Esta vez, fui yo quien abrió los ojos, solo entonces dándome cuenta de lo que dije sin darme cuenta. Sí, Maya no vive conmigo. En cualquiera de estos días se irá y pronto se reanudará toda la añoranza. Pronto sentiré el dolor de volver a despedirme de ella y pronto me acostaré a dormir sin tenerla a mi lado y despertaré sin ver sus manitas frotándose sus ojos hinchados del sueño. Mierda. No sé por qué, por un instante, me dejé creer que sería al revés. —Pero siempre te quedarás en mi casa cuando vengas a Madrid. —Traté de justificar, tal vez sin poder ocultar la decepción al recordar algo que no debería haber sido olvidado—. Eso es lo que quise decir, cariño. —Ah… entiendo… —Bajó la mirada, luciendo avergonzada, pero también incómoda. No quiero interpretar esto de manera incorrecta.

