Capítulo 1: ¿Mi inicio o mi fin?

1417 Words
Narra Alicia Me siento feliz por saber que por fin puedo cumplir mis sueños, ya anhelaba volver a mi bella Madrid, desde hace muchos años no tenía la oportunidad de ir, creo que la última vez fue en unas vacaciones con mi familia; pero ahora, ahora será mi casa. ¡Madrid, ahí va tu nueva hija! Cuando tenía ocho años tuve que venirme junto con mis padres a Barcelona, nací en Sevilla, lugar en el que tuve tiempos emocionantes, allí fue donde descubrí mi amor por el arte. Fue duro dejar a mis amigos y a las personas que conocía desde que tenía uso de razón, pero mi padre no podía negarse a ante una orden que le dieron en la empresa para la que trabajaba. Estuve junto a ellos por mucho tiempo, me han apoyado en todo; hasta en mi sueño de convertirme en la mejor actriz de España. —Bien cariño, si necesitas algo me lo haces saber, promete que llamarás. Mi padre siempre me salva cuando algo me falta, pero, aun así, intento no ocuparlo. Antes me he metido en líos y siempre veo cómo arreglármelas. Mi madre sabe que no me quedo varada por nada, soy ingeniosa y siempre me salgo con la mía. —Claro que sí, los llamaré. Guardo los documentos más importantes en mi bolso de mano, me aseguro de no dejar nada olvidado y salgo de casa. Le doy un abrazo a mi padre y luego uno a mi madre. —Alicia, ¿te lavaste los dientes? —¿Qué? Claro que sí, mira como relucen. Esta mañana guardé mis cosas de aseo personal, así que me dio pereza volver a sacar del equipaje el pequeño maletín, sí, no me lavé los dientes, al final no besaré a nadie en el avión o eso creo. Hace un mes me postulé para un empleo en Madrid, para una academia de teatro muy importante llamada “Sobre tablas” se encarga de reclutar a jóvenes talentosos y los preparan durante un tiempo hasta que por medio de sus contactos los convierten en grandes estrellas, dicha academia estaba buscando maestros para dirigir a este grupo de chicos y por supuesto me postulé. Hicieron una preselección y estoy emocionada porque me han llamado para una entrevista. Llegando al aeropuerto estaban anunciando mi vuelo, me doy prisa en pasar los protocolos para abordar. Me siento en mi lugar que es del lado de la ventanilla y observo a través de ella. —Disculpa —dice la chica que se sienta a mi lado—. Podemos cambiar de lugar. Es que me da algo de nervios y me relaja ver el paisaje. Miro a la mujer con cara de confusión y esta repite lo que dice. —De verdad, viajar me da mucha ansiedad y las nubes me tranquilizan. Mi terapeuta me lo ha recomendado y me funciona muy bien, ¿podríamos cambiar de lugar? Frunzo mi ceño y hago como que no comprendo, luego señalo mis oídos y niego con mi cabeza. —Dios, ¿no puedes escucharme? Sigo mirando a la mujer y esta solo se acomoda en su lugar, miro nuevamente a la ventanilla y sonrío. Al despegar, miro a un lado y la chica tiene los ojos cerrados. No le iba a dar mi silla, también me da nervios y me encanta mirar la forma de las nubes. Un rato más tarde, el sobrecargo pasa muy amable ofreciendo la comida. —Buen día, bienvenidas a Onairline, ¿desean algo para tomar o comer? —Sí, muero de hambre —respondo—. Quiero un desayuno americano, por favor. La chica que va a mi lado me mira asombrada, no tuve más que ignorarla; por un segundo olvidé mi personaje. —Eres una maldita —suelta la chica en voz baja. —¿Qué dijiste? —¿No que no podías escuchar? —Nunca dije eso —respondí enchinando mis ojos—. ¿Cuándo lo dije? ¿eh? La mujer se queda callada y hasta allí llegó el tema. El resto del vuelo fue silencioso, no me di mala vida por ella, menos sabiendo que debo estar tranquila por lo que se me venía. Al aterrizar, le aviso a mi amigo Fabio para que pase por mí. Esperé afuera por un rato, mientras esperaba revisaba mi móvil y sentí que algo frio saltó sobre mí. —¡Oye! —grito sacudiendo mis brazos. —Lo siento, es que no veo bien. La chica que estaba sentada al lado mío me lanzó su batido encima, quise golpearla, pero llegó Fabio en su auto viejo. —¡Alicia! El hombre presiona su bocina y grita como loco, todos lo miran como si fuera un bicho raro. —¡¿Cuánto tiempo?! Fabio es de mis mejores y pocos amigos, es un hombre mayor, tiene 42 años; es un apasionado por el arte y el teatro, lo conocí cuando juntos hicimos una obra en Mallorca, fue una experiencia maravillosa. Él se baja de su auto viejo con ese estilo particular que tiene para vestirse y me da un abrazo. —Gracias por venir a buscarme, te debo mil. Llegar a Madrid fue como poder iniciar de cero, siento que será grandioso lo que me espera, muero de ansias por trabajar en un lugar fabuloso y vivir de lo que amo, tal y como lo soñé. La mañana siguiente me preparo para mi entrevista de trabajo, me acomodé como pude en casa de Fabio la cual está un poco desordenada, tiene un montón de vestuarios y de herramientas que usa para montar los escenarios en su pequeño teatro. —Vaya, pareces alguien importante. —Lo soy mi querido Fabi, lo soy. Está sería la primera vez que puedo ejercer lo que estudié, estuve en casa por tres años sin hacer mucho, me costó demasiado convencer a mis padres de dejarme salir de casa en busca de mis sueños y les juré que esta era mi única oportunidad. —Espero que te vaya muy bien, te deseo mucha suerte. ¡Rómpete una pata! Fabi me da un abrazo y me entrega las llaves de su auto. —Cuida a Rosalía, úsala cuando quieras. El auto viejo se llama Rosalía porque es de color rosa, él no lo usará hasta la noche que abre su pequeño teatro. Conduzco intentando recordar muchos lugares, tengo excelente memoria, pero algunos lugares cambiaron tanto que me demoré un poco más de lo que esperaba. Mi GPS me orientó por las calles, todo iba bien, lo único fue el tráfico; ese era mi retraso. El auto de enfrente avanza muy lento, tenía mucho espacio adelante; ¿por qué no se mueve? —¡Oiga! —grité asomando mi cabeza—. ¡Avance! Presioné la bocina un par de veces, pero ese auto seguía igual, tampoco podía pasarlo. —¡Mierda! ¡Mueva su carro! Una mujer se asoma y no dice nada, solo saca su mano y me señala el dedo del medio, algo que me molestó un poco. Apenas tuve oportunidad pasé por su lado y con la ventanilla abajo le dije: —¿Para que conduce? ¡Anciana! —grité sacando ese mismo dedo. Ya pude continuar, ya pude seguir en mi vía, todo marchaba bien; sentía que lo bueno estaba por llegar, hoy cambiaré por completo mi vida, estoy palpando mis sueños con las manos. Llegando a la academia me doy cuenta que conmigo somos unas diez chicas a la espera de ser entrevistadas, me siento en el lugar que estaba vacío y espero a que empiecen a llamarnos. Esta es mi oportunidad, empezaré a atraer lo que quiero para mi vida; esto en lo que necesito, el puesto será mío, ya me imagino portando ese carnet como tutora de la academia. —Alicia Collins, es su turno. Me pongo de pie y me dirijo por el pasillo que me han indicado. Acomodo mi bléiser, aclaro mi garganta para saludar. —Buen día, mi nombre es… No puede ser. La mujer que estaba en el tráfico, a la que llamé anciana y le saqué el dedo del medio, estaba sentada en un escritorio en el medio del salón. —¿Alicia Collins? Le sonreí mostrándole todos mis dientes. —Sí, soy yo, madame —dije con extrema educación. —Largo de aquí. La mujer toma los documentos que había enviado con mi información y los rompe en mis narices. Carajo, ¿Qué se supone que haga ahora?
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