. Era precavido porque no soportaba la idea de ser promiscuo. Se alejaba de todo lo que pudiera complicar su estado emocional y mental. Del chico aprendió que la salud mental era lo más importante.
*Toc *Toc Toc
—Aron.
La voz de Ixel lo llamó.
—Estoy aquí.
La puerta se abrió. Ixel, ya con ropa nueva, lo miró. Aron aún vestía la misma ropa de hace horas.
—¿Todavía no te has cambiado?
Aron soltó un suspiro y se recostó en el borde de su cama.
—Estoy cansado. Dile a papá que los reciba él.
Ixel frunció el ceño.
—No puedes hacer eso, Aron. Sabes que Rubí viene con su padre por una razón.
Aron lo sabía, pero no podía sentirse animado. No le importaba con quién casarse, siempre y cuando pudiera librarse de la señora Myli y sus locuras. Además, necesitaba a alguien que le fuera útil, y ese puesto solo podía conseguirlo casándose.
—Eres afortunado, Aron. Rubí es la quinta mujer nacida de nuestra generación. Y ella te quiere a ti. ¿Comprendes?
Aron pensó en Rubí. La recordaba como una chica linda, pero tímida. Jamás podía hablar más de dos frases con él. Si era afortunado o no, no podía saberlo. Jamás había conocido lo que era el amor.
—De todas formas me casaré con ella. Qué más da que papá arregle todo.
Ixel sintió vergüenza de ser hermano de alguien tan insensible. Para él, esto era importante; para Aron, no.
—Si estás presente, su padre aceptará más rápido. Ya sabes que Julius quería que Rubí se casara con alguien de mejor posición.
Aron se encogió de hombros. Ixel suspiró al notar su desinterés.
—¿No dijiste que querías casarte cuanto antes? Si te presentas ahora, puede que partas a Bazari con una esposa. —Ixel hizo una mueca—. Piénsalo.
Aron chasqueó la lengua. Sabía que Ixel tenía razón, pero hablar con Julius no era su simpatía. El hombre era fastidioso, siempre con temas de finanzas, un noble con demasiada ambición.
Era el tipo de hombre que Aron más odiaba. Sin energía y cansado, se puso ropa decente y bajó.
Rubí Anderson llegó con un vestido rojo carmín. Su cabello castaño caía en grandes ondas sobre su espalda.
Sus ojos brillaron al ver a Aron. Una sonrisa iluminó su rostro mientras caminaba hacia él con delicadeza.
—Aron. —saludó.
Él sostuvo su mano y la guió al interior. Julius, como siempre, lo observaba con desaprobación. Al llegar a la mesa, Rubí fue la primera en hablar:
—¿Cómo va tu vida en Bazari?
Aron, con poco interés, siguió mirando su plato:
—Bastante bien.
Julius tosió y reprochó con agresividad:
—¿Solo bien?
Aron levantó la mirada, taciturno y filoso:
—¿Qué pasa, Julius? ¿Quiere saber si tengo oro suficiente para casarme con su hija y mantenerlo cuando no sea más que un saco de huesos?
Ixel y Asford tragaron saliva. Rubí se sonrojó, Asford gritó:
—¡Aron!
Aron quiso corregirse, pero Julius rió:
—Sí, justo eso quiero saber.
Recostado en la mesa, Julius mostraba una mirada desafiante. Aron, acostumbrado a Loren, no se intimidó.
—Tengo suficiente oro para mantenerlo, señor Anderson. Dos o tres vidas suyas. Y una vez me case con su hija, tendrá acceso al oro con libertad. Siéntase libre de gastarlo como quiera.
No mentía. Al morir su padre, heredó la fortuna y, sumado a su salario de guardia, tenía riqueza envidiable.
Julius sonrió satisfecho. Asford se sentó molesto. La única razón por la que aceptó que Aron se casara con Rubí era por ella.
—¿Y qué hay de lo otro? —preguntó Julius, dejando la sala en silencio.
Asford alzó una ceja:
—¿De qué hablas, Julius?
—No te hagas el ignorante. Sabes muy bien a qué me refiero. ¿Cuál será la posición de mi hija respecto a Aron y al canciller Van Halow?
Aron detuvo el movimiento de su mano.
—Todos saben que fue a Bazari como consorte. ¿No es así? Que sea o no guardia, sigue siendo un consorte. ¿Qué posición deja eso a mi hija?
—¡No puedo creer que hables de eso!
Asford se levantó:
—¿Sabe algo, Julius? Me arrepiento de permitir esta unión.
Rubí pasó de la felicidad a la vergüenza, luego a la tristeza. Aron apretó su mano:
—Señor Anderson, no hay motivo de duda. Jamás toqué al canciller, y cuando recibí el título de guardia fui eliminado del registro de harren.
Julius asintió, con ese rostro absurdo que Aron habría querido golpear.
—Si no hay más inconvenientes, ¿me da permiso para casarme con su hija?
Julius dudó, pero el rostro suplicante de Rubí lo hizo ceder:
—Tienes mi permiso.
Aron sonrió a Rubí:
—Bien. Partiremos a Bazari en unos días. Papá, Julius, encárguense de la congregación matrimonial.
Aron se levantó y desapareció por los pasillos. Rubí exhaló, feliz.
Él, frustrado, se lanzó sobre la cama y pensó:
—Estoy jodido.
Había mentido en un detalle: su nombre seguía en los registros del harren de Loren. Por ahora, eso hacía imposible la unión con Rubí.
—Ahhhhh.
Se cubrió el rostro. Mentir no era su estilo, pero era la única solución. No era la primera persona del harren que se casaba.
Los dos guardias de Loren también habían estado en el harren. Si Henry se casó, él también podía.
Aron había pasado por alto muchos protocolos. Henry, al comprometerse, solicitó eliminar su nombre del registro. Como nunca tuvo sexo con Loren, se aprobó.
El problema: Aron debió solicitarlo antes. Si Loren se negaba, rompería una ley grave y podría ser acusado de adulterio.
Eran leyes absurdas, pero Aron no quería exponer a Rubí a críticas.
Se masajeó la frente. No pasaba nada. Una vez en Bazari hablaría con Loren. Le entregaría una botella de licor y pediría la solicitud. Aron estaba seguro de que Loren se burlaría, pero también sabía que la rechazaría. Después de todo, eran amigos desde hace años.
CONTINUARÁ…