Vicenzo no respondió de inmediato. El silencio que siguió fue tan intenso que Greta pudo escuchar el leve tamborileo de la lluvia contra las ventanas sucias de la torre. Sabía que él la observaba, que analizaba cada línea de su postura, cada pequeño detalle en su silueta. Buscando una mentira. —Te lo preguntaré una vez más. —Su voz fue un gruñido bajo, controlado, pero peligrosamente cercano al límite de su paciencia—. ¿Dónde está la niña? Greta mantuvo su espalda rígida, con el corazón desbocado. No podía dejar que la viera temblar. —No sé de qué hablas. El aire pareció tensarse aún más. Vicenzo no era un hombre que aceptara evasivas. —Mentirosa. Y entonces, sin previo aviso, sus manos la tomaron por los hombros y la hizo girar con fuerza. Greta ahogó un jadeo, sus dedos se cerrar

