La mansión Gambino apareció en el horizonte, tan imponente como la primera vez que la había visto, solo que ahora, la estructura parecía una cárcel. Una prisión dorada de la que no podría escapar.
El coche se detuvo frente a la entrada principal y Vicenzo bajó primero, extendiendo una mano hacia ella. Greta la miró, sabiendo que ese gesto no era un acto de caballerosidad, sino una orden.
Greta sentía el aire frío de la habitación como si fuera una corriente helada que se deslizaba por su piel desnuda. El vestido de novia había sido retirado con una rapidez cruel por las criadas, como si fuera una prenda insignificante, y ahora estaba sola en la enorme suite nupcial, rodeada de lujo y sombras. El silencio en la habitación era ensordecedor, quebrado solo por el latido acelerado de su corazón.
El espejo frente a ella reflejaba su cuerpo envuelto en un delicado camisón de seda blanca, contrastando con la profunda oscuridad que la envolvía. Sentía que su imagen no le pertenecía, como si aquella joven que miraba con ojos aterrados fuera otra persona, prisionera de una decisión que nunca había sido suya.
La puerta se abrió lentamente.
Vicenzo entró en la habitación con una calma perturbadora. Sus pasos eran seguros, pero pesados, como si el mismo suelo temiera agrietarse bajo su imponente figura. Su rostro, marcado por cicatrices, parecía aún más intimidante bajo la luz tenue. Era la primera vez que Greta lo veía sin la presión social del día de la boda; aquí estaban, solos, esposos por contrato, y el peso de lo que sucedería —o no sucedería— esa noche caía sobre ella.
Él la miró en silencio, deteniéndose en el umbral de la habitación, como si estuviera estudiándola con una precisión fría y calculadora.
—Ve a la cama —ordenó Vicenzo, su voz profunda resonando en las paredes.
Greta sintió que la sangre se le helaba. Su instinto le decía que correr, huir, pero no había adónde. El mismo aire se volvió denso, sofocante. Su cuerpo, paralizado por el miedo, tardó en reaccionar. Finalmente, obedeció. Con pasos temblorosos, caminó hacia la cama, sintiéndose como una presa que camina directo hacia su cazador.
Se sentó al borde del colchón, incapaz de mirarlo a los ojos y con su respiración errática. A pesar del frío, pequeñas gotas de sudor perlaban su frente. Este era el momento que había temido desde que supo que se casaría con él. Desde el instante en que supo que su vida, su cuerpo, ya no le pertenecían.
Vicenzo avanzó lentamente, como si cada paso estuviera calculado para aumentar la tensión en la habitación. Al detenerse frente a ella, se inclinó ligeramente, colocando una mano sobre la columna de la cama. Greta cerró los ojos, esperando el contacto, la invasión de su cuerpo, el cumplimiento de la obligación que se había sellado con el "acepto".
Pero nada de eso llegó.
Vicenzo permaneció en silencio. La presión de su presencia era asfixiante, pero no hizo ningún movimiento hacia ella. Finalmente,
Greta se atrevió a abrir los ojos. Lo encontró observándola, su rostro estaba completamente inexpresivo, sus ojos oscuros y fríos como la noche eran extraños. Y entonces lo dijo.
—No hoy.
Las palabras flotaron en el aire, densas, cargadas de un significado que Greta no pudo descifrar de inmediato. Lo miró, confundida, casi incapaz de procesar lo que acababa de oír. Su mente había estado preparándose para la peor de las noches, para un sufrimiento inevitable… pero Vicenzo había roto el guion que ella esperaba.
—¿Qué… qué significa eso? —preguntó, con un hilo de voz.
Vicenzo esbozó una sonrisa, una mueca que apenas movió el lado sano de su rostro, mientras el otro permanecía inmóvil, endurecido por la cicatriz. Era una sonrisa peligrosa, una que no llevaba ni una pizca de bondad, pero sí un poder absoluto.
—Significa que las cosas sucederán cuando yo lo decida, no cuando tú lo esperes —respondió, con una calma que le heló la sangre—. Creíste que me interesaba la urgencia. Que hoy sería el día en que cumplirías tu parte del trato. Pero no es así. Te equivocas si piensas que tienes algún control.
Greta no supo qué decir. La incertidumbre la consumía. Si Vicenzo la hubiese tomado con brutalidad, ella habría tenido algo a lo que aferrarse, un enemigo tangible al que odiar. Pero esto… esto era mucho peor. El control psicológico que ejercía sobre ella la descolocaba, la dejaba en un estado de vulnerabilidad extrema.
—¿Por qué…? —balbuceó, incapaz de contener la pregunta.
—Porque quiero que recuerdes una cosa —dijo, acercándose a ella, su mano fría rozando la barbilla de Greta mientras la levantaba para que lo mirara a los ojos—. Este matrimonio no es más que un acuerdo. Tú no tienes que amarme, ni siquiera gustarme. Lo único que debes hacer es obedecer. Y lo harás cuando yo lo diga, no cuando tú lo temas.
Greta tragó saliva. La mano de Vicenzo era firme, imponente, y aunque no le hacía daño, el mensaje estaba claro. Él no necesitaba tocarla para controlarla. El verdadero poder lo tenía en la incertidumbre, en dejar que ella se sumiera en la duda, en el miedo constante de no saber cuándo llegaría el momento en que él reclamaría lo que era suyo.
Vicenzo la soltó con la misma frialdad con la que la había tocado, dando un paso atrás. Se desabrochó el primer botón de la camisa, sin dejar de mirarla.
—Duerme —dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Esta noche no necesitas temerme. Solo... mantén presente que lo que te espera puede ser peor de lo que imaginas. Pero no aún.
Con esas palabras, Vicenzo se dio la vuelta, caminando hacia el sofá que estaba en el rincón de la habitación. Se sentó allí, sin mirarla de nuevo, como si todo lo que acababa de pasar fuera trivial, casi una rutina para él. Greta, por su parte, permaneció inmóvil en la cama, el corazón latiendo con fuerza.
La confusión se apoderaba de ella. Sentía el vacío de la noche, pero al mismo tiempo, cada segundo que pasaba se hacía más pesado. Él no la había tocado, pero eso no la tranquilizaba. Vicenzo le había dejado claro que estaba en sus manos, en todos los sentidos. No sabía cuándo, pero sabía que sucedería. Y la espera, la incertidumbre, la mantenía en un estado de alerta constante.
Greta se deslizó bajo las sábanas, sin apartar la mirada del techo. Sabía que él estaba allí, observándola de reojo, controlando cada uno de sus movimientos.