17 | (IN)DESTRUCTIBLE

4338 Words
ERIC Dos semanas después de la última vez que la vi todo se descontroló un poco.  No estaba acostumbrado a vivir un día donde ella no estuviera conmigo. Era difícil despertar, abrir los ojos, y no verla de su lado de la cama. Era difícil no ver su cepillo de dientes en el baño. Era horroroso no sentir el olor a su perfume favorito cada mañana luego de que se duchara. Era imposible beber café. Y, puedo decir que lo intenté. De verdad lo intenté, con todas mis fuerzas. Intenté vivir de una manera que no me resultara agobiante. Esas dos semanas, al menos, de verdad lo traté. Hasta que simplemente ya no pude. Me rendí.  Me di por vencido a mis vanos intentos de querer vivir una vida actuando como si ella jamás hubiera existido, que era la forma más fácil de sobrellevar las cosas. Me rendí y me abracé al dolor, lo dejé entrar y le permití consumirme por completo. Me tiré en mi cama. Me tapé hasta el cuello. Me abracé a su almohada y me quedé allí por lo que se sintieron cuatro semanas pero en realidad fueron solamente días. Ahí comprendí que, cuando estás sufriendo, los días largos son los más cortos y tres minutos se sienten como tres horas. Estaba cómodo, debo admitir, en la desgracia que estaba consumiendo mi vida. No me quería mover, no comía tampoco. Me dije a mí mismo varias veces que estaba bien si el resto de mi vida se pasaba así. Todo eso hasta que mi hermano entró por la puerta de la habitación y abrió las ventanas. - Okey, fue suficiente, no puedes seguir así - su voz demandante me hizo gruñir. La luz del sol me cegaba -. Tienes que levantarte de la cama. Comer algo. Salir a dar una vuelta en el auto, lo que sea. Pero tienes que moverte. Una parte de mi quería ponerse de pie y romperle la cara a golpes por decirme qué es lo que tenía que hacer. Otra parte simplemente quería largarse a llorar como un niño pequeño y abrazarme a mi hermano mayor hasta que el dolor desapareciera de mi cuerpo.  Pero ninguna de esas partes tenía la fuerza suficiente para hacer nada. - ¿Cuántos días ya pasaron? - pregunté como pude.  Era la primera vez que escuchaba mi voz después de varios días. Me escuché raro. Apagado. Mi voz estaba muy ronca. Zach me miró con pena y preocupación en los ojos. Suspiró pesadamente y se cruzó de brazos. - Ya ha pasado una semana y media, Eric - me contestó -. Te he dado tu espacio, pero empiezo a preocuparme. - No tienes porqué. Bufó, incrédulo. - No te levantas de la cama, no comes, apenas si te mueves para ducharte y tomar agua, ¿y me dices que no tengo por qué preocuparme? - su tono fue cambiando. Sonaba verdaderamente enojado, y entendía sus razones. Pero yo también tenía razones para estar como estaba. Él, entre todas las personas del mundo debería comprenderme en este momento. - Pensé que era solamente una etapa, pero para este punto creí que... - ¿Una etapa? - lo interrumpí inmediatamente, sintiendo como la furia trepaba por mi cuerpo. Me enderecé en la cama -, estoy así porque el jodido amor de mi vida me dejó tirado en el puto altar, ¿y tú piensas que es una jodida etapa? - apreté los puños a mis costados -. Pues déjame decirte, Zach, que en lo que a mi respecta estaré así toda mi maldita vida. Así que ve acostumbrándote. - Lamento informarte, hermanito, que aunque tú estés cómodo en tu desgracia, quieras o no, en algún momento saldrás adelante - bufé y revoleé los ojos ante sus palabras estúpidas -. ¿O qué? ¿Piensas que ella te llorará para siempre? Mis ojos se fijaron en él. Me observaba desafiante. - ¿Piensas que ella está tirada en una cama llorando por ti, Eric? -me atraganté con mi propia saliva -, ¡Pues no lo está! ¡Te dejó y se fue! ¡Volvió a California! ¿Sabes para qué? Para rearmar su vida. ¡Y sin ti! Así que te guste o no tienes que seguir adelante. Fue tan simple como escuchar todas esas palabras de mierda salir de su boca para despertarme un segundo del trance en el que estaba.  Cuando menos me di cuenta estuve de pie, y de lo siguiente que fui consciente fue que mis manos estaban estrujando la tela de su camiseta, mientras que con la poca fuerza que me quedaba en el cuerpo empujé a mi hermano contra la pared.  Me ardía la sangre. Me ardía todo el cuerpo. Me sentía temblar de la rabia, y me estaba conteniendo con todas mis energías para no estampar su cabeza contra el suelo. - ¡No hables de ella! - grité en su rostro. Podía tolerar pensar en ella. Recordarla. Pero otra cosa muy diferente era que alguien más hablara de ella en voz alta. No sabía que no estaba preparado para escuchar al respecto hasta que Zach tuvo que mencionarla. Los ojos azules de mi hermano me observaron expectantes, pero de alguna forma vívidos.  - Escucha, Eric... - empezó en un suspiro -, Val... - ¡No digas su nombre, maldita sea! - golpeé la pared al lado de su rostro y lo solté con fuerza.  Caminé hacia atrás y luego le di la espalda. Zach sabía exactamente como sacarme de mis casillas, y lo estaba logrando demasiado rápido. - Solo te estoy diciendo la verdad. - Cierra la puta boca, Zach - le advertí -. Cierra la puta boca si no quieres que te rompa la cabeza contra la pared. - Hazlo si quieres - lo miré, alterado. Él lucía de la misma forma -, ¡Así al menos harás algo en vez de quedarte tirado como si estuvieras en coma! - ¿Y qué demonios quieres que haga? - cuando caminamos el uno hacia el otro, no me contuve y lo empujé por los hombros -. Dime, ¿qué mierda se supone que debo hacer? - otro empujón, sentía que mi pecho se iba llenando de cemento -, ¡dímelo si lo sabes, de verdad! Porque... - de repente, no podía respirar -, ¡porque ya no sé cómo hacer nada!  Miré fijamente a sus ojos, y me miré a mí quebrarme y caerme a pedazos en ellos. La mirada de mi hermano mayor pasó de la furia a la tristeza en cuestión de segundos. Yo no tenía más fuerzas dentro de mí para seguir enojado con él. No tenía más fuerzas para hacer nada en absoluto. Con un suspiro, rendido, me senté en el borde de la cama y llevé mis manos a mi cabeza. - Ya no sé como moverme - dije -, como actuar, como respirar... no lo sé. No desde que ella me dejó. Era una de las primeras veces que me sinceraba con mi hermano en un largo tiempo. Jamás fui alguien con la necesidad de abrirme al mundo y mostrar mis sentimientos. Jamás tuve que hacerlo, ni quise hacerlo, con nadie más que no fuera ella.  Pero ahora que ya no estaba conmigo... podría intentarlo con mi hermano. Quizás hacerlo me ayudaría. Quizás el peso de mis hombros desaparecería un poco, quizás el dolor del hueco en mi pecho se aliviaría aunque sea un instante y vivir no sería tan doloroso como parecía en ese momento. - Eric - dijo, acuclillándose frente a mí, mirándome triste -, tendrás que aprender a estar sin ella. - No quiero hacerlo. - Pero tendrás que - me miró fijamente a los ojos -. Sé que sientes que es el fin del mundo, pero no es así.  - Pues no se siente exactamente como que en algún momento dejaré de sentirme así. Supe que me escuchaba como un niño de cinco años, pero en ese instante no me interesaba. Lo único que quería era que mi hermano me dijera algo, lo que sea, que me hiciera sentir mejor. Lo único que quería era que él me ayudara a dejar de hundirme. Solo eso. - Pero lo harás - afirmó, y en su tono pude notar que de verdad lo creía. Así que me aferré a eso -. Incluso aunque no quieras, un día te despertarás y podrás recordar todo esto sin desmoronarte - suspiró, yo lo miraba atentamente -. Mientras tanto tienes que empezar a vivir tu vida de nuevo, como lo hizo ella. Cerré los ojos con fuerza ante sus palabras. Me costaba pensar, o creer, que ella no estuviera exactamente como estaba yo. O bueno, aunque sonara egoísta, en realidad deseaba con todas mis fuerza que ella estuviera como yo. Quería que me extrañara y que le costara despertarse, como a mi. Quería que pensara en mi todos los días como yo pensaba en ella. Quería que sintiera que un pozo la consumía poco a poco, como me pasaba a mí. Sabía que era horrible pensar y sentirme de esa forma, pero a mi pesar era eso lo que sentía. Porque imaginarme un mundo donde no le costara seguir adelante, donde todos los días se le hicieran más fáciles en vez de difíciles, donde pudiera encontrar a otra persona... simplemente era insoportable. Me dolían los huesos y se me estrujaba el estómago de solo pensar que ella pudiera olvidarse de mi y encontrar a alguien más. Y allí comenzó todo el problema: cuando Zach me dijo que ella ya estaba rehaciendo su vida sin mí. - Cómo... - aclaré mi garganta -, ¿cómo sabes que ella está...? - He estado hablando con Matthew - me contestó antes de que pueda terminar la oración -. Ella... Se detuvo y me miró un instante, dudoso. Asentí lentamente. - Dime. - exigí. Zach suspiró, pasando una mano por su cabello y enviándolo hacia atrás. Se puso de pie y se sentó a mi lado. - Por lo que me ha dicho Matt ella está bien - tragué saliva -. Se mantiene ocupada la mayoría del tiempo. Me contó que se inscribió en unas clases de gastronomía; estudia la mayoría del tiempo y siempre que está fuera de la casa va con...  De nuevo se mordió la lengua para dejar de hablar. Aunque no hacía falta que terminara la oración, yo comprendía muy bien para donde iba todo. Pero de igual forma, una parte de mi, una parte retorcida de mí necesitaba saber la verdad por completo, escucharla desde la boca de alguien de confianza. - Termina la oración, Zach. - sentencié. Mi voz sonó robotica. - Val y Gregg han estado pasando mucho tiempo juntos, Eric. Todos los días, prácticamente. No fue como que si no me esperara esa respuesta, pero escucharla y hacerla realidad por completo no era para nada sencillo, incluso aunque ya lo sabía. Me dolía escucharlo, me dolía imaginarlo, me dolía saberlo. Pero no más de lo que ya me dolía antes. No me esperaba menos del jodido de Gregg. Toda la vida ha estado obsesionado con ella. Siempre la quiso, siempre la deseó, siempre quiso quitármela. Por muchos años ignoré ese hecho, pensando que él al estar con Julie en algún momento se olvidaría de Val; más que nada porque pensé que le había quedado claro que yo no me iría a ningún lado, y si era por mí, jamás la dejaría.  Pero estaba completamente equivocado, y lo supe en el instante en que él me contó que su relación con Julie había terminado. Ignoré el miedo y la rabia en mi interior en ese instante porque estábamos a pocos meses de la boda, lo cual para mí era una señal suficiente para él. Por supuesto que todo cambió en el segundo en que ella decidió dejarme plantado e irse, justamente con él. Por eso lo golpeé aquel día cuando se rehusaba a decirme dónde estaba Val, porque supe que ese mínimo acto, esa pequeña grieta en nuestra relación, él la ocuparía para intentar estar con ella. Los años pasaron y todos, menos Val, sabíamos que Gregg jamás fue capaz de superarla. Es decir, ¿quién podría? Ese era su momento perfecto y él de seguro lo estaba aprovechando al máximo.  No puedo creer que alguna vez lo llamé mi mejor amigo. ¿Rondarle a mi ex luego de todos esos años? ¿sabiendo lo que significa ella para mí? ¿no sabía a caso como yo me estaba sintiendo en ese momento?  Pero todas esas preguntas se vieron opacadas en el instante en que pensé en que ella se estaba refugiando en él. Por supuesto que lo estaba haciendo. Por eso le pidió ayuda a él para huir ese día, por eso solamente él sabía dónde ella se estaba quedando luego de decidir que no quería casarse conmigo, por eso fue él a quien encontré aquel día en nuestro apartamento ayudándola a sacar las valijas. Porque ella se estaba refugiando con él. Ella lo quería alrededor. Si estaban pasando tanto tiempo juntos era porque ella quería hacerlo. Claro, Gregg no había tardado en hacer sus movimientos. Pero definitivamente ella no se lo estaba impidiendo. Mi corazón se encogió en mi pecho ante todas las ideas retorcidas que empezaron a invadir mi cerebro. De repente, sentía tantas cosas dentro de mi que no podía comprender absolutamente nada. No sabía a qué emoción sostenerme para no explotar o de tristeza, o de rabia. Pero al final, fue al enojo, al asco, a la rabia, a la bronca, al odio y al desprecio a lo que me tuve que sostener para no desmoronarme de una vez por todas profundamente, más profundamente de lo que ya estaba. Sentía un enorme odio hacia Gregg, lo detestaba con todo mi ser. Me sentía traicionado por mi mejor amigo, por alguien a quien consideraba familia. Con respecto a ella... era difícil comprender qué era lo que sentía de verdad. La aborrecía. Me daba asco pensar en lo que estaba haciendo. Sentía un recelo profundo. No podía creer que alguna vez existió un nosotros, que alguna vez ella fue alguien a quién creía conocer mejor que a nadie. Me había abandonado, como todas las personas en mi vida. Me estaba dejando atrás, se estaba olvidando de mí de una vez por todas y no parecía costarle hacerlo. No me había llamado o enviado un mensaje para preguntarme como estoy, ¡ni siquiera había intentando comunicarse si quiera con Zach para preguntar si no había saltado de un maldito puente!  La odiaba. La odiaba con cada célula de mi cuerpo. Pero más me odiaba a mí por saber que me estaba mintiendo a mí mismo, por sentir que mi único escape era ese: el odio, la furia. Toda mi vida había sido así: de pelea en pelea. Pues esa era una pelea más, y definitivamente no podía salir perdiendo. Ni si quiera por la que pensé que era el amor de mi vida, ni siquiera por la chica que pensé apareció para salvarme. Ella me hizo esto. Ella nos hizo esto. Ella lo decidió, se dio por vencida. Y sé que le di razones, que tuvo motivos, pero si la situación fuera al revés jamás, jamás me hubiera alejado. Saber eso simplemente me confirme que fui yo siempre el que amó más de los dos.  Si quería dejarme y empezar una nueva vida con el pelele de Gregg, pues que lo haga. De hecho, ya lo estaba haciendo. El imbécil no será nunca como yo. Jamás llenará mis zapatos. Jamás la amará tanto como yo. Su relación se convertiría en algo tan aburrido que a ella le darían ganas de arrancarse los ojos con un cuchillo. El sexo será tan soso que ambos terminarían por meterse los cuernos. Ninguno de los dos sería feliz jamás.  O quizás no. Quizás el que no será feliz jamás seré yo. Porque seguramente él jamás llegaría tarde a una cena, mucho menos la dejaría plantada. Él jamás atravesaría la puerta de su casa borracho, drogado, sin poder mantenerse en pie. Él jamás necesitaría que ella lo ayudara a darse una ducha después de vomitar por la borrachera.Él jamás tendría que lidiar con pesadillas y fantasmas del pasado persiguiéndolo. Él jamás la decepcionaría ni la haría llorar, ni le rompería el corazón, ni la volvería loca. Por eso ella jamás lo dejaría, porque él sería el hombre perfecto, no tendría ni una queja, ni una falla. Desayunarán y cenarán todos los días juntos. Irán a picnics. Irán de viaje. Se reirán mientras ven una película estúpidamente romántica. Decidirán casarse alguna vez, porque ambos quieren hacerlo. Tendrán hijos. Minis-Gregg o minis-Val. O ambos, incluso. Serán jodidamente felices, y en sus vidas será como si yo nunca hubiera existido. Ella sería feliz, verdadera y profundamente feliz. Entonces me pareció muy conveniente empezar a actuar como si alguna vez yo fuera a serlo también. Miro a mi hermano luego de unos instantes y con un acto de indiferencia me encojo de hombros. - Por mí, ambos pueden irse al mismísimo infierno y pudrirse juntos. - escupí con odio. Zach suspiró pasando una mano por su cabello n***o, como por décima vez. - Solo te lo digo porque creo que es una buena forma de que puedas empezar a seguir su ejemplo - lo miré, conteniéndome para no saltarle encima. Por lo visto él lo notó, ya que elevó las manos a sus costados de forma defensiva -. Me refiero a lo de intentar salir adelante. Intentar distraerte y volver a una rutina o lo que sea. - No tengo nada que hacer, Zach - revoleé los ojos -. Mis entrenamientos no empiezan hasta dentro de dos semanas más. Y no voy a la puta universidad, así que no es como que pueda distraerme con mucho.  Me miró confundido. - ¿Por qué tus entrenamientos empiezan tan tarde? Revoleé los ojos y solté un bufido, sin ganas, ni paciencia, para explicarle la razón. Pero de igual forma tuve que hacerlo. - Le di un descanso a los chicos - encogí mis hombros, y antes de terminar la oración tragué saliva con fuerza -. Se suponía que estaría en mi luna de miel. - terminé de explicar, y entonces, como si le hubieran dado la mejor noticia del mundo, la mirada de Zach se iluminó con felicidad. Lo miré confundido. - ¡Joder, Eric! ¡Eso es! - exclamó emocionado, como si yo tuviera idea de lo que me estaba hablando -. ¡Tienes que irte a Jamaica de todas formas! Y entonces solté una carcajada que retumbó por las paredes de mi habitación. La primera risa genuina que emití después de dos semanas, y la última hasta dentro de muchísimo tiempo. Yo me continuaba riendo mientras Zach decía: - ¡Deja de reírte, no es chiste lo que digo! Me detuve un segundo, intentando recuperar el aire hasta que por fin pude hablar. - ¿Me estás diciendo que la solución a mi jodida miseria es ir a mi luna de miel, a pesar de habar sido dejado plantado en el altar? - el sarcasmo en mi tono era obvio. Bufé, negando con la cabeza. - No, idiota - me contestó -. Si lo ves de esa forma si que suena deprimente. Yo tenía otra perspectiva en mente - sus cejas subieron y bajaron rapidamente dos veces, lucía de verdad emocionado. - ¿Y qué perspectiva es esa? - Pues no compraste los boletos para nada y definitivamente no pagaste ese hotel lujoso por nada, ¿por qué no vas y lo tomas como unas vacaciones bien merecidas? Seguro que ir a Jamaica no es un desperdicio. Consideré su idea por un instante, pero la descarté en el segundo en que recordé la suite matrimonial y los planes divertidos que la encargada del hotel me había comentado con respecto a las parejas recién casadas que ofrecía el hotel. Ese jodido lugar sería un infierno lleno de parejas recién casadas, felices y contentas con su mierda de relación estable, que solamente me recordarían a cada instante el porqué ellos estaban ahí: felices y casados, y yo estaba ahí: abandonado, solo y miserable. Pero Zach pareció leerme la mente en un segundo, porque empezó a agregar: - Obviamente no te dejaré ir solo, hermanito - lo miré instantáneamente, confundido pero algo esperanzado -. Son dos boletos así que felizmente ocuparé el que sobre. - me miraba orgulloso, como si fuera un regalo y el acto de amor más grande del mundo decidir acompañarme a Jamaica. Un viaje todo-pago. Que pagué yo. - Que bendición contar con tu presencia. - mi tono era filoso y sarcástico.  - Ya me conoces: soy un alma caritativa - encogió sus hombros y soltó una pequeña risita -. Esto de acompañarte es solo por cuestión de seguridad. No quiero que te termines ahorcando en tu habitación o algo así. - Tu fé en el hecho de que alguna vez superaré esto es impresionante. - Oh, yo sí creo que lo superarás - contestó, seguro -. Solo que no inmediatamente. Suspiré. Cansado. Verdaderamente cansado. - ¿Qué dirá Lenn de todo esto? - indagué, dejando caer mi cabeza, con mis codos apoyados en mis piernas. - Son solo dos semanas, no creo que le moleste - palmeó mi espalda en una muestra de afecto que agradecí un instante -. Además, ella está preocupada por ti. Me ha dicho que esté contigo el tiempo necesario. Supongo que eso explica en cualquier parte del mundo y no solo tu departamento. Solté otra risita y negué con la cabeza. - El avión sale mañana, así que mejor ve a llamarla - dije. Mi voz sonaba apagada. Había bajado tres octavas y la energía y furia anterior no estaba dando rastros en ese instante. El dolor en el pecho, que había desaparecido hace minutos atrás, había vuelto con más fuerza. Escuché a Zach suspirar. - Verás que un cambio de aire te hará mejor - no le respondí -. Vamos, hombre, levántate y date un largo baño. Después te ayudo a hacer las maletas. Asentí lentamente y luego observé como se levantaba y me dejaba solo en mi habitación mientras marcaba el número de Lenn en su celular. Llené de aire mis pulmones y miré al techo. Mis ojos me ardían al mismo tiempo que sentí mis manos temblar en mis piernas. Decidí, igualmente, ignorar todo el dolor que estaba atravesando mi cuerpo y seguí el consejo de mi hermano, repitiéndome internamente sus palabras: "un cambio de aire te hará mejor" y "algún día superarás esto". Me aferré a esas ideas con mucha fuerza. A la mañana siguiente, cuando terminé de lavarme los dientes y me enfrenté por primera vez con mi reflejo luego de lavarme el rostro, lo que vi no me sorprendió, de hecho incluso hasta me impresionó. Estaba mejor de lo que me sentía, al menos. Sí, mis mejillas estaban algo chupadas porque llevaba tiempo sin comer bien, las ojeras debajo de mis ojos eran grandes y muy oscuras, mi cabello estaba alborotado, mi barba había empezado a crecer, mis ojos estaban rojos... en fin, era yo y me veía para la mierda, pero eso al menos era algo. Terminé de vestirme, con una camiseta negra lisa, mis jeans negros y mis zapatillas del mismo color y tomé unos lentes de sol oscuros, poniéndomelos al mismo tiempo que salía de mi habitación con mi bolso colgando de mis hombros. Sabía lo que me esperaba en el instante en que decidiera dejar el edificio, y todo el mundo no tenía porqué enterarse de lo mal que me veía. Eso simplemente les daría más de qué hablar. Al llegar al comedor, me encontré con Zach de pie el marco de la puerta, esperándome. Una sonrisa iluminó su rostro. - ¿Listo para la mejor no-luna-de-miel de todas, hermanito? - su tono emocionado y chillón, más su expresión de alegría y entusiasmo me dieron ganas de estampar mi cabeza contra la pared.  Le dediqué mi sonrisa más falsa y pronto ambos salimos del departamento. Cerré la puerta y caminé hacia el elevador sin mirar atrás en ningún momento, convencido de que luego de subirme a aquel avión las cosas cambiarían para mí. No sería el mismo nunca más. Me estaba yendo como una persona y mi intención era volver completamente distinto a eso. Y lo haría solo de la mejor forma en que sabía. El mundo no podía verme derrotado. Jamás le he dado el gusto a nadie de verme así. Más que nada, me rehusaba a la idea de que ella pudiera ver la televisión, o las r************* y encontrarse con artículos sobre mi diciendo mierdas como "Eric 'Bestia' Brennett llorando por los rincones". Antes muerto. Si ella estaba siendo feliz, si ella estaba siguiendo adelante... yo le haría saber que yo estaba en la misma página. En el instante en que las puertas del elevador se abrieron, pude escuchar todo el alboroto, y verlo desde el interior del edificio gracias a los enormes ventanales. Decenas de camarógrafos, reporteros, fotógrafos y gente que no conocía estaba esperando por mí ahí afuera.  Acomodé mis anteojos y enderecé mi espalda, levantando la barbilla y tomando mi bolso con fuerza entre mis manos. Conforme me acercaba a la salida, conforme el barullo se hacía más fuerte y audible. Por supuesto, hasta que Zach abrió la puerta y tuve que finalmente enfrentarme a todos ellos. En ese instante supe que fue una decisión estúpida pensar que no necesitaba guardaespaldas.  Como pude me abrí paso entre todas las personas, que se tiraban encima de mí, con los flashes de sus cámaras cegándome, con sus micrófonos y celulares casi golpeándome la cara. Respiré profundamente y conté hasta diez para no romperle la cara a ninguno de esos idiotas. Pero aunque lo intentara no podía evitar escuchar todas las preguntas. - ¡Eric! ¡¿Puedes decirnos que pasó? ¿Por qué tu prometida te dejó plantado?! - ¡¿Te dejó porque la engañaste?!, ¡¿Te engañó ella?! - ¡Eric!, ¡¿Es cierto que te dejó y huyó con otro?! - ¡Eric! ¡¿Te dejó por las peleas?! ¡¿Ella no estaba de acuerdo con tu estilo de vida?! Me contuve para no contestar ninguna de esas mierdas. Pero hubo una que me tentó demasiado. Ya estaba cerca de mi auto. - ¡Eric! ¿Te vas de viaje? ¡¿A dónde vas?! - preguntó una mujer de cabello rojizo vestida de n***o, con su celular pegado a mi rostro. La miré y le dediqué mi mejor sonrisa. - Me voy a mi puta luna de miel. - reí sarcástico, sin gracia, mientras seguía caminando. Mi respuesta los alteró aún más. - ¡Eric! Esto ha de haber sido difícil para ti, ¿te gustaría decirnos como te sientes? - preguntó un hombre de bigote canoso, junto a la mujer de cabello rojizo, que no paraba de sonreírme y dedicarme miradas coquetas.  Solté una pequeña carcajada mezclada con un bufido antes de contestar: - Estoy perfecto. Soy jodidamente indestructible. 
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