Sonreí sin darme cuenta de que lo hacía, besando su frente cuando junté mi mano con la suya, entrelazando nuestros dedos. No a propósito, el colgante de mi pulsera se atascó entre nuestras palmas, y luego ambos tuvimos el mundo en nuestras manos. Tal vez fue una simbología presuntuosa o demasiado optimista, pero sentí que ambos lo necesitábamos. Nuestra confianza en nosotros mismos se tambaleó y teníamos miedo de fallar, pero ese pedacito del universo entre nuestras palmas unidas pareció aligerar algo del peso en nuestros corazones. Era más que tener la confianza de que podíamos tener el mundo entero en nuestras manos. Era la certeza de que tal vez no pudiéramos, pero que aún así estaríamos bien y tendríamos la fuerza para intentarlo, porque estábamos juntos. Sin decir nada, mantuve nues

