PARTE 4

1473 Words
Las últimas maletas fueron subidas al barco. Esta vez no se trataba de un buque mercante: era un barco privado, enviado por la familia Van Halow para recibir al nuevo consorte del canciller. Rubí subió los escalones con calma. Estaba a punto de entrar en un mundo que muchos solo soñaban. Vivir en la ciudad del agua, Bazari, era un lujo que incluso para los nobles era escaso. Pronto, aquella vista de arena sería reemplazada por el verde de los árboles y el fresco de la brisa. Aron subió al barco sin prisa. Los lujos de esta embarcación no podían compararse con el pequeño buque mercante en el que había viajado antes. El capitán, con un saludo respetuoso, delegó el mando hacia él. —El señor Blackhole estará a cargo de la seguridad del barco —anunció—. Toda la tripulación hizo una venia con sumo respeto. —No hay necesidad de formalidades. Estoy aquí para escoltar a Ixel Black. Mi esposa y yo solo somos invitados —respondió Aron. Los tripulantes asintieron, algunos miraron a Rubí, aún en la cubierta observando la distancia. Para algunos era la primera vez que veían a una mujer. Luego volvieron a sus tareas. Aron escoltó a Rubí e Ixel hacia sus habitaciones. La de Ixel era enorme, lujosa, llena de vestuarios y joyas enviadas desde Bazari; en comparación, la pequeña cabina de Aron y Rubí mostraba la diferencia de trato. Por supuesto, ellos no podían compararse con un consorte. —¿Qué pasará una vez llegue a Bazari? —preguntó Ixel, nervioso. Aron, que había llegado hasta su habitación, respondió con calma. Era su deber darle una guía. —Iremos a la fortaleza Van Halow. —¿No me harán quitarme la ropa en la primera noche, verdad? —su voz temblaba, mezcla de temor y ansiedad. —Depende del canciller. Ixel, nervioso, se recompuso y levantó la mirada hacia Aron. —¿Canciller? ¿Ya no lo llamas por su nombre? Aron se encogió de hombros, indiferente. —Mis vacaciones de dos días han terminado. —Ya veo… en horas laborales, es canciller. Ixel sabía insinuar cosas; Aron, sin energía para contradecirlo, siguió el protocolo. Sacó de una maleta una caja con un collar de oro blanco y una esmeralda incrustada. —A partir de ahora, una vez salgas de este camerino, no podrás volver a quitarte este collar. Ixel examinó el collar. Conocía la “correa” que el canciller imponía a sus consortes, y sabía que llevarla era un símbolo de prestigio capaz de abrir incluso las puertas más cerradas. Sostuvo la pieza: metal duro, superficie pulida y la gema verde, todo indicaba dominio. Para Aron, aquel collar era más bien una correa; Loren trataba a sus consortes como perros, y no le interesaba uno que no obedeciera. Ixel era joven, pero astuto… o al menos eso creía Aron. Viendo cómo sus ojos centelleaban ante la joya, se preguntó si realmente sobreviviría al nido. Aron se encogió de hombros. Ya no era su problema. Ixel, como todos los consortes, tuvo la oportunidad de negarse, pero todos se acercaban a Loren como si fuera un dios. —Llegaremos al mediodía. Te harán unos exámenes de virtud y, si todo sale bien, el canciller decidirá si pasarás la noche con él —informó Aron. Ixel lanzó el collar a un lado de la cama, perdiendo todo el encanto que le había producido la joya. —Qué estupidez —dijo ofendido—. ¿Una prueba de virtud? ¿Acaso piensan que vendría aquí si no fuera virgen? —Así son las cosas —replicó Aron, con su habitual desinterés. Ixel, atónito, se permitió una pregunta más: —¿Cómo soportas esto todos los meses? Es como un campo de batalla. Si yo me quejo, supongo que los demás consortes también, ¿no? Todos conocían la fortaleza Van Halow: la entrada de un consorte significaba la salida de otro. Los habitantes del nido eran hienas feroces. —Algún consejo, hermano —dijo Ixel. Aron miró al techo. —Llévate bien con su familia. —¿Con Brian Van Halow? Aron asintió. No solo con la hermana, también con Connor y Myli. —Brian y Myli deciden quién entra y quién sale del nido. Brian rara vez se involucraba en asuntos innecesarios, pero cuando se trataba de su familia, hacía todo por conseguir lo que quería. Myli, en cambio, era aún más complicada. Aron notó la ambición en los ojos de Ixel. Podía anticipar sus próximos movimientos. —Como soy tu hermano, te digo algo: aléjate de Brian, habla solo cuando se te indique y mantén el silencio lo máximo posible. Esa noche, Ixel permaneció despierto, incapaz de dormir. Se sentía inseguro, dudando de su físico y personalidad. La advertencia de su hermano no lo dejaba en paz. Por la mañana, las gaviotas cantaban como un presagio. Ixel no desayunó: debía prepararse para llegar perfecto a Bazari, solo así llamaría la atención del canciller. Cuando salió de la habitación, era otra persona. Incluso Rubí, siempre admirada por su feminidad, sintió una vaga envidia. Ixel resplandecía. Su ropa de gama, traslúcida y de colores suaves, se deslizaba por su piel como una caricia. Pulseras de oro adornaban manos y pies, y su piel crema brillaba bajo el sol. Pero lo que atraía todas las miradas era el collar. Los tripulantes evitaban mirarlo de más: sería un improperio hacia el canciller. Aron, sentado en la popa, miraba más allá del mar, hacia un horizonte infinito. Un ardor se encendió en su pecho; siempre lo sentía cerca del agua. Recordaba las veces en que, en su vida pasada, se sumergía hasta sentir que sus pulmones estallaban. Después, silencio. Su cuerpo flotando, burlándose de su propia supervivencia. Aron tocó su pecho, pesado y ahogado, respirando el aire salado. Estaba vivo; aquel órgano latía con más fuerza que nunca. Este cuerpo fuerte y definido era fruto de su esfuerzo: cada día, cada hora, había eliminado cualquier faceta que recordara al chico anterior. —Aron —llamó alguien. Volteó. —¿Qué haces aquí? La ciudad de Bazari ya se ve desde la proa. Asintió. Pronto escucharía las quejas de todos en Bazari. Aron siempre fue rebelde, y ahora regresaba casado; sin duda, sería una gran noticia. … … … —¿Henry? También te pidieron venir por el chico nuevo —dijo alguien. Henry frunció el ceño: —Es una orden. Si hubiera podido escoger, seguiría en su cama junto a su esposo. —Si tú y Aron están lejos, ¿quién está con el canciller? —No creo que necesite guardia; somos más bien asistentes. —Aron no opina lo mismo. —Aron odia trabajar —respondió Henry con burla. Su sentido de responsabilidad era discutible. —Debería casarse si no quiere trabajar; yo lo reemplazaría con gusto. Henry miró a su alrededor, como si hubiera espías. Al asegurarse de que nadie los escuchaba, se volvió hacia Mali con furia: —Deja de decir idioteces o te meterás en problemas. El barco estaba anclando cuando alguien saltó desde la proa y abrazó a Mali y Henry. —Te escuché decir eso. Aron sostuvo a Mali con firmeza. —¡Vamos, hombre! ¡Es Mali quien inventa cosas! Castígalo a él. Mali, serio, explicó: —Solo digo que el canciller se enojó mucho cuando partiste antes de tiempo a Ahmad. Vine por orden de él; quiere un informe ahora mismo. Aron soltó los hombros: —Iré después de escoltar a… —No. Dijo que era ahora. Aron notó la seriedad de Mali. Daría el informe, pediría perdón si era necesario, pero solo después de cumplir con su deber. —Como sea —resignado—. Tenía asuntos en Ahmad. Tanto Mali como Henry lo miraron confundidos. Aron era la persona más holgazana que conocían; evitaba siempre involucrarse en lo que quitara tiempo de su vida. —¿Qué es tan importante como para desobedecer una orden? —No desobedecí. El canciller nunca dijo que debía esperar autorización de partida. Eso tenía sentido. Aron siempre hacía lo que quería, y el canciller se había enojado cuando partió dos días antes. —En fin… ¿dónde está el consorte? —Ahí —dijo Aron, señalando. Ixel bajó con elegancia, cubierto por una tela de tul blanca, traslúcida, aumentando la incertidumbre entre los presentes. La mayoría eran ciudadanos comunes, ávidos de ver al consorte que daría a luz al próximo regente. —¿Es tu hermano? —preguntó Mali, sorprendido. —No se parecen en nada —consensuó Henry. Aron se encogió de hombros. Estaba acostumbrado a que compararan las diferencias; cuando era joven lo confundían con Ixel. Ahora, con su físico cambiado, escuchaba elogios hacia Ixel por su belleza delicada. Aun así, Aron se sentía satisfecho con su cuerpo firme y entrenado. CONTINUARÁ.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD