El salón estaba iluminado por una luz mortecina que se reflejaba en los candelabros de cristal. A pesar de la fastuosa decoración y la multitud de invitados, el ambiente en la mansión Gambino era pesado, tenso, sofocante. Era una boda, sí, pero nada en ella reflejaba amor, felicidad o esperanza. Greta se encontraba al pie del altar, sola entre una multitud de rostros desconocidos, y sentía que todo lo que había soñado sobre su vida se desmoronaba frente a sus ojos.
A su lado, Vicenzo Gambino, el hombre que estaba a punto de convertirse en su esposo, la observaba con esa misma frialdad inquebrantable que la había marcado desde su primer encuentro. Su traje n***o parecía absorber la luz, acentuando aún más las sombras de las cicatrices que recorrían la mitad de su rostro. Parecía un fantasma entre los vivos, una bestia disfrazada de hombre.
El notario, ajeno a la tensión entre los novios, recitaba las palabras de la ceremonia con una monotonía que hacía eco del silencio en el corazón de Greta.
—Vicenzo Gambino, ¿aceptas a Greta De Santis como tu legítima esposa, para amarla y honrarla todos los días de tu vida? —preguntó, aunque la pregunta sonaba vacía, casi como una formalidad que ninguno de los presentes tomaba en serio.
Vicenzo, sin apartar la mirada de Greta, respondió con voz grave.
—Acepto.
La palabra salió como un golpe seco, sin emoción, sin duda, solo la afirmación de un hombre que tomaba lo que quería. Greta sintió un nudo en la garganta, pero no dijo nada. No había nada que decir.
El notario se volvió hacia ella.
—Greta De Santis, ¿aceptas a Vicenzo Gambino como tu legítimo esposo, para amarlo y honrarlo todos los días de tu vida?
Por un momento, Greta sintió que el mundo se detenía. Quería gritar, quería huir, pero sus piernas no respondían. El peso de la situación la aplastaba. Su vida, sus sueños, todo lo que alguna vez había deseado se evaporaba frente a ella. Solo podía pensar en una cosa: lo estaba haciendo por su familia, por Luca, por mantener lo poco que les quedaba.
—Acepto —susurró, casi sin voz.
Nadie en la sala pareció notar su vacilación, excepto Vicenzo, cuyos labios se curvaron apenas en una sonrisa de satisfacción. Aquel gesto hizo que su piel se erizara. Él lo sabía. Sabía que ella no lo quería, que lo despreciaba. Pero eso no le importaba. Solo le importaba ganar.
El notario finalizó las últimas palabras de la ceremonia, y cuando Vicenzo tomó la mano de Greta para sellar el matrimonio, su toque fue firme, casi dominante. No hubo ternura, ni palabras dulces. Solo el frío contacto entre dos personas que estaban allí por obligación, por un contrato no verbal que ninguno de los dos había elegido realmente.
—Puedes besar a la novia —anunció, pero el aire se llenó de una incomodidad palpable.
Vicenzo no se movió de inmediato. Estaba mirándola, analizando cada rasgo de su rostro. Sabía que ella lo veía como un monstruo, podía leerlo en su mirada. Con un movimiento brusco y sin delicadeza, se inclinó y posó sus labios sobre los de ella. El beso fue frío, sin alma, una simple formalidad, tan breve como brutal. Cuando se separaron, la incomodidad de Greta era evidente.
Unos aplausos tímidos resonaron en la sala, como si la audiencia misma sintiera que aquello no era una celebración, sino una especie de funeral silencioso.
Greta intentó mantener la compostura mientras se daban vuelta para caminar por el pasillo principal, ahora como marido y mujer.
Su vestido de novia, blanco y radiante, que Vicenzo había comprado por un costoso precio, contrastaba con la oscuridad en la que se sentía atrapada. Las miradas de los invitados eran inquisitivas, algunas incluso compasivas, como si todos supieran que esta boda no era más que un arreglo frío y calculado. Ninguno de esos rostros le era familiar; todos eran socios de negocios, aliados de Vicenzo o personas que se beneficiaban de su poder. Ni su familia había estado presente, ¿Vicenzo no los había invitado?
Al llegar al final del pasillo, Greta sintió que sus piernas temblaban, pero se mantuvo erguida. No le daría la satisfacción de ver cómo la aplastaba por completo.
—Esta noche no es para ti —murmuró Vicenzo en su oído cuando salieron al exterior, donde les esperaba el coche que los llevaría a la mansión—. Es para mí. Recuerda eso.
Ella no respondió, pero su piel se erizó ante sus palabras. Todo en Vicenzo parecía diseñado para intimidar, para aplastar cualquier voluntad ajena. Desde su voz hasta su presencia física.
Cuando finalmente estuvieron solos en la limusina, el silencio entre ellos era tan pesado como en la ceremonia. Greta no podía mirarlo, se sentía prisionera en ese coche, atrapada con un hombre que ni siquiera la veía como una persona, sino como un medio para un fin. El monstruo que había arruinado sus sueños de amor, de una vida libre.
—No me malinterpretes, Greta —dijo Vicenzo de repente, rompiendo el silencio—. No me importa lo que pienses de mí. No me casé contigo para que me ames o me respetes.
—¿Por qué me elegiste entonces? —preguntó, sin poder contener el veneno en su voz.
Él la miró de reojo, su mirada penetrante.
—Porque necesitas salvar a tu familia y yo necesito un heredero. Es simple. Nuestra unión no es por amor, ni por compasión. Es un acuerdo. Cumpliremos con nuestras obligaciones y nada más.
Greta sintió un vacío formarse en su pecho. Siempre había soñado con un matrimonio basado en el amor, en el respeto mutuo. Pero ahora se encontraba aquí, con un hombre que no le daba nada más que frialdad y desdén.
—¿Y si no quiero tener hijos contigo? —desafió Greta, sabiendo que estaba jugando con fuego.
Vicenzo la miró, sus ojos oscuros brillando con una intensidad peligrosa.
—No te daré esa opción —respondió en voz baja, casi en un susurro—. Eres mi esposa ahora. Tu deber es darme un heredero. Y lo harás.
Greta desvió la mirada hacia la ventana, sintiendo una mezcla de impotencia y rabia. No estaba preparada para esta vida. No estaba preparada para ser la esposa de un hombre al que no amaba y que no la amaba a ella. No estaba preparada para ser la esposa de un mafioso.