Mi piel blanca y pálida quedó casi al descubierto en sus ojos, sus ojos negros que me detallaron de arriba abajo sin pudor. Su mirada se detuvo en mis senos, y estoy segura de que pudo detallar mis pezones erguidos, ya que su mirada lograba que se erizara. Abrí los labios por la impresión, y me agaché para tomar mi bata de seda, pero la mano de Alejandro me detuvo en seco. Tomó mi delicada mano y la llevó a su abultado m*****o. —Alejandro, por favor, no, estás ebrio y no quiero esto —susurré temblando de miedo. Pero mi miedo no era por él, era por la razón de volver a sentir su cuerpo de nuevo, estando así, totalmente cuerda. —Dime que no quieres Sofía, ¿dime qué de verdad no te mueres por qué te haga mía? —preguntó poniéndose de pie. Su figura imponente me daba escalofríos, su olor a p

