No tenía que fingir, no podía engañar y decir que no sabía que esta invitación a su casa, era con pretensiones inocentes, su mirada, la mirada de él, de Fernando, hablaba por sí sola, y debía admitir que me excitaba mucho. Sabía lo que era capaz de ocasionar en mí, y una rápida visión a ese paraíso no haría más daño del que ya había hecho. Si Vanesa, Carolina, o cualquier otra habían visitado su apartamento en el pasado, en este momento eso no era relevante. Éramos él y yo dentro de un ascensor con luz titilante en el techo y números en suspenso escalando que agitaban mis pulsaciones, y le decían a mi corazón, por favor no dejes de latir así, es la plenitud de la sensación de estar viva, la emoción del sentimiento, la calma de los deseos zaceados. Y si lo que iba a pasar tenía que ver co

