6.La ironía aquí es deliciosa.

988 Words
Vicente se queda mirándome, tiene el ceño fruncido como si no pudiera procesar lo que acabo de decir. Claro, en su mundo perfecto y violento, las mujeres no le contestan. Las mujeres se derriten a sus pies, se mueren por un cumplido suyo, y yo debería estar agradecida de que no me ha reducido a un c*****r más en la lista de "accidentes". Qué noble. —¿Controlar todo? —pregunta, como si no acabara de despacharse a dos tipos por el mero hecho de haberme mirado demasiado rato—. Yo no controlo todo, Valeria. Solo controlo lo que me pertenece. Ah, claro, soy un jarrón Ming para este hombre, un artículo de lujo que exhibe en sus cenas de negocios. O peor, un trofeo de caza, de esos que cuelgan en la pared, con la cabeza embalsamada y esa sonrisa vacía que no significa nada. Decido no responderle directamente, porque jugar con Vicente se trata de elegir los momentos. En lugar de eso, me acerco lentamente, como si su amenaza no hubiera hecho más que excitarme, y le paso una mano por el cuello. Él piensa que estoy cediendo, que al final siempre soy yo la que termina enredada en su telaraña de poder. Pobrecito. —Vicente, cariño —susurro con una dulzura calculada—, tú siempre has creído que tienes el control. Y es adorable, de verdad. Pero, ¿te has dado cuenta de lo que te está pasando? Le lanzo una mirada que podría derretir el hielo y, por un segundo, noto cómo sus ojos se oscurecen aún más. No es por pasión, sino por ese pequeño atisbo de duda que no puede evitar sentir. Es el mismo instinto que le dijo que Álvaro estaba demasiado cerca, que Tomás le tenía demasiado afecto, y que Rodrigo no iba a ser fácil de domar. Pero no puede permitirse el lujo de dudar de mí, porque eso arruinaría toda su fachada de poder absoluto. Así que simplemente me devuelve la mirada, como si todo esto fuera una broma. Y, de alguna manera, lo es. —¿De qué hablas? —pregunta, fingiendo calma. Oh, Vicente. Si tuvieras el menor sentido del humor, entenderías que esto es gracioso, en un sentido trágico y shakespeariano. Porque aquí estamos, en este ático de lujo, rodeados de todo lo que el dinero puede comprar, pero él está perdiendo lo único que cree haber ganado: a mí. —De tus hombres. De tu preciosa "lealtad". De cómo crees que eliminando a cada hombre que se me acerque, vas a mantenerme cerca de ti —digo, dejando escapar una risa breve, casi casual—. No te das cuenta de que, mientras más te obsesionas, más te alejas de la realidad. Ahora, la tensión en la habitación cambia. Ya no es solo deseo o dominación, sino algo más oscuro, más peligroso. Vicente no sabe si estoy jugando con él, o si realmente estoy enfrentándolo. Y eso lo enloquece, porque los hombres como él necesitan certezas. Necesitan saber dónde están parados, qué es lo que pueden controlar. Y lo más gracioso es que, en este preciso momento, está perdiendo todo. —¿Alejarme de la realidad? —repite, como si la idea le resultara tan absurda que no puede ni pronunciarla sin reírse—. Valeria, estás viva porque yo quiero que lo estés. Ahí está. La clásica amenaza. Corta, directa, llena de testosterona. Como si fuera la gran revelación, como si eso cambiara algo. Me cruzo de brazos y lo observo, mientras se levanta del sofá y empieza a caminar hacia mí con esos pasos lentos y deliberados que usa para intimidar. Cualquier otra mujer estaría temblando en este punto, pero yo… bueno, yo solo estoy evaluando cuán cerca está de perder el equilibrio. —Claro —respondo, fingiendo que me afecta—, soy tu mayor acto de generosidad. El mundo debería hacerte un monumento. "Vicente, el magnánimo, salvador de mujeres que se atreven a tener una opinión propia". Su mandíbula se tensa, y yo sé que estoy empujando sus botones. Es tan fácil cuando sabes exactamente cómo funciona la mente de alguien. Vicente está acostumbrado a que todo el mundo le rinda pleitesía. Y aquí estoy yo, tratándolo como un hombre más, uno que ha cometido el error de enamorarse de alguien que nunca iba a amarle de vuelta. —No lo entiendes —gruñe—. Todo lo que hago es por ti. Para que estés segura. Para que nadie más te toque. Me acerco aún más, tan cerca que puedo oler el whisky en su aliento, y le susurro en el oído: —¿Segura, Vicente? ¿O simplemente sola? La palabra "sola" parece golpearlo como un puñetazo. Y sé por qué. Porque en el fondo, todo esto, toda esta violencia, no es más que un intento desesperado de mantenerme a su lado. Y lo más patético es que él ni siquiera sabe cómo. Cree que eliminando a los hombres que se interesan en mí está asegurando su posición, pero lo único que está haciendo es cavar su propia tumba. —No me subestimes, Valeria —dice con los dientes apretados—. Si sigues jugando conmigo, vas a descubrir lo que pasa cuando realmente pierdo la paciencia. Le devuelvo la mirada, con una sonrisa fingida. —Vicente, cariño, ya has perdido mucho más que la paciencia. Lo que él no sabe es que, mientras está ocupado eliminando a cada uno de mis admiradores, yo he estado preparando el terreno para mi salida. Y esta vez, no hay nada que pueda hacer para detenerme. Porque el hombre más poderoso de la ciudad está a punto de caer, no por las balas ni las amenazas, sino por algo mucho más simple: la obsesión. La ironía aquí es deliciosa. Él, que cree tenerlo todo bajo control, está perdiendo la única cosa que nunca tuvo en primer lugar: a mí.
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