18 | JAMAICA .vs. CALIFORNIA

5743 Words
ERIC Dos días después de haber llegado a Jamaica a penas si recordaba mi nombre completo, con lo cual estaba completamente satisfecho, pues ese fue todo el punto de haber decidido ir en primer lugar: olvidarme de mí por completo. De hecho, si de alguna forma pudiera haber reseteado mi cerebro lo hubiera hecho sin dudar. Si tan solo hubiera tenido la misma posibilidad que Joel y Clementine tuvieron en "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos", la hubiera tomado sin titubear.  Había llegado a la conclusión de que si pudiera borrar todos los recuerdos que tenía de ella, todos y cada uno de ellos, desde el instante en que nos conocimos y cruzamos palabra hasta el instante en que la vi caminar hacia la salida de nuestro apartamento por última vez... lo hubiera hecho. Lo hubiera hecho con tanto, pero tanto gusto. Porque todo lo que anhelaba en ese momento era olvidarme de su existencia, olvidar de que alguna vez la tuve. Olvidar de que la amaba. Vivir con su recuerdo era una constante conmemoración al hecho de que alguna vez existimos juntos. Y de que ya, efectivamente, no lo hacíamos. Entonces, prefería un millón de veces olvidarla y actuar como que su presencia jamás golpeó mi vida. Era intentar hacer eso o vivir en un constante dolor psicológico que rápidamente se amañaba para convertirse en físico. Un dolor físico por el que jamás pasé en mi vida. Se sentía, literalmente, como me dolía el respirar; como el nudo en mi estómago me impedía comer, como el tormento de ser quien era y de los errores que cometí me impedían dormir. E incluso, aunque quisiera conciliar el sueño, me era imposible e insoportable: ella se aparecía en mis sueños también. Por todas aquellas razones, más el saber de que jamás podría rearmar, o seguir, con mi vida si no actuaba como que nunca existió - sabiendo que era algo imposible de hacer -, tuve que sostenerme al último hilo que quedaba: la furia y el odio. Hacia ella. Hacia mí. Me repetía miles de veces que quizás convencerme todos los días de que la odiaba era muchísimo más fácil que vivir todos los días amándola. En algún punto, esa idea retorcida tuvo sentido en mi cabeza. Entonces, luego de haber pasado todo el primer día tirado en la cama, durmiendo y observando el techo, decidí que era suficiente, y que si quería llevar a cabo mi cometido sería mejor poner manos a la obra.  La noche siguiente, cuando Zach volvió de la cena, puso una cara de sorpresa inmediatamente al entrar en la habitación y verme de pie frente al espejo abotonando mi camisa negra.  - ¿Al fin te dignas a dejar la habitación? - su tono sorprendido y feliz me hizo medio sonreír de costado. Una sonrisa que pude notar, en mi reflejo, que no llegó a mis ojos. - Ya va siendo tiempo, ¿no te parece? Zach entró a la habitación y se sentó en el borde de la cama. Me echó un vistazo de pies a cabeza. - Al fin te das cuenta.  - Llegué a la conclusión - empecé a decir -, de que si dejo de actuar como si estuviera herido, quizás en algún momento dejaré de estarlo. Zach sonrió con tranquilidad y soltó un suspiro aliviado.  Terminé de acomodarme la camisa negra y me eché un último vistazo en el espejo. Mi rostro definitivamente no estaba pasando por su mejor etapa, y mi cuerpo en general tampoco. Estaba demasiado delgado y ojeroso, había perdido color y casi parecía un muerto en vida. Pero como siempre, pude amañarme para ocultar mi desastroso aspecto simplemente peinándome y vistiéndome de forma decente. El n***o siempre era una buena opción, y a decir verdad jamás fui muy bueno para combinar colores, así que era mas simple ir por lo sencillo. - De verdad me alegro por ti, Eric.  Revoleé los ojos y me acerqué a él, tomándolo de los brazos y con fuerza logrando que se ponga de pie. - No me dejarás ir solo, ¿no? - Zach me miró con expresión cansada, ya que a diferencia de mí él había estado aprovechando la playa y los diferentes programas que ofrecía el hotel. Debía de estar cansado, pero no me interesaba -. El hotel tiene un club en el último piso, he escuchado que está bueno. - ¿Ir de fiesta? - enarcó una ceja -, ¿ese es tu gran plan para intentar salir adelante? - chasqueó la lengua y negó con la cabeza lentamente, solté un quejido -. Podrías empezar por un día en la playa o alguna excursión recreativa, ¿no? De una forma... ¿sana?  No pude evitar soltar una carcajada. ¿De una forma sana? ¿Desde cuándo yo fui conocido como una persona que arregla las cosas de una forma "sana?  - Para que hacer eso si existe la opción de ahogarme en alcohol, ¿no crees? - solté con tono de gracia. Noté la expresión de Zach, noté que toda la tranquilidad y el alivio anterior por encontrarme vestido, arreglado y dispuesto a moverme de la habitación del hotel habían empezado a desaparecer. Ahora podía ver claramente como la preocupación teñía sus facciones. Entendía que se sintiera así. Comprendía que el miedo que sentía ante el hecho de que estaba frente a un escenario donde yo planeaba destruirme a mí mismo. Ya habíamos pasado por eso hace unos años, cuando yo me refugiaba en las peleas callejeras para quitar la rabia dentro de mi y él se refugiaba en el whisky para no sumirse en recuerdos dolorosos y la espantosa realidad.  El problema residía en el hecho de que él había podido superar su adicción a la bebida, mientras que yo jamás pude salir del círculo vicioso de las peleas, solo que lo había empezado a hacer profesionalmente. Entonces Zach se encontraba en una gran discordia: apoyarme en mi decisiones y estar ahí hasta que en algún momento pudiera encontrar una forma de sentirme bien sin la necesidad de otras sustancias, o ir por la forma difícil y no consentirme. Por supuesto, mi hermano no era una persona conocida por saber lidiar con los problemas. Y en cuanto a mí, yo era un jodido problema en todos mis aspectos. - Okey, okey... - suspiró, elevando las manos a sus costados, rendido -. Han pasado como mil años desde la última vez que salimos juntos, ¿qué podría pasar? Sonreí de oreja a oreja y pronto sentí como cierta adrenalina me invadía. Cuando llegamos a la disco esa noche, fue como si la música explotara en mi cabeza. La mayor parte de la noche quedó borrosa en mi cabeza. Sinceramente, no recordaba ni cómo había terminado tan borracho. Lo cual, fue bueno. Para mí fue un logro solamente terminar borracho como una cuba. Zach estuvo de niñera toda la noche, lo cual agradecí. Todas las personas jóvenes del hotel estaban en el lugar. Algunas parejas casadas, otras personas que simplemente estaban con sus amigos. Todos estaban teniendo un buen rato, e incluso yo. Fueron las primeras horas que pude pasar sin pensar en ella, al menos. Estaba tan absorto saltando al ritmo de la música, ordenando trago tras trago y bebiéndomelos de una pasada, que no tenía tiempo para no vivir otro momento que no fuera ese. Todo daba vueltas, y las luces de colores no ayudaban a mi cerebro ya de por si confundido, como pude me concentré para mantenerme en pie, y de una pasada me tragué lo último de mi vaso, que para ese punto ya ni gusto tenía, ya no quemaba como los otros cinco que bebí.  Miré alrededor, todos estaban bailando, riéndose y bebiendo. Había más mujeres que hombres. Todas eran atractivas a su manera, ¿todos eran jodidamente atractivos en ese país o qué?  Fue en el instante en que ese pensamiento cruzó por mi cabeza que mis ojos conectaron con los de una chica morena. Me dedicó una media sonrisa de los dientes más blancos que había visto en mi vida. Intenté devolverle el gesto, pero no supe si mi rostro me hizo caso. Lo que sí supe fue que la morena de cabello ruloso e inflado contuvo una risa y apretó sus labios carnosos. Contuve una risa a mi vez y me volví cuando sentí que alguien me tomó del brazo. - Iré al baño - gritó Zach por encima de la música, sin decir anda asentí frenéticamente -. ¿Estarás bien? - ¡Estaré de maravilla! - mi voz denotaba mi estado de embriaguez. - Okey, ¡quédate aquí! - me advirtió antes de dar media vuelta y desaparecer entre la multitud. Me giré y busqué a la chica entre la gente, pero no la encontré. Me decepcioné un poco por dentro. Tenía pinta de ser alguien agradable, y gente agradable dispuesta a pasar un buen rato con mi culo lastimero era todo lo que necesitaba en ese instante. No me importó una mierda lo que me había dicho mi hermano y me dirigí hacia la barra. El barman me miró con expresión entre divertida y exasperada mientras me hacía un gesto con la cabeza para hacerme saber que ya sabía cuál sería mi orden. Le mostré el dedo pulgar e inmediatamente me sentí un estúpido por el gesto. Luego de que me entregó el trago de color algo raro, en cuanto di media vuelta para regresar a donde Zach me había dicho que lo esperase, choqué contra otro cuerpo, derramando un poco de mi bebida en el suelo. Solo eso bastó para sacarme de mis casillas. Me enderecé, preparado para empezar una pelea con quien haya sido el idiota que me costó el trago, hasta que me di cuenta de la sonrisa que me recibió. - Perdona, perdona, no fue mi intención - dijo la chica morena de labios carnosos. Inmediatamente, me sentí sonreírle. - No pasa nada - respondí -. Además, creo que ya he bebido suficiente - dije, soltando una risa estúpida y dejando el trago sobre la barra -. Soy Eric - dije extendiendo mi mano, ella me sonrió de oreja a oreja y me vi un poco aturdido por lo hermosa que era. Estrechó mi mano y sentí su piel suave chocar contra la mia. - Un gusto, Eric... Me llamo Angelie.  Elevé las cejas, sin poder evitar recorrerla con los ojos. Su cuerpo estaba para morirse, tenía una figura explendida, de caderas prominentes y cintura pequeña. Conecté mis ojos con los suyos y sonreí de nuevo. - Te queda el nombre. - me escuché decir y me maldije inmediatamente por ello. Para mi suerte, ella simplemente soltó una risita inocente, para luego pasar la lengua por su labio inferior. - ¿Quieres salir a fumar? - preguntó con una voz seductora. Asentí. Mientras la seguía hacia el balcón del club, con ella caminando delante y tomando mi mano, no pude evitar mirarla de arriba abajo. Su piel oscura me tenía atontado, con el solo tacto de la piel suave de su mano no pude evitar imaginar mis labios besando la piel de su cuello. Era alta, lo pude notar, ya que llevaba simplemente zapatillas y me pasaba incluso por unos dos centímetros. Su cabello alborotado, ruloso y oscuro se veía sedoso, la forma en que sus caderas se contoneaban me desconcentraban... era toda una obra de arte. Y entonces, mi mente me jugó una mala pasada, y por primera vez en toda la noche, me fue imposible no acordarme de ella. Su imagen, su voz, su tacto y su olor eran tan reales en mi mente que se sentía como un tormento. Por un segundo, la vi a ella frente a mí en vez de a Angelie. De repente la mujer frente a mí era rubia, de piel pálida y tersa, con piernas cortas y delgadas, con la cintura pequeñísima al igual que toda ella. Su cabello rubio caía perfectamente sobre sus hombros, su nariz respingada lucía perfecta bajo las luces de colores y sus labios esbozaron la sonrisa más perfecta del mundo, una sonrisa dirigida solo a mí, mi sonrisa favorita... y entonces agité la cabeza, volviendo a la realidad y entendiendo de que la persona que estaba delante de mí, sonriéndome sobre sus hombros no era Val. El aire fresco de la noche golpeó contra mi rostro y llené de aire mis pulmones, siguiendo a Angelie hasta el barandal, alejados de todas las demás personas alrededor. Recostó su cadera contra la barandilla y de su pequeño bolso de mano sacó lo que reconocí inmediatamente como un porro. Me fue imposible no soltar una pequeña risa. Me miró con las cejas elevadas y la mirada preocupada. - No te molesta, ¿verdad? - preguntó, con tono algo preocupado. - No, para nada - dedicándole una sonrisa, sin pensarlo dos veces le quité el porro de la boca y lo coloqué entre mis labios. Ella enarcó una ceja cuando extendí mi mano, pidiéndole el encendedor, luego de un segundo, lo dejó en mi palma. Lo prendí y le di una calada -. De hecho, estaba que moría de ganas por fumar uno. - sonreí para luego soltar el humo por mi boca.  Ella ladeó la cabeza y con un movimiento agraciado me quitó el porro. Sosteniéndolo un segundo entre sus dedos y mirándome curiosa. Le sostuve la mirada hasta que no toleró más y sonrió divertida. - Cuidado, Eric - advirtió con su voz de terciopelo, que no era para nada delicada como la de... agité mi cabeza, apartando esos pensamientos -, solo lograrás que me gustes aún más. La afirmación me hizo sonreír con petulancia.  Estaba algo oxidado, así que no entendía muy bien como debía coquetear, lo que sea. Tampoco entendía si quería hacerlo o no. En fin, era un jodido desastre en ese momento. - Así que te gusto - solté con gracia, mientras agarraba el canuto -. ¿Debería actuar sorprendido? Soltó una carcajada, echando la cabeza hacia atrás, regalándome un segundo para admirar la piel de su cuello y su escote. - ¿Por qué otra razón te invitaría a fumar si no? - enarcó una ceja y yo ladeé la cabeza, sopesando mis posibilidades. - Supuse que no tenía que llegar a la conclusión de que querías follar simplemente por ser amable conmigo. - encogí mis hombros. Ella me miró de arriba abajo. - No te muerdes la lengua a la hora de decir lo que piensas, ¿eh? - le dio una larga calada al canuto, casi acabándolo, y encontré esa acción simplemente sexi, seductora, como toda ella. - ¿Debería? - enarqué una ceja. - No, claro que no - dio un paso hacia mí -. Me gusta que seas así. Hará que las cosas sean más rápidas.  Entendía a lo que se refería, comprendí sus intenciones, leí su lenguaje corporal a la perfección: la forma en que se apoyaba en su cadera izquierda y se inclinaba hacia adelante apropósito, como sus ojos viajaban de mis labios a mis ojos una y otra vez.  Me sentí orgulloso de mí mismo por no haber pedido el toque. Aunque en realidad, yo no había hecho mucho en esa ocasión. Pero podría hacer más. - ¿Vamos a bailar?  Antes de que pudiera responderle, ya me había tomado de la mano y nos dirigía hacia el interior del club. Simplemente la seguí, en todo momento. Cuando empezamos a bailar, decidí que era mejor dejarme llevar. Y físicamente se sentía extremadamente bien sentir el cuerpo de Angelie bailando contra el mío, me sentía lo suficientemente cómodo con ella cuando mis manos se colocaron en sus caderas y la manera en que sus manos acariciaban mi rostro, mi cuello, mi cabello... todo daba para ser perfecto, muy, muy perfecto.  Pero se sentía, emocionalmente, mal. Me sentía terrible. Quería empujarla, dejarla ahí tirada en medio de la pista, correr hacia mi habitación, tomar mi celular y marcar su número. Lo único que de verdad quería era escuchar su voz. Escucharla y decirle que lo sentía, que estaba arrepentido por haber estado coqueteando con esa mujer. Que me sentía como el mayor de los imbéciles por estar bailando con ella en ese momento. Quería rogarle que me perdonara, quería rogarle que me dejara volver. Pero las cosas que queremos no siempre son exactamente las que debemos hacer, o las que necesitamos en realidad.  ¿Qué perdía por enrollarme con Angelie? Nada, nada más de lo que ya había perdido. ¿Qué ganaba por enrollarme con ella? Nada, tampoco. Solo unos minutos de placer y unas cuantas horas de sentirme como la mierda, seguramente más que unas horas. Seguramente me sentiría para la mierda. Pero eso era lo que estaba buscando, no me merecía nada más. En un instante que no terminé de procesar correctamente, Angelie se dio media vuelta, con su cuerpo aún pegado al mío, colocó sus manos en mis mejillas y me besó. Un beso que me tomó por sorpresa, que me costó corresponder al principio. Pero terminé haciéndolo. Y se sintió bien, sus labios carnosos eran suaves y su lengua seductora. Estuvo bien. Lo suficientemente bien como para llevarlo a algo más. Me desperté a la mañana siguiente con un dolor de cabeza que supe iba a estar ahí todo el día. Me enderecé en la cama y adapté mis ojos a la claridad de la habitación. Miré alrededor suspiré pesadamente. Todo estaba hecho un desastre. La cama estaba revuelta, habían botellas tiradas en el piso, sábanas y almohadas también. Miré al costado y suspiré al no encontrarme con... con la chica de cabello ruludo y labios carnosos cuyo nombre no podía recordar en ese instante.  Soltando un resoplido, golpeé mi cabeza contra la pared en mis espaldas. Estar completamente desnudo debajo de las sábanas simplemente era una señal más de que la noche anterior definitivamente había pasado lo obvio: después de siete años de haber tenido sexo solamente con una persona, con la persona que pensé que sería la última en mi vida... por primera vez me acosté con alguien más. Y ni siquiera podía decir si estuvo bueno o no porque no recordaba una mierda, lo que me hizo gruñir con frustración. Justo después, la puerta de la  habitación se abrió, dejándome ver a un Zach vestido solamente con unos pantalones de pijamas y una expresión de inquietud y una ceja enarcada. Abrió la boca para hablar pero elevé un dedo, deteniéndolo. - No digas nada. - sentencié. Cerré los ojos con fuerza. Todo me daba vueltas, y lo que menos necesitaba en ese momento era escuchar algún estúpido consejo o crítica de mi hermano. Ya tenía suficiente con mi propia culpa y la propia voz de mi consciencia recordándome diariamente la mierda de persona que era. Abrí los ojos cuando escuché que caminaba. Zach me miraba con una expresión rara que me hizo fruncir el ceño. Rascó su nuca antes de hablar. - Hay algo que deberías ver. Lo miré confundido cuando me pasaba su celular. Fruncí el ceño mientras miraba la pantalla, que me hizo doler la cabeza aún peor. Por supuesto que con lo que me encontré simplemente hizo que me explotara el cerebro. O al menos así se sintió.  En la pantalla había una foto. Una foto mía durmiendo en el pecho de la chica morena cuyo nombre era, según su perfil de i********:, Angelie. Analicé la foto en la pantalla. Mis ojos estaban cerrados, mi expresión era tranquila, ella sonreía, una sonrisa muy linda, iba con un corpiño blanco de encaje, mi cabeza estaba recostada en su pecho y mi brazo rodeando su cintura. El pie de la foto no decía nada, simplemente me había etiquetado.  Cerré los ojos y suspiré con cansancio. No supe porqué no me vine venir esa mierda antes.  Me pesó el pecho al darme cuenta de la cantidad de likes que ya tenía el post. Miles de comentarios, también. Decidí salir de i********: y me dirigí hacia Google. Instantáneamente me encontré con otros sitios de Internet reposteando la fotografía, con encabezados escandalosos que me pusieron los pelos de punta. Joder. Joder. Joder. VAL Me quedé paralizada frente al televisor.  Había estado todo el día estudiando, luego decidí cocinar unos cupcakes, y luego decidí dar un pequeño paseo sola por el parque mientras escuchaba música. Me distraía todos los días un poco mejor, mi única meta al despertarme era mantener mi cerebro ocupado. Claramente no siempre lo conseguía con éxito, y habían días donde me permitía estar triste y quedarme tirada en la cama, llorando, o pensando, o durmiendo. Entendía el hecho de que mi cuerpo necesitaba tener su forma de duelo. Mi corazón y mi mente necesitaban asimilar todo, y yo estaba dispuesta a darle su tiempo a ambos, aunque no me gustara para nada, igualmente lo comprendía. Pero ese día, justo ese día ya me había quedado sin ideas para distraerme. Papá estaba trabajando, Matt estaba con Less en una cita especial por su aniversario, y Gregg no iba a llegar hasta dentro de una media hora, aproximadamente. Así que, como mejor idea, decidí encender el televisor. Lo que resultó ser la peor idea de todas. Hice zappin unos segundos, hasta que me crucé con un programa de chimentos, y lo que me hizo detener en ese canal fue el haberme encontrado con su rostro en la pantalla.  Mi corazón dio un vuelco al ver su perfil perfecto. Su nariz recta, su mandíbula marcada, sus labios, uno más grueso que el otro, sus pestañas larguísimas y su cabello desordenado... estaba perfecto, incluso durmiendo. Por supuesto que ese pequeño trance de volver a ver su rostro después de lo que se sintió como una eternidad solo duró unos segundos, hasta que mi mente pudo procesar la imagen completa. Fue entonces cuando se sintió como si me dieran una patada en el estómago. Él estaba dormido, claramente... solamente que estaba acostado sobre el pecho de una chica, una chica que sonreía de oreja a oreja y que tenía unas de las facciones más perfectas que había visto jamás. Era morena, de cabello oscuro con rulos, muchos rulos. Con la sonrisa blanca y perfecta, los labios carnosos, los ojos almendrados de color marrón claro y pestañas oscuras y largas.  Ella era perfecta. Y estaba medio desnuda, con él durmiendo sobre su cuerpo, abrazándola por la cintura. Mi corazón se sintió pesado, el hueco dentro de mi pecho - que con demasiado cuidado y dedicación empezaba a llenar de a poco -, creció aún más, dejándome con una sensación de vacío espantosa. Me dolía el pecho, sentía que mi corazón se rompía una y otra, y otra, y otra vez conforme mis ojos continuaban asimilando la imagen. A pesar de que quería apartar la mirada, no podía. Estaba hipnotizada. La imagen se achicó a un costado de la pantalla y una mujer rubia con vestido rojo empezó a hablar. - ¡Vaya sorpresa con las que nos ha despertado el boxeador Eric Brennett esta mañana! - exclamó en medio de una risa divertida -. Podríamos hacer muchas suposiciones pero ¡la foto no deja nada a la imaginación! - soltó una carcajada horrible, que me hizo apartar, finalmente, los ojos de la pantalla -. Como todos sabemos hace menos de tres semanas su ex-prometida, Valerie Drake. Escuchar mi nombre me hizo volver a mirar la pantalla, ahora una foto mía se encontraba junto a la de Eric y esa chica. Me costó reconocer a la chica sonriente y feliz en esa fotografía, que me había tomado él una vez que fuimos a desayunar hace varios meses, demasiados meses, a decir verdad. - Nadie ha visto, ni ha sabido nada de Eric desde que su novia salió corriendo - elevó las cejas y luego una sonrisa le cubrió el rostro -, ¡Y ya vemos porqué! ¡El campeón no ha tardado en empezar a hacer de las suyas! Pero no esperábamos menos de "Bestia" Brenett, ¿Verdad? Lo que todos nos preguntamos ahora es, ¿que pasó de verdad entre Valerie Drake y Eric Brennett? Para más inform... No toleré más y cambié de canal. El rostro perfecto de Leonardo DiCaprio en Titanic apareció entonces en la pantalla. Pero no me concentré en él. La película se reproducía lentamente en mi cerebro, la miraba sin prestar verdadera atención. Había demasiadas cosas dentro de mi cabeza que ser asimiladas como para entender algo en ese momento. Tres semanas, y un poco más, habían pasado desde que decidí terminar nuestra relación. Desde la última vez que escuché su voz, vi su rostro o supe algo de él. Mis amigas, mi hermano, mi padre y Gregg respetaban mi decisión: no querer saber de Eric hasta que me sintiera completamente lista. Definitivamente no estaba lista, pero fue una cuestión de una mala pasada de la vida encontrarme con esa noticia en la televisión. No estaba sorprendida. Me esperaba que él hiciera algo así. Simplemente, me shockeaba el hecho de que lo haya hecho tan rápido. Se veía tan lindo en aquella foto. Dormía pacíficamente, casi con una pequeña sonrisa en sus labios. Como solía dormir conmigo.  Aunque quisiera evitar sentirme así, no podía. Entendía que fui yo quien decidió, por una vez, tomar la sarten por el mango y elegir seguir lo que era mejor para mí. Dejarlo no fue por falta de amor, fue por exceso de el y por el sentimiento de sentirme completamente vacía. Porque en ese último tiempo no fui feliz, y me perdí. Todas las decisiones que había tomado desde el segundo en que salí corriendo eran dedicadas simplemente al deseo y a la necesidad de descubrir quién mierda era sin él. Así que no, no podía evitar sentir náuseas al saber que había estado con otra. No podía evitar que mi corazón se rompiera. Definitivamente no podía evitar sufrir.  Pero así era él. Así había sido toda su vida. Cuando encontraba algo que lo destruyera se aferraba a eso porque pensaba que se lo merecía. Era vengativo. No sabía lidiar con el dolor, su única forma de sobrellevarlo era simplemente devolverlo el doble. Conocía de memoria su mecanismo de defensa, y por esa razón me esperaba algo así. Pero haberlo esperado no lo hacía menos doloroso. Escuché la puerta principal abrirse y cerrarse. Suspiré y miré hacia la puerta de la sala. Gregg apareció entonces, con una sonrisa de oreja a oreja en su rostro, sus ojos verdes mirándome con cariño y, claramente, en sus manos había una caja de pizzas. Le sonreí. - Una pizza siempre levanta el ánimo, ¿no crees? - dijo mientras caminaba hacia mí con una sonrisa animada, me acomodé en el sofá, dejándole lugar a mi lado -. O bueno, a ti particularmente siempre te ha levantado el ánimo. Espero que eso no haya cambiado. Se sentó a mi lado, dejando la pizza en medio de nosotros. Apoyé mi codo en el res - No, eso no ha cambiado - respondí. Sonrió mientras abría la caja, pero antes de tomar una rebanada, me dedicó una mirada que supe descifrar a la perfección. Cerré los ojos y llené de aire mis pulmones. - ¿Ya lo has visto? - más que una pregunta, sonó como una afirmación. No pude responder verbalmente, así que simplemente asentí con la cabeza, aún con los ojos cerrados -. ¿Quieres hablar al respecto? - negué con la cabeza -. Okey, entonces... ¿qué quieres hacer? - Podríamos mirar la película - contesté luego de unos segundos, mirando la tele. Titanic recién empezaba -. ¿Te parece bien?  - Claro, Val. Lo que tú quieras. Durante las siguientes horas nos quedamos sentados frente al televisor, en silencio por un buen rato, rompiéndolo simplemente para hacer comentarios sobre la película. Gregg ya había comido más de la mitad de la pizza, mientras yo apenas había terminado la primer porción. Llevaba rato sin comer, a decir verdad, pero el nudo que se había instalado en mi garganta me impedía tragar, y el nudo en mi estómago disimulaba el hambre. Gregg me tiraba miradas preocupadas, que él creía que disimulaba a la perfección, pero no era así. Sonreía internamente cada vez que me daba cuenta que se había quedado mirándome más de la cuenta.  De todo mi sistema de apoyo en ese momento bastante confuso y abrumador de mi vida, a la persona que más agradecida le estaba era a Gregg. A diferencia de mis amigas, él no se esforzaba demasiado en querer hacerme sentir bien, o cómoda. A diferencia de mi padre y mi hermano, no estaba todo el día encima mío preguntándome cómo estaba y con el visible miedo de que cayera en un pozo depresivo. Gregg me comprendía, entendía cuándo necesitaba silencio, cuando necesitaba hablar, cuándo necesitaba reírme o cuando necesitaba salir de casa o quedarme en ella. Se aseguraba todo el tiempo que su presencia no fuera una molestia, pero lo cierto es que jamás lo era. Era él mismo todo el tiempo, no me trataba como si fuera una muñequita de trapo descocida. Su personalidad, naturalmente encantadora y divertida era suficiente para hacerme sentir mejor. Gracias a él, incluso, me había inscrito en un curso de gastronomía. Me dijo que su madre lo había hecho hace unos meses y que la mantenía bastante entretenida constantemente, que era exactamente lo que yo le había dicho que necesitaba.  Estaba siendo un buen amigo, un gran amigo a decir verdad. Y estaba completamente agradecida con él por ello. - Casi ni has comido - comentó entonces, distrayéndome de mis pensamientos. Lo miré y miré la rebanada a medio comer en mi mano -. Creo que hablamos del tema de la comida, ¿o no? - revoleé los ojos ante su tono benevolente -. Ya estás muy flaquita como para que decidas no comer. - No decido no comer - hice comillas con mis dedos en el aire -. No puedo comer, que es algo diferente. - Tienes que cuidar de ti misma, Val. Eso definitivamente incluye tu salud - suspiré pesadamente ante sus palabras -. Te guardaré tres porciones, y si dentro de unas dos horas siguen en esta caja, de castigo cocinaré yo - contuve la risa ante su rostro -, y ambos sabemos que eso terminará en una indigestión. - Vaya forma de convencerme - bromeé, negando con la cabeza y dándole un mordisco más a la pizza, logrando que él sonriera. - ¿Quieres hablar del porqué de tu falta de apetito? - su tono amable y suave me hizo suspirar pesadamente. Envié la cabeza hacia atrás.  Me quedé en silencio unos minutos, y él por suerte tampoco dijo nada más. Necesitaba unos momentos para terminar de acomodar mis ideas, para terminar de comprender que todo lo que había pasado, lo había hecho de verdad.  - Supongo que me esperaba que algo así sucediera - dije, finalmente, sintiendo sus ojos sobre mí -. Lo conozco, es su forma de defenderse. Una bastante... macabra. Pero es lo único que sabe hacer. - ¿Defenderse? - su tono era sarcástico. Lo miré -, ¿de qué? - enarcó una ceja, se veía algo alterado -. No es como si alguien lo estuviera atacando. - Lo sé, pero... - Tienes que dejar de excusarlo por sus actitudes de mierda, Val. - me interrumpió. Sentí que mi corazón daba un retortijón. - No es eso, Gregg - dije, mi voz sonaba bastante débil -. Él está sufriendo, por mi culpa. Supe que algo así sucedería. - ¿Y a caso tú la estás pasando bien? - no pude responder, me miraba ofendido, como si no comprendiera lo que estaba saliendo de mi boca -. Y dices que ¿su manera de lidiar con las cosas es acostarse con otra y publicarlo en las r************* ?  - En realidad lo publicó ella, pero.... - ¡Deja de defenderlo, Val! - me interrumpió de nuevo, con el tono de voz duro.  Tragué saliva. Noté que se sintió mal por haber elevado la voz. Suspiró y pasó una mano por su cabello, enviándolo hacia atrás. - Lo siento - dijo -, sé que no es de mi incumbencia pero me jode muchísimo que sientas la necesidad de defenderlo todo el tiempo, de todo el mundo. Hasta de él mismo - suspiró, negando con la cabeza -. Pero, seamos honestos Val... tiene actitudes de mierda que simplemente las hace porque quiere. Sinceramente, yo no le encuentro ni una excusa a todo esto. - Yo tampoco. Gregg tenía razón. Últimamente, como siempre. Además, era algo más cuerdo verlo todo desde su punto de vista que del mío. Como él había dicho: yo aún no podía despegarme de esa parte de mí que siempre quería protegerlo. Ese ya no era mi trabajo. - Él nunca te mereció. - escuché que dijo, en un tono bajo, pero no lo suficiente como para evitar oírlo. Lo miré atenta. - Yo también he fallado en muchas cosas. No todo ha sido su culpa. - Pero fue él quien constantemente te fallaba a ti - apuntó para luego negar con la cabeza, chasqueando la lengua -. Todos siempre supimos que eras demasiado buena para él, pero... bueno, la mayoría de nosotros siempre pensó que lograrías ayudarlo. Por un tiempo fue así, creo. Se convirtió en alguien mejor, todo gracias a ti. Supuse que lo seguiría siendo para poder intentar llenar los zapatos de alguien que fuera bueno para ti, pero... ya ves.- encogió sus hombros. - Realmente pensé que las cosas mejorarían.  No pude evitar que mi voz se rompiera al terminar esa oración. Gregg me observó preocupado y de un solo movimiento apartó la pizza del medio y se sentó a mi lado. Rodeó mis hombros con un brazo y me estrujó contra él. Lo abracé, aspirando su aroma familiar que raramente me consolaba. - Hiciste lo mejor que pudiste - su voz era suave -. Nadie puede decir que no lo intentaste. Por mucho tiempo. - Es que no puedo creer que haya estado con alguien más... - lloré, sin poder evitarlo. Me sentía estúpida por decir eso en voz alta, pero era como me sentía. Gregg me estrechó con fuerza -. Sé que no tiene porqué importarme pero... - No digas eso - me interrumpió -. Era obvio que algo así te iba a doler. Es lógico. - No me gusta sentirme así. - soné como una niña de cinco años. - Pues lamento informarte que la vida es un constante azar de situaciones que no nos gustan, pero nos toca vivirlo igual. Suspiré. - Lamento ser pesada. Sé que soy como un grano en el culo: molestando constantemente por lo mismo. Has de estar harto. Gregg rio. - Nah, me gusta pasar tiempo contigo - confesó, levanté el rostro y lo miré -. Se siente como que estamos recuperando el tiempo perdido, ¿no te parece? - noté como su mano se dirigió a mi mejilla y sentí la forma delicada en la que sus dedos acariciaban la piel de mi rostro. - Gracias, Gregg. - dije en medio de un suspiro, sintiéndome aliviada, por alguna extraña razón.  Una pequeña sonrisa se curvó en sus labios y noté por un segundo como se inclinaba un poco hacia adelante. Sus ojos verdes viajaron de mis ojos a mis labios dos veces. Me tensé de pies a cabeza ante la idea de lo que podría llegar a suceder. Y entonces él simplemente apoyó su frente en la mía. - Siempre es un placer - dijo, apretando los labios y sonriendo, para luego enderezarse y tomar el control del televisor.
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