La perfección hecha mujer era Sofía Miller en ese momento. Su cuerpo se veía exquisito, cómo un dulce provocativo, que no tenía una imperfección en él, además, el vestido que llevaba puesto ayudaba mucho, porque se hacía notar todo de ella, desde sus piernas blancas, hasta sus muslos. La fina tela transparente lo permitía y su busto, eran como dos melones redondos y jugosos que sobresalían sobre el corcel. Caminó con elegancia, haciendo que todos voltearon a verla, entre paparazzis y toda su familia, esa misma que siempre la despreció, la miraba de manera curiosa, nerviosa, y sobre todo sorprendida. —Buenas noches —dijo ella llegando al medio del jardín. Su rostro estaba erguido. Miraba a todos como si fueran cucarachas comparados con ella. Y sus mejillas, eran tan lisas, que muchos duda

