19 | DISTINTAS DIRECCIONES

7059 Words
ERIC Los gritos se escuchan perfectamente y me aturden. Cierro los ojos con fuerza e intento ahuyentar el miedo que me recorre de pies a cabeza. No puedo tener miedo. No puedo tener miedo porque tengo que cuidar de Emma.  Zach está en su habitación, al final del pasillo y no está aquí para protegerla así que tengo que hacerlo yo. Abrazo el pequeño cuerpo de mi hermanita con fuerza pegándola a mi cuando se escucha como un golpe seco hace que las paredes casi retumben. Papá está muy enojado esta noche y mamá siempre nos dice que nos mantengamos alejados cuando llega a casa así de alterado, ella siempre dice que puede controlarlo sola, pero he empezado a dudar de eso. Emma se revuelve entre mis brazos cuando los gritos alterados de nuestro padre nos hace saltar en nuestro lugar. Se aparta de mi de un empujón. A pesar de ser un año menor que yo, definitivamente tiene más fuerza. - Eric... - susurra, sus ojos están llenos de lágrimas. De fondo se escucha otro golpe -, Eric, tenemos que ayudar a mamá. Sus ojos llenos de  lágrimas estaban enojados, profundamente enojados. - No podemos, Emm - negué con la cabeza -. Mamá dice que... - ¡Pero no podemos dejarla sola! - me interrumpe en medio de un grito. Abro la boca para decirle algo, lo que sea pero antes de que pueda hacer nada, lo siguiente que veo es como sale corriendo de la habitación, con rabia y decisión. La sigo, desesperado, ¡no puedo dejarla con él! ¡le prometí a mamá que iba a cuidar de ella, se lo prometí a Zach también! Me apresuro para llegar al pasillo, y entonces todo se reproduce demasiado rápido, pero al mismo tiempo en cámara lenta. Lo último que veo es como mi hermanita, mi pequeña Emma, cae por las escaleras. Papá la empujó.  Me desperté en medio de un grito, aturdido y asustado. El cuerpo me temblaba con fuerza y mi cabello se pegaba a mi rostro por el sudor. El corazón me latía demasiado rápido, tan rápido que pensé que saldría de mi pecho en cualquier momento. Sentí perfectamente como las gotas caían por mi rostro, pero no podía diferenciar si eran mis lágrimas o era el sudor. Me concentré con todas mis fuerzas para dejar de temblar, para dejar de sentir ese miedo paralizante, pero nada funcionaba.  Me concentré a mi alrededor. Val siempre me decía que me fijara en mi entorno y entendiera la realidad para relajarme un poco. Val siempre me calmaba cuando las pesadillas no me dejaban dormir tranquilo por las noches.  Le hice caso a mi chica y me concentré en mi entorno. Pero resultó ser que la realidad era igual de horrible que el sueño.  Sentí como mi corazón empezaba a relajarse, pero mi mente continuaba dando vueltas más rápido de lo que yo podía procesar. La resaca no me ayudaba para nada y definitivamente el escenario a mi alrededor no me hacía sentir para nada mejor. Había ropa tirada por toda la habitación. Ropa de mujer. Bueno, mujeres. Lo poco que recordaba de la noche anterior era haber conocido a dos amigas en la playa, ambas morenas de cabello marrón claro. Ambas divertidas y salvajes, entretenidas.  Enterré la cabeza entre mis manos y entonces escuché como la puerta de la habitación se abría con fuerza. Levanté la cabeza y me encontré con Zach, bastante agitado, con los ojos bien abiertos y la mirada preocupada. Me miró alterado, en busca de una respuesta. Suspiré, cerrando los ojos y negué con la cabeza. No hizo falta que dijera nada más. De todas las personas, Zach era quien entendía más que nadie. Bueno, además de Val. Ella era la que de verdad comprendía, mi hermano, por otro lado, tenía otra forma de ver las cosas, no lo hacía como yo. Pero ella... > Nos miramos unos segundos, en un silencio algo incómodo, pero más que nada doloroso. Él recordaba tanto como yo, de forma diferente, porque no había presenciado lo que yo, pero si entendía. Entendía lo suficiente como para compartir el dolor. Entonces, casi con cuidado, la puerta del baño se abrió lentamente, dejando ver los rostros confundidos y algo preocupados de las chicas de ayer. Una de ellas iba sin sostén, y pareció importarle nada el ver a mi hermano en la habitación también. Ambas iban con el cabello mojado. Nos miraron preocupadas. - Nos estábamos duchando y escuchamos un grito, ¿pasó algo? - la de la izquierda viajaba su mirada entre mi hermano y yo.  Me miraron en busca de una respuesta, pero no fui capaz de decir nada. Por suerte Zach estaba ahí. - Nada que ver aquí, chicas - mi hermano sonrió con encanto -. Creo que es hora de que se vayan. Lo miraron ofendidas, y si hubiera tenido un poco de fuerza en el cuerpo, o en realidad, si hubiera querido disculparme por el escenario lo hubiera hecho. Pero me interesaba una mierda. ¿Por qué seguían allí? La diversión había terminado hace una hora ya, ¿por qué sus jodidos culos seguían en mi habitación? Bufé con frustración, enviando mi cabeza hacia atrás mientras las observaba buscar sus cosas en la habitación. Se estaban vistiendo demasiado lento para mi gusto, pero no tenía ganas de decir nada para que empezaran a gritar como locas por mi falta de modales. Cuando estaban caminando hacia la puerta, caí en la cuenta de algo importante. - Chicas - las llamé, ambas detuvieron el paso y me miraron atentas, algo... ¿esperanzadas? revoleé los ojos -, ¿podrían darme sus celulares? Elevaron las cejas y me observaron alteradas.  - ¿Disculpa? - dijo la más alta. Su acento británico era bastante bonito. Lástima que no combinaba con su cara. ¿Por qué me parecía menos atractiva? Quizás por la luz del día. - Es solo por precaución. - respondí simple, dedicándoles una sonrisa falsa y petulante al mismo tiempo que extendía la mano en su dirección. - ¿Quién demonios crees que eres? - definitivamente ella era la que tenía carácter, pues su amiga solamente bajó la mirada, avergonzada y en busca de su celular. - Soy el jodido Eric Brennett, cariño. ¿Por qué mierda actuaban como si no me conocieran? literalmente se acercaron a mí preguntando si yo era el boxeador Eric "Bestia" Brennett. Además, con el asunto de Angelie, tenía que ser más precavido. La que tenía carácter detuvo la mano de su amiga cuando se extendió para entregarme el celular, mientras me miraba con odio. Bufé, revoleando los ojos. - ¿Por qué no eres buena como tu amiga y simplemente haces las cosas más sencillas, Glinda? - solté, con exasperado, y al parecer mi oración simplemente la alteró más. - ¡Mi nombre es Linda, imbécil! - gritó, alterada. Le sonreí. - Como si me importara un carajo. Insultándome muy estrepitosamente, la tal Linda le agarró la mano a su amiga y ambas salieron de la habitación de forma apuradas. No me moví porque pensé que Zach las detendría en la puerta, pero no lo hizo: simplemente se movió a un costado y las dejó pasar sin más. Lo miré con impaciencia. - ¿Por qué dejaste que se fueran? - le pregunté con mal tono. Zach suspiró. - No creo que quieran publicar una foto contigo después de que confundiste su nombre con el de una señora de ochenta años. Casi me hizo reír con su comentario. Pero no podía encontrar fuerzas en mi cuerpo para hacer o decir nada más. Casi ya había gastado toda mi energía y recién estaba despertando. Obviamente que dormir mal tampoco me ayudaba para nada. Zach no dijo nada más y simplemente se sentó en un sillón que estaba en la esquina del cuarto. Lo miré un segundo, él también me observó a mí. Suspiró y cerró los ojos, descansando su cabeza sobre la palma de su mano. Le agradecí el silencio y simplemente lo aproveché para acostarme de nuevo. Cerré los ojos por un segundo, pero eso fue suficiente para no querer volver a hacerlo. El rostro de Emma se aparecía una y otra vez. El suelo de mármol manchado de sangre se mezclaba con su rostro angelical. Ella era, sin dudas, la más linda de los tres.  Llevaba tiempo sin soñar con ella. Aunque siempre era el mismo torturoso recuerdo. Emma no se aparecía en mis sueños como un ángel vestido de blanco con alas brillosas. No soñaba con ella en un pequeño prado, corriendo de aquí para allá. No la escuchaba hablarme. Simplemente la veía temblando, con los ojos llorosos, corriendo hacia nuestro padre para defender a mamá. La veía caer por las escaleras. La veía morir una y otra vez.  Val siempre me ayudaba. Ella siempre estaba a mi lado cuando me despertaba alterado por las pesadillas, aunque usualmente si dormía con ella casi no las tenía, lo cual significaba que hacía demasiado tiempo que había dejado de no conciliar el sueño. De vez en cuando los recuerdos me atacaban, pero ella estaba ahí. Me daba la mano, me acariciaba el rostro, me hablaba hasta que me quedaba dormido, me abrazaba con fuerza o me dejaba a mí abrazarla a ella. Todo era mejor a su lado.  Emma la hubiera amado. Val hubiera amado a Emma también. Pero el escenario de esa mañana me había golpeado con fuerza, con más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir. Esa mañana mi chica no estuvo a mi lado. "Mi chica", que definitivamente no era más mía. Había dejado de serlo hace tiempo, pero fui tan estúpido que no me di cuenta de ello. Esa mañana no vi sus ojos verdes, ni sentí su pequeña mano acariciando mi cara, ni me abracé a su pequeña cintura para volver a dormir. Esa mañana me desperté con dos chicas en mi habitación, sintiéndome más solo que nunca. Porque estaba solo. Todo el tiempo. Creí que la presencia de Zach me haría sentir un poco mejor pero, como siempre, me equivoqué.  Estaba solo todo el maldito tiempo, y definitivamente no estaba acostumbrado al silencio, ni a lo ruidosa que podía llegar a ser mi mente. Me encontraba con chicas que me gustaran lo suficiente, me acostaba con ellas y me sentía solo. Me las follaba sintiéndome un jodido hijo de puta. Disfrutaba lo suficiente pero era un placer que ni siquiera terminaba de disfrutar jamás. Me despertaba al otro día, rodeado de ropa y mujeres que no conocía y me volvía a sentir solo. Los minutos de la noche anterior no duraban para siempre. Las chicas se iban, yo no toleraba el vacío que sentía en el pecho y entonces empezaba a beber, y cuando terminaba las botellas me daba cuenta que estaba tan vacía como ellas. Salía de la habitación forzando a mis piernas a moverse, compraba unos porros que me alcanzaran para el día, los fumaba, conocía chicas nuevas y ya estaba lo suficientemente confundido para que no me importase y luego me acostaba con ellas. Me volvía a despertar al otro día, sintiéndome incluso más solo que la noche anterior y luego repetía mi rutina, otra vez. Un círculo interminable donde a lo que me sujetaba para sobrevivir era estar lo suficientemente aturdido como para no recordarla.  Pero eventualmente la recordaba. Cada día con más frecuencia, cada día era todo más vívido. Cuando me despertaba a veces la veía a mi lado y sentía el olor a su cuerpo. Tenían que pasar minutos y yo tenía que concentrarme para volver a la realidad y vivir en el mundo en el que ella me dejó. Me sentía mal, la extrañaba, la odiaba, la volvía a extrañar, lloraba un poco mientras me bañaba y después chocaba mi cabeza contra la pared tres veces para concentrarme en otra cosa. Me estaba volviendo loco. Y ni siquiera había pasado tanto tiempo desde que ella me abandonó. Se dio cuenta de la persona que era, de lo mierda que era, de que jamás merecería un corazón como el suyo. Ni siquiera me entraba en la cabeza de que alguna vez existió un nosotros, no tenía sentido. ¿En qué mundo un corazón como el suyo amaría un corazón como el mío? Definitivamente en ese no, y por eso me había dejado. Me dejó porque era un alcohólico drogadicto que había dejado morir a su hermana pequeña. Me dejó porque me estaba convirtiendo en mi padre. Me dejó como Emma lo hizo cuando decidió salir corriendo de la habitación, algo que debía haber hecho yo y no ella. Me dejó como mamá dejó a mi papá. Como mi mamá abandonó a Zach. Como mi mamá me abandonó a mí. Yo estaba destinado a que todas las personas que más amaba en la tierra me dejaran.  Sentí como las lágrimas se acumulaban en mis ojos ante el pensamiento. - ¿Zach? - dije, luego de unos minutos. Él abrió los ojos lentamente y los posó en mí, atento -... ¿por qué crees que mamá se fue? La pregunta sin duda lo tomó desprevenido. Jamás habíamos hablado de eso antes. Ninguno de los dos tenía el valor suficiente como para afrontar el tema en voz alta. Zach suspiró pesadamente, mientras acomodaba sus ideas para contestar. - Ella se fue porque no podía tolerar más los abusos de papá - contestó entonces, pude notar el dolor en su voz -. Estuvo bien en hacerlo - hablaba más para sí mismo. Bajó la mirada -. Tampoco podía vivir en una casa donde... bueno, donde Emma ya no estuviera. - ¿Pero por qué nos dejó a nosotros también? - mi tono ofendido no se hizo esperar. Zach me miró con el ceño fruncido y los ojos confundidos. - Emma ya no estaba pero nosotros sí.  - Ella tenía que irse, Eric. No podía seguir viviendo así. - ¿Pero qué pasa con nosotros, eh? - me enderecé, sintiendo de repente como el enojo me aturdía -. Ella podía haber dejado solo a papá, ¡no tenía porque dejarnos a nosotros también! - Ella habló con nosotros antes de irse, Eric, tú sabes que... - Sí, lo sé, mierda, lo sé - respiré profundamente, intentando calmarme -. Entendí que ella necesitaba un tiempo sola. Entendí que si nos dejaba solos con él era porque pensaba que nos podía dar un mejor futuro, que ella no tenía dinero... ¡Entendí todo a la perfección! - solté una carcajada, que confundió a mi hermano -. Lo que no me entra en la cabeza, Zach, es porqué nunca volvió por nosotros. - Ella no podía tenernos a los dos, Eric. Tu viste donde vivía - negando con la cabeza, Zach enterró su cara entre las manos -. No entrábamos en la cocina, Eric. Ella nos quería pero hay veces en las que... - En las que nada, Zach. En las que una mierda - pasé las manos por mi cabeza, exasperado, enviando mi cabello hacia atrás con frustración -. A mi nunca me hubiera molestado vivir en esa pequeña casa, ni compartir habitación, ni tener que trabajar mientras estudiaba... Pero ella nunca nos preguntó.  - Ella nos ama, Eric. Lo miré, enojado. ¿Cómo se atrevía a escupir esa mierda en ese momento?  - ¿Nos ama? - carcajeé, de verdad entretenido -. ¿Te conté que ni siquiera contestó la invitación de mi boda? ¡Mi jodido casamiento, Zach! ¡y ella ni siquiera pudo escribir un puto e-mail para rechazar la invitación! Simplemente decidió no aparecer. - Tiene muchos problemas, Eric - me miró, sus ojos estaban rojos -. Sabes que no pudo recuperarse luego de perder a Emma. No la tiene fácil. - ¿Y nosotros sí? - grité -, ¿a caso nosotros no perdimos a Emma también? - De verdad no quiero hablar de esto, Eric... - suspiró pesadamente. - Pues en algún puto momento teníamos que hablar de esto - negué con la cabeza, en medio de una risa. No podía creerlo -. Se supone que tú eres el mayor y te estás comportando como un maldito niño. Al parecer eso fue suficiente para él. Vi como la furia inundaba sus facciones y me exalté un poco cuando se puso de pie rápidamente de forma alterada. El rostro de Zach estaba rojo de la furia. Sus ojos me miraban enojados. - ¿Yo estoy actuando como un niño? ¿yo? - rio sin gracia -. El que no puede pasar un puto día sobrio eres tú, el que se acuesta con una diferente todas las noches eres tú, el que dice que no sabe respirar sin Val eres tú, ¿y yo soy el que actúa como un niño? - tragué saliva, con esfuerzo -. Déjame decirte, hermanito, que yo he aprendido a lidiar con todo lo que sucedió solo, tú tampoco estuviste ahí para ayudarme. Yo he salido adelante jodidamente solo, ¿Y tú? - me apuntó con su dedo índice. Me sentí encogerme bajo su mirada -, tú tienes que refugiarte en alcohol, en las drogas y en chicas para no sentirte malditamente vacío. Así que no me digas como lidiar con las cosas, Eric. No te atrevas a darme un consejo de vida, no cuando tú perdiste el sentido de la tuya hace rato. Y sin decir más, me dio la espalda y salió de la habitación. Dejándome sin la posibilidad de decir nada en mi defensa o de levantarme para romperle la cara de un golpe.  No me pude contener y lo siguiente que supe fue que me inclinaba hacia la mesa de noche a un costado de la cama, tomé el teléfono entre mis manos y lo estrellé contra la puerta con fuerza. Con la respiración agitada vi como los pedazos caían uno por uno al piso de la habitación del hotel.  > VAL Suspiro mirando hacia la escalera mecánica del aeropuerto. Mi papá me aprieta los hombros cariñosamente, el gesto me conmueve más de la cuenta y cuando me doy vuelta para abrazarlo. Sus fuertes brazos me rodean con fuerza y dejo escapar dos lágrimas que se derraman lentamente por mis mejillas. El aroma de mi padre me tranquiliza y me recuerda a casa.  - ¿Estás segura de que no quieres quedarte un tiempo más? - me preguntó, con su barbilla en mi cabeza -. Solo has estado en casa tres semanas, Val. Podrías quedarte más tiempo. - Tengo que volver a Nueva York, pa - respondo, apartando mis brazos de él -. Las vacaciones de verano empezarán pronto y no quiero seguir faltando a mis clases. - Pero estás al día con todo, Val... Puedes darte un respiro, ¿no te parece? Sus ojos me rogaban que me quedara con él en casa, pero yo sabía perfectamente que quedarme un día más en California significaría jamás poder volver a salir de allí. Además, necesitaba un lugar nuevo, un lugar que estuviera libre de recuerdos con Eric. En casa, todas las habitaciones, las paredes, cada pequeño lugar, me recordaba a algún momento que tuve con él. Ya era insoportable. - Tengo que irme - sentencié con voz suave en medio de un suspiro. Papá asintió lentamente. - Ya deja el llanto, anciano - Matt intervino, palmeando la espalda de papá y apartándolo de mi para darme un abrazo de despedida -. Me alegra que decidas volver y formar una vida, para variar - me rio ante su comentario y él me mira orgulloso, de verdad orgulloso -. Me avisas cuando llegas, ¿si? - asentí -. Te quiero, hermanita. - Oh, no vayas a hacerme vomitar Matthew - revoleó los ojos ante mi comentario pero luego rio -. Yo también te quiero, y gracias. Dale un abrazo a Less de mi parte. - Lo haré. Me despedí de mis amigas hace unas horas, antes de salir de casa. Lo cierto era que no quería que ninguna me acompañara al aeropuerto porque sentía que no podría irme si las veía llorar. Además de que la primera vez que tuve que irme hacia Nueva York fue lo suficientemente difícil, así que no me imaginaba como sería la segunda. Pensé que era mucho mejor evitarlo por completo. Me giré, sintiendo el corazón pesado dentro de mi pecho cuando me encontré con sus ojos verdes mirándome de forma triste. Era difícil dejar a mi hermano y a mi padre atrás, pero por alguna razón me pesaba un poco más dejar a Gregg. Ni siquiera me había ido y ya lo extrañaba horrores. Con un suspiro se acercó a mí y colocó sus manos en mis hombros, mirándome triste. No pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas, eso le hizo fruncir el ceño. - Hey, hey, nada de llorar, ¿si? - me consoló con una pequeña sonrisa -. Estaré en Nueva York antes de que te des cuenta, ¿okey?  - Dos semanas se pasarán rápido - dije, más que nada para consolarme a mí. Gregg sonrió y mientras asentía soltó un suspiro. Me abrazó con fuerza. No dudé en rodearle la cintura con mis brazos. - Solo espera por mi - me dijo en un susurro, mi corazón latió rápido dentro de mi pecho -. Estaré ahí antes de que te des cuenta. Así como a mi me costaba irme, a Gregg no le gustaba nada la idea de dejarme ir sola. Estuvo bastante preocupado toda la semana desde que le dije que planeaba volver a Nueva York. Sus excusas eran que: no tenía donde vivir, no tenía trabajo estable y prácticamente iba a estar sola en una ciudad demasiado grande. Le daba crédito por eso, ya que tenía razón. A pesar de que intenté decirle que todo estaría bien, que me podría cuidar muy bien sola, él no consiguió tranquilizarse hasta que le dije que podía ir conmigo y ayudarme a encontrar un departamento y también un trabajo que aunque sea me permitiera pagar la renta. Eso lo relajó rápidamente. Pero, él tenía su vida en California, y no podía simplemente irse porque si. Tenía ciertos asuntos de la universidad que arreglar y entonces se reuniría conmigo en la ciudad. Así que pasaría unos cuatro o cinco días sola, lo cual tampoco me vendría nada mal. Necesitaba tiempo para mí. Apreciaba el apoyo que todos me estaban dando, pero necesitaba un poco de tiempo para procesar todo por mi cuenta, necesitaba estar solo conmigo y mis pensamientos.  Mientras tanto, lo único que tenía espacio en mi cabeza era el hecho de que tendría que ir a parar a un hotel hasta que encuentre un lugar fijo. Por suerte, por muchísima suerte, aún tenía bastante dinero en mi cuenta de banco de la universidad, donde papá todos los meses me depositaba una mensualidad, que no era para tanto pero era algo. A Eric siempre le gustó hacerse cargo de todos los gastos, así que muy pocas veces tuve que disponer de ese dinero.  Suspiré dejando caer mis brazos de la cintura de Gregg, alejándome de él y sonriéndole a todos.  - Llamaré cuando el vuelo aterrice - dije, mientras tomaba mi valija y empezaba a caminar de espaldas -. Adiós. - Cuídate mucho, por favor. - insistió papá y tuve que darme vuelta inmediatamente en el minuto en que sus ojos se pusieron llorosos. No miré hacia atrás mientras subía por las escaleras mecánicas, eso simplemente haría las cosas más difíciles y nunca fui muy fanática de las despedidas tristes y dramáticas. Suficiente drama ya tenía mi vida en general como para querer aportarle cada vez más de mi parte. Luego de dejar mis valijas y pagar el extra - que era algo que estaba esperando pues me llevaba todo conmigo de nuevo -, mientras caminaba en la fila para abordar, me sentía algo liviana, lo cual fue un alivio. Todos esos días me los pasé sintiendo mi cuerpo pesar un millón de toneladas, como cada movimiento era un poco más difícil que el anterior... pero en ese momento había algo diferente, algo había cambiado, al fin para bien.  Estaba volviendo a Nueva York, donde él vivía y trabajaba, pero estaba volviendo por mi cuenta, sin él. Todas las veces que tomaba el avión de vuelta hacia allí lo hacía junto con él. Esa vez era diferente pero de una forma difícil de explicar. Estaba sola y me sentía, extañamante, muy tranquila y relajada. A pesar de que no sabía donde mierda iba a vivir, o si conseguiría un trabajo, estaba tranquila. Me sentía algo así como... libre. Sin pesos sobre mis hombros además de los míos. Era raro. Pero reconfortante. Era casi como intentar encontrarme a mí misma de nuevo, y el viaje empezaba en ese instante. Mientras caminaba en la cabina y en busca de mi asiento, tuve que aguantarme el revolear los ojos por el llanto escandaloso de un niño al lado de su madre. La pobre se veía desesperada, como si estuviera a punto de largarse a llorar junto con él. Odiaba a los niños llorones más que a nada. ¿A caso los padres no podían sedarlos? ¿o eso era ilegal?  Agitando mi cabeza y mis hombros, caminé un poco más, por suerte mi asiento era uno de los de las últimas filas, lejos del bebé llorón. Sonreí al encontrar mi lugar correspondido G-11, del lado de la ventanilla, por suerte. Recé internamente para que, en un milagro de Dios, me tocara sentarme sola... pero esas esperanzas desaparecieron cuando vi que un hombre colocaba su mochila en el bin. Involuntariamente solté un suspiro que sonó más como un quejido, y para más mala suerte, el hombre delante de mí me miró con una ceja enarcada.  - ¿Este es tu asiento? - me preguntó un poco de mala manera, elevando las cejas y volviendo a mirar el boleto en su mano. Lo observé un instante. Su rostro me parecía conocido. - El de al lado de la ventana. - respondí. Me sonrió a penas, se notaba que estaba tan irritado como yo. - Bueno, pues... - se movió a un lado -, adelante. Murmuré un "gracias" y ocupé mi lugar. Imploré al universo que él ocupara el asiento del pasillo y no el del medio. Por primera vez, el mundo se apiadó de mí y contuve un suspiro de alivio cuando lo vi sentarse del lado del pasillo. Él estaba de mal humor, se le notaba por la forma en la que se tiró en su asiento y se abrochó el cinturón.  >. - De nada, por cierto.  Su voz me sorprendió, más que nada su tono un poco rabioso y sarcástico. Elevé la ceja, mirándolo un segundo... su rostro me parecía demasiado conocido. Él miraba hacia el frente, con los labios apretados.  Estuve a punto de enviarlo a la mierda, pero me contuve. Nada arruinaría mi buen humor, así que apreté las manos a mis costados. - Te di las gracias - contesté, simple, volviendo a mirar hacia el frente -, solamente no escuchaste. - Si, por supuesto. - Sí, lo hice - me defendí, volviendo a mirarlo -. No es mi culpa que seas sordo. Y... mis intenciones de mantener la paz se habían ido al carajo.  Entonces el tipo me miró, sus ojos celestes contrastaban con sus cejas negras y pobladas, con sus pestañas larguísimas y su cabello muy oscuro. Me miró enarcando una ceja y sonrió de forma falsa. - Y no es mi culpa que tú no tengas modales.  - ¿Modales? - no pude evitar reír irónicamente -. Solo me dejaste pasar primero para ocupar mi asiento, no mataste a un dragón por mi.  - Claro, como sea... - bufó, apartando sus ojos de mí y cerrando los ojos con fuerza un instante, visiblemente irritado. Me volví hacia la ventanilla, colocando mi barbilla sobre mi mano mientras soltaba un quejido, y entonces él volvió a hablar -. Loca... - susurró, bastante bajo, seguramente con la intención de que no lo escuchara. Pero definitivamente lo hice. - ¿Cómo acabas de llamarme? - salté, encarandolo ahora sí dispuesta a saltarle a la yugular. ¿Quién se creía que era para hablarme de esa forma? Pensé que se haría el desentendido, pero su reacción me sorprendió: se volvió hacia mí de manera decidida y con una sonrisa falsa pintada en su rostro. Me miró a los ojos y habló claramente. - Acabo de llamarte loca - dijo y luego sonrió, mostrando su dentadura perfecta -. Loca -  repitió de nuevo, con la voz firme y mirándome fijamente. - Pues tú eres un imbécil malhumorado - me enderecé en mi lugar, él me observaba entretenido y eso me ponía más nerviosa -. De hecho, por qué no le haces un favor a la tripulación y te tiras del maldito avión. Soltó una pequeña carcajada. - ¿Tripulación? - enarcó una ceja, su mirada era petulante -, ¿cuánto tienes? ¿setenta? Estuve a punto de escupirle las cuarenta, y seguramente golpearle la cabeza contra el asiento de enfrente, pero una voz me interrumpió por los altavoces. - Buenas noches, pasajeros, les pido por favor que tomen sus asientos y abrochen sus cinturones...  Mi cerebro se desconectó del típico discurso del asistente de vuelo y me concentré en la risita de superioridad del idiota a mi lado. Para mi gran mala suerte, de nuevo, nadie había ocupado el asiento del medio, por lo que éramos solo él y yo por siete horas de vuelo... genial. Me invadieron las ganas de volver a echarle una mirada de nuevo. Su rostro se me hacía demasiado familiar, sabía que alguna vez lo había visto, más que nada porque no creía que una persona como él se me pasara por alto. El muy maldito era atractivo, con sus ojos celestes casi grises, su cabello oscuro y sus facciones hegemonicas seguramente lo hacían resaltar de entre el montón. Lo conocía de algún lado, estaba segura, pero no podía conectar los cables de mi cerebro para recordarlo, y no me quedaría tranquila hasta poder hacerlo. Mientras el avión despegaba, de la forma más disimulada que pude desvié un poco mis ojos hacia él. Estaba mirando fijamente hacia el frente, parecía distraído.  Incluso aunque no quise no pude evitar admirarlo. Su nariz era recta, un poco grande pero combinaba con todo él en general. Por el largo de sus piernas me di cuenta que era extremadamente alto, y recordando minutos atrás cuando lo vi de pie, también pude notar que era alguien que iba al gimnasio con frecuencia, ya que estaba en forma. Sus pómulos sobresalían y su mandíbula era recta. Joder, sus pestañas eran demasiado largas para ser de ese mundo.  Definitivamente a nadie se le pasaría por alto un rostro como el de él. Aparte los ojos antes de que él se pudiera dar cuenta de que lo estaba mirando. A pesar de que había viajado en avión muchísimas veces, jamás me acostumbraba al despegue. Me puse dura en mi lugar y me agarré del asiento con fuerza, clavando mis uñas en el tapizado. El avión comenzó a temblar... no literalmente, pero así se sentía para mí. Cerré los ojos con fuerza y me imaginé a salvo en un auto, en el suelo, con tierra firme y estable. Entonces, como una puñalada en el corazón, mi mente me jugó una mala pasada y recordé todas las veces que me subí a un avión con Eric. Él solía reírse de mi miedo, me molestaba con eso y hacía chistes de mal gusto diciendo que seguramente uno de los motores podría explotar y nosotros moriríamos cuando el avión se estrellase contra el piso. A pesar de que eran bromas que me alteraban, al final siempre me hacían reír. Él me distraía con las bromas, o tomándome la mano o dándome besos en todo el rostro... siempre encontraba una forma de que el despegue se me pasara por alto.  Pero ahora... ahora él ya no estaba ahí para relajarme, lo que hacía todo el proceso de despegar incluso más largo y torturoso. Aunque supe que no debía hacerlo, intenté imaginármelo a mí lado, dándome la mano y riéndose de mi ataque de pánico. Intenté recordar su voz y sus chistes horrorosos. Intenté reírme de la misma forma en que me reía estando a su lado, pero luego de unos cuantos intentos de hacerlo me rendí. Era en vano, tenía que acostumbrarme tarde o temprano a que él ya no estaba, y que seguramente todos los próximos vuelos a los que me subiría, él tampoco estaría ahí. Suspiré relajada y con tranquilidad cuando miré por la ventanilla y me di cuenta de que el avión ya estaba volando de forma estable. - Veo que sigues teniendo el mismo carácter. La voz divertida del imbécil me tomó por sorpresa. Lo miré confundida, sus ojos entretenidos  y su sonrisa divertidísima me hicieron fruncir el ceño más profundamente. - ¿Disculpa? - contesté, aprovechando que él me estaba mirando también para analizar su rostro. - Oh, vamos - dijo, con sorna -, no puede ser que no me recuerdes - se rio, esperando que dijera algo, pero sinceramente estaba en blanco -. ¿Valerie, no? Okey, ¿y él cómo mierda conocía mi nombre? - Val - le corregí -. ¿Y tú eres? - Jacob - contestó con una sonrisa divertida. ¿Y ahora estaba de buen humor? Extendió la mano para saludarme pero no le devolví el gesto, lo que le hizo apartar el brazo lentamente en medio de un risa. Lo miré, aún sin reconocerlo -. Jacob Wostern - aclaró, como si eso ayudara a mi memoria. Cuando seguí mirándolo sin decir nada, suspiró poniendo los ojos en blanco -. ¿El que no tiene pelotas para subirse a un ring pero si para criticar a los que lo hacen? - enarcó una ceja. Y entonces una luz se encendió en mi cerebro, y todas las veces que había visto su rostro antes volvieron a mi cerebro.  Por supuesto que lo conocía. Él era el comentarista deportivo que tenía un programa en televisión, el mismo que parecía odiar a Eric y criticar su forma de pelear todo el tiempo. El mismo con el que me crucé en el elevador la noche en que Eric me dejó plantada con la cena en el departamento. Claro que lo conocía, y recordaba perfectamente porqué me caía mal. - Claro, sí. Sé quién eres... - sonreí, tensa, con los labios apretados. Ahora definitivamente todo era más incómodo que antes. Simplemente esperaba a que se quedara callado para poder hacer las cosas mas sencillas. - Veo que sigues igual de gritona que esa noche que nos encontramos en el elevador. Por supuesto que no iba a quedarse callado. Suspiré pesadamente y me giré de nuevo hacia él, quien me miraba sonriente como un ángel, entretenido. - Que conveniente que solo recuerdes esa parte de la historia. - ¿Cuál otra debería recordar? - enarcó una ceja, se veía que estaba disfrutando la situación. Yo simplemente me iba a poniendo cada vez más nerviosa. - Por ejemplo la parte donde coqueteabas conmigo.- solté, en medio de una sonrisa. Él soltó una pequeña carcajada y me miró sin poder creerlo. - Yo no coqueteé contigo. - se defendió. - Sí lo hiciste. - Eso no fue coquetear. - A mí me pareció que sí. - lo pinché, sonriendo de forma engreída. - Si eso te pareció coqueteo entonces asumo que jamás coquetearon contigo, ¿no? - y su sonrisa creída y la forma en que enarcó su ceja me hicieron borrar la mía. Él volvió a reírse, visiblemente de buen humor y giró su cuerpo completamente hacia mí. Me crucé de brazos -. En fin, a lo que iba: lamento como te traté al principio. No tuve un buen día y estaba de malhumor. - Créeme: me di cuenta - sonreí con los labios apretados y entonces noté que mi tono fue algo tosco.  Llené de aire mis pulmones e intenté relajarme, al fin y al cabo el tipo estaba disculpándose por su actitud anterior. Claro que eso no quitaba el hecho de que era un idiota que criticaba cada pelea de Eric y juraba que él y su forma de pelear estaban demasiado sobrevaloradas... pero eso ya no me incumbía. Ya no debía preocuparme por defender a Eric de nadie, ya no tenía porqué meterme en esos asuntos y saltar como una leona en su defensa todo el tiempo.  Claro que eso no quitaba el hecho de que cierta parte de mi detestaba sentir ese inmediato rechazo por aquel hombre.  - Yo también lamento lo que dije. - solté al final, un poco entre dientes, haciéndolo reír de nuevo. - Eso lo dudo - encogió sus hombros y suspiró, acomodándose en su lugar -. Y ¿cómo están las cosas con tu novio? - su tono no era malicioso, más bien parecía interesado y en busca de un tema de conversación.  Igualmente fruncí el ceño. No me creía que él ya no estuviera enterado de todo lo que sucedió y de que claramente Eric y yo ya no estábamos juntos. Dudaba de que no hubiera visto todos los encabezados en las revistas online o en la televisión incluso, al fin y al cabo el formaba parte de ese mundo. Me contuve, para no armar otra escena. No quería empezar una pelea justamente con la persona con la que tenía que pasar siete horas de vuelo y en los mismos asientos. - ¿Por qué? ¿Quieres tener una noticia exclusiva para tu programa o algo? - enarqué una ceja poniéndome en guardia. Él pasó la lengua por sus labios y envió su cabello hacia atrás con su mano. - En mi programa hablo de noticias deportivas, no de relaciones amorosas de los deportistas que critico - negó con la cabeza, en medio de una sonrisa. Me acomodé mejor en mi lugar, intentando acomodar mis ideas. Lo observé un segundo, intentando decidir qué decir y qué no. En ese momento, parecía alguien agradable. - Bueno pues... - rasqué mi nuca -, tampoco existe ninguna relación amorosa de la que comentar - me miró sorprendido, ladeé la cabeza -, porque pues es mi exnovio.  Y entonces, ante mis palabras, pareció recordar algo. Su mirada se iluminó y envió la cabeza hacia atrás un segundo, golpeando la frente con la palma de su mano. Me miró apenado. - Joder, lo siento - dijo -. Se me había olvidado todo el asunto de "la novia fugitiva" - hizo comillas en el aire con sus dedos y soltó una pequeña risita. Lo miré atenta, con mis cejas enarcadas, sorprendida ante sus palabras, él pareció darse cuenta de nuevo -. Joder, lo siento, Valerie. De nuevo. - No pasa nada - encogí mis hombros -. Supongo que era obvio que me conocieran de esa forma - reí ante mi propio chiste interno y él pareció destensar los hombros -. Y dime Val. - Está bien - extendió su mano -. Llámame Jake - estreché su mano y no pude evitar sonreír ampliamente al ver la gran sonrisa sincera que me estaba dedicando -. Así que... decidiste volver a la gran ciudad. - Supongo. - encogí mis hombros y en medio de un suspiro desabroché mi cinturón. Él me miró curioso ante el hecho de que aún lo tenía abrochado -. Miedo a los aviones. - aclaré, haciéndolo reír. -  Sí, me di cuenta cuando estábamos despegando. Se veía como que necesitabas una mano pero pensé que si te decía algo probablemente me tirarías un zapato a la cabeza - me reí ante su comentario. Sus ojos eran demasiado claros, y cuando sonreía se le achinaban. Pasaron unos minutos antes de que volviera a decir algo-. Entonces, Val... ¿Por qué decidiste irte de Nueva York y luego dejar California para volver, de nuevo, a Nueva York? Ladeé la cabeza, pensando. - Bueno... tengo que volver porque allí voy a la Universidad, y no puedo dejar los estudios.  - Claro, pero ¿por qué decidiste irte en primer lugar? Entendí la intención detrás de esa pregunta de claro doble sentido. No solo quería saber porqué decidí irme de Nueva York en primer lugar, sino porqué decidí salir corriendo de mi casamiento y dejar a mi novio plantado en el altar. No me molestó, aunque debía de haberlo hecho. Entendía la curiosidad que tenía todo el mundo por saber cuál había sido la fuente de mis decisiones con respecto a dejarlo e irme. El problema es que no hubo solo una fuente causante de ello. Fueron demasiadas.  Además, Jacob formaba parte de la farándula en general. Era comentarista y reportero, y deportivo o no, no quitaba la parte que indagar y querer sacar la verdad de todo el mundo estaba en su sistema. - Bueno... - dudé -, esa es una historia más larga y complicada. - Pues que bueno que tenemos siete horas de vuelo por delante - bromeó. Me reí apenas y me revolví incómoda en mi lugar. Al parecer eso no le pasó por alto y su expresión cambió de un momento a otro -. Mierda... estoy siendo entrometido, ¿verdad? - me miró apenado. - Así es. - asentí, sonriéndole. Él pasó una mano por su cabello de nuevo. - Está bien - encogió sus hombros -, supongo que eventualmente me enteraré - lo miré sorprendida. - ¿Ah, si? - Claro, me lo puedes contar cuando estemos tomando el desayuno luego de aterrizar en Nueva York. Su sonrisa de costado era seductora, sus ojos y, bueno, su rostro en general eran demasiado atractivos como para poder negarte a sus encantos. Pero, incluso aunque quisiera, no podía. No estaba en un lugar donde poder salir a una cita... o a lo que sea que me estaba invitando. - Mira, Jacob - llené de aire mis pulmones -, en este momento no estoy como para... - Oh, no, Valerie, no me digas que estás malinterpretando mis intenciones de nuevo. - me interrumpió con tono divertido y entrecerrando los ojos. No pude evitar ponerme roja de pies a cabeza. - Entonces, ¿no estabas coqueteando? - sentía mi rostro rojo pero no me importaba demasiado, las luces en el avión habían bajado un poco. Jacob chasqueó la lengua. - Oh, por supuesto que lo estaba haciendo - bufó, agitando la mano y restándole importancia -. Pero siempre puedo actuar como que no, si te parece bien. - Jacob... - empecé a decir, y él volvió a interrumpirme. - Oh, vamos... es solo un desayuno - entrecerró los ojos, con expresión divertida -. ¿Yo invito? - no respondí y suspiró pesadamente -. Oh, vamos, Valerie... Un desayuno no daña a nadie, y conozco un lugar increíble. Lo pensé un segundo, diciéndome que no podía aceptar la invitación incluso aunque no significara nada. No podía salir a desayunar con el comentarista que criticaba todo el tiempo a Eric, a quien incluso él odiaba... Y entonces tuve que detener a mi cerebro en ese instante.  ¿De verdad seguiría guiándome con esas reglas? ¿De verdad mi única excusa para no salir con Jacob, quien parecía amable, divertido y bastante encantador, era Eric?  No podía seguir permitiéndome el hecho de negarme cosas simplemente por cómo pudieran afectarlas a él. Ya no estábamos juntos, y si no lo estábamos era completamente por su culpa, así que yo era libre de hacer lo que quisiera. Suspiré, rendida y lo miré. - No es una cita. - aclaré. Él contuvo una sonrisa. - Por supuesto que no - bufó -. Yo no tengo citas. Solo salgo de vez en cuando con chicas rubias, y lindas, y un poco alteradas... - me miró de arriba abajo, nuevamente no pude evitar sentir mis mejillas arder. Sonrió victorioso -. Eres linda cuando te sonrojas.  - Y nada de coquetear.  - lo apunté con mi dedo índice. - ¿Por quién me tomas? - actuó falsamente ofendido -. Aunque no prometo nada. Negué con la cabeza, sin darme cuenta de que estaba riendo. Jacob Wostern parecía... agradable. Y sin dudas estaba jodidamente bueno.
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