Ya no había ruido. No existía turbulencia, ni un apestoso olor a humo. Solo un vértigo que lo hacía sentir mareado. Su cuerpo se sentía entumecido, agitado. Sus párpados pesados se movieron con suavidad, sin poder encontrar la manera de abrirse.
—Aron.
Una voz suave lo llamó. Aron movió la cabeza hacia un lado buscando sombra. El sol le quemaba el rostro; era como acercarse a una fogata en su máximo esplendor.
—Aron.
La voz apareció nuevamente. Entonces, Aron sacudió la cabeza; sus párpados cedieron, abriéndose de golpe. Fue entonces que sintió una ráfaga de aire que le lastimó los ojos.
—¡Ahg, mierda!
Aron movió su cuerpo con fuerza. Estaba al aire libre, con el acantilado bajo sus pies. Sentía un peso en el hombro. Miró hacia arriba, luego hacia abajo, y entonces vio a Loren de pie sobre un pedazo de roca expuesta en una brecha del acantilado.
¿Qué mierdas...? Aron sujetó los hilos del paracaídas. No recordaba nada después de haber saltado al vacío. Solo el viento y el imponente fogaje. Su cuerpo estaba húmedo y seco al mismo tiempo; fue ahí cuando se dio cuenta de que tenía el hombro destrozado.
—¡No te muevas!
Loren le gritó desde abajo. ¿Qué hacía ese tipo ahí? ¿Cómo había llegado hasta allí?
Aron tenía la cabeza llena de pensamientos que no podía ordenar. De pronto, el vértigo aumentó; la cuerda se deslizó unos centímetros, haciendo que la gravedad lo atrajera hacia el suelo. Su cuerpo rebotó en el aire.
Aron vio la grieta en la que se encontraba Loren. Desde su ángulo, era imposible llegar hasta él. Si la cuerda cedía más, caería al precipicio.
Por la forma de las rocas, estaban en un cañón. No podía ver con claridad hacia abajo. Solo había dos metros y medio entre él y Loren.
—No te muevas —volvió a pedir Loren mientras tanteaba las rocas.
Estaba dispuesto a subir hasta donde estaba Aron. Las rocas eran tan lisas que parecían talladas unas sobre otras.
Mientras Loren pensaba qué hacer, vio cómo pequeños grumos de roca caían hacia abajo. Lo supo al instante: el extremo donde estaba sujeta la cuerda se había desmoronado. Ambos pusieron una expresión de espanto.
El cuerpo de Aron cayó hacia abajo con una velocidad que parecía irreal. Loren no tuvo tiempo de pensar; se movió tan rápido como pudo y alcanzó a sujetar un pedazo de la camisa de Aron.
—Oh...
Su boca reaccionó antes que su cerebro. Estando a esa altura, si un cuerpo como el de Aron caía al vacío, lo lógico sería dejarlo ir. Se necesitaría la fuerza de al menos diez hombres para sujetar su peso. Un solo hombre no podría sostenerlo, ni mantener el equilibrio. Y así, el canciller también cayó junto con Aron.
Al caer, el cerebro de ambos se apagó. Si impactaban contra una roca, sus cuerpos se harían pedazos.
Aron perdió la conciencia enseguida por la falta de oxígeno. Cuando volvió a abrir los ojos, vio una pequeña fogata frente a él.
Ya no sentía el calor del desierto. Más bien, el frío era tan intenso que sus dientes castañeaban. Le dolía la mandíbula por el movimiento. Aron tosió frenéticamente, su garganta estaba seca. Sus manos estaban blancas por el frío.
¿Había muerto? No. Estaba vivo. El dolor en su hombro era vívido. Tenía un pedazo de tela cubriendo la herida. No pudo ignorar el estado deplorable de su cuerpo. ¿Se habría roto una pierna? Un torniquete en su muslo le impedía moverla.
La temperatura era tan baja que el oxígeno en sus pulmones se cristalizaba en vapor frío cada vez que exhalaba.
Aron miró hacia el agua cristalina, que dibujaba un color celeste en su superficie. Así fue como sobrevivió. Había agua en el fondo.
Entonces reaccionó. ¿Qué era esa mano en su pelvis? Más aún: ¿por qué estaba sin ropa con este frío? Al mirar hacia un lado, vio el rostro profundamente dormido de Loren, acurrucado contra su cuerpo, con la mano recostada sobre su pelvis. Aron, con un manotazo, apartó la mano.
El cabello plateado de Loren estaba medio húmedo. A pesar de su aspecto ensoñador, su mandíbula temblaba por el frío. Fue entonces que Aron se dio cuenta: Loren también estaba desnudo. Estaba aplicando transferencia de calor.
Lo único que abrigaba sus cuerpos era el cúmulo de ropa de ambos.
Aron frunció el ceño. ¿Qué era esta situación? ¿Cómo habían llegado a este extremo?
Los cabellos de Loren estaban sobre su frente húmeda de sudor frío. Aron miró hacia un lado con disgusto, suspiró y se resignó. Con sus dedos, apartó los cabellos de Loren hacia atrás. Su bello rostro quedó expuesto.
Aron se quedó mirando detenidamente ese rostro. Tenía la duda de cómo había sobrevivido. ¿Acaso fue gracias a este hombre? No parecía tener heridas abiertas. Aron, con disimulo, alzó la camisa que cubría la parte baja de Loren.
Sus ojos se abrieron con asombro.
¿Qué mierdas...? ¿Cómo puede estar erecto en esta situación? No era gracioso.
—¿Te gusta la vista? —la voz temblorosa de Loren lo asustó.
Loren no se movió de su lugar. Aron, con fastidio, se quitó el cabello del rostro.
—Si estás despierto, solo dilo.
—¿Y perderme de tu sadismo?
—¿De qué hablas? Solo quería verificar que estás bien.
Loren se movió de lado. La camisa se deslizó con él, y el m*****o erecto que antes no era visible, se alzó, levantando la tela.
—Por lo visto, estoy muy bien —dijo Loren burlándose de sí mismo.
Pero Aron no le vio la gracia. Puso una expresión más seria. Su mirada decía claramente: “Hablo en serio”.
Loren dejó de bromear y, mirando hacia un lado, respondió con tono casual:
—Tal vez tenga una costilla rota.
Aron lo sospechaba. Era imposible salir ileso de esa caída. Seguramente su pierna también estaba fracturada.
Le quitó nuevamente la camisa de encima y observó con más detalle los hematomas en el costado de Loren.
Estaban morados, casi verdes. El accidente había sido, como mucho, hacía unas horas. Entonces, ¿por qué...?
—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
Loren soltó una risilla antes de hablar con suavidad:
—Tal vez tres días.
Ya había perdido la noción del tiempo.
—¿¡Qué!?
Eso explicaba por qué su brazo dolía menos. Su pierna estaba más entumida que adolorida. Por otro lado, estaba Loren: aunque no tenía heridas abiertas, una costilla rota no es fácil de tratar. Por el torniquete que tenía en la pierna, era obvio que Loren lo había atendido.
Lo hizo sobresforzando su propia herida. Con una costilla rota, incluso respirar es un desafío, y aun así, Loren había tratado las heridas de Aron. Este no sabía cómo sentirse al respecto. A veces lo odiaba por su forma iracunda de ser; otras, era tan cómodo estar con él...
Sin embargo, su amistad había sobrevivido ante todo pronóstico. Justo por este motivo, Loren siempre actuaba de forma egoísta consigo mismo cuando se trataba de Aron. No era la primera vez que daba la cara por él, exponiéndose.
Cuando eran más jóvenes, Aron llegó incluso a confundir esas acciones.
Su cabeza le ardía al recordar aquella conversación que ahora parecía tan lejana.
"¿Te gusto?"
Aún podía ver el rostro soberbio de Loren, esa mirada llena de ego y prepotencia que decía: "¿En serio crees eso?" Aron le había preguntado con simple curiosidad. Esperó que, como siempre, Loren se riera y negara lo obvio, pero en vez de eso, lo humilló con cada palabra que dijo después.
Recordando eso, Aron volvió a sentirse arrastrado a aquellas memorias. Esa sensación de estar mintiéndose a sí mismo, de que sus suposiciones no eran erróneas, de que este hombre frente a él realmente lo quería de una manera difícil de explicar.
Luego recordó cómo fue humillado y simplemente endureció el rostro.
—¡¿Qué mierdas te pasa?!
"¡Deja de ser tan bueno conmigo"
Aron sujetó a Loren del cabello, haciendo que su cuerpo se alzara un poco.
—Deja de comportarte tan miserablemente. Me hartas.
CONTINUARÁ...