7. Te tengo, Valeria.

971 Words
Después de mi provocación, el silencio que queda en la habitación es denso, cargado de una tensión insoportable. Vicente me mira como si intentara decidir si debería besarme o matarme. En sus ojos, esa furia contenida lucha contra el deseo. Su obsesión, su necesidad de control, lo consume, y por un momento parece estar al borde de explotar. De pronto, él da un paso hacia mí, y antes de que pueda reaccionar, sus manos se cierran con fuerza alrededor de mi cintura, tirando de mí hacia su cuerpo con una agresividad que me deja sin aliento. Sus labios chocan contra los míos con una intensidad desesperada, como si intentara reafirmar su poder a través de ese beso, reclamando lo que él cree que le pertenece. Es violento, urgente, como si este fuera su último intento por controlarme, por hacerme ceder. Mi espalda golpea la pared, el frío del mármol contrastando con el calor abrasador de su cuerpo. Sus manos recorren mi espalda, subiendo por mi nuca, enterrándose en mi cabello mientras tira de él con fuerza. Cada gesto está impregnado de un deseo tan oscuro que casi es palpable. Me besa con una intensidad que casi me hace olvidar mis planes, mis juegos. Casi. Mis dedos se enredan en su camisa, arrugándola mientras lo acerco aún más, como si ambos estuviéramos al borde de un precipicio, cayendo juntos. La habitación parece desaparecer, el aire a nuestro alrededor es denso y pesado, y el sonido de nuestras respiraciones aceleradas se mezcla con el latido de mi corazón. Lo irónico es que este momento, este arrebato de pasión salvaje, no es amor. No es siquiera afecto. Es poder. Es la lucha de dos voluntades que se resisten a ceder, y ambos sabemos que, al final, uno de los dos va a ganar. Sus labios dejan los míos solo para bajar rápidamente por mi cuello, mordiendo y besando con la misma urgencia que antes. Mis manos viajan por su pecho, desabrochando los botones de su camisa con una calma que contrasta brutalmente con la intensidad del momento. No sé si lo hago para provocarlo más o para sentir el calor de su piel bajo mis dedos, pero cada movimiento lo enloquece más. —Eres mía, Valeria —murmura contra mi piel, su voz ronca y entrecortada. Suelto una risa corta, amarga, que él no alcanza a entender. Claro que cree que soy suya. No importa lo que haga, siempre será su manera de verlo. Pero lo que no entiende es que, mientras me devora con ese hambre posesiva, yo estoy más lejos de él de lo que jamás podría imaginar. Sus manos bajan rápidamente, deslizándose bajo mi vestido con una habilidad que solo alguien como Vicente podría tener. Es tan experto, tan seguro de sí mismo, que casi me resulta atractivo. La forma en que me maneja, como si supiera exactamente cómo provocarme, cómo hacer que mi cuerpo responda. Y la verdad es que responde, porque después de todo, soy humana. Mis labios se separan mientras su boca sigue descendiendo, su respiración caliente y sus manos hábiles me mantienen en el borde del placer y la pérdida del control. El calor entre nosotros es asfixiante, y mi cuerpo traiciona cada uno de mis pensamientos calculados al seguir sus movimientos, mientras sus dedos exploran mi piel con una familiaridad que me hace recordar todas las noches anteriores. Cada toque, cada beso, es una declaración de propiedad, pero él no entiende que, por mucho que intente reclamarme, soy yo quien tiene las riendas. El modo en que me toca, como si supiera que en este momento, en esta fracción de segundo, puede hacerme olvidar cualquier plan, cualquier estrategia. Pero, por muy buena que sea esta escena, por mucho que mi cuerpo ceda, mi mente sigue inamovible. Vicente cree que está ganando, que con cada movimiento me posee más, que me doblega. Y en cierto modo, está en lo correcto. Porque en este instante, me dejo llevar, sintiendo cómo sus manos exploran cada centímetro de mi piel con una desesperación que roza lo animal. Pero mientras sus labios se mueven sobre mi pecho, y sus manos continúan su implacable descenso, la risa interna no se detiene. Él está tan seguro, tan convencido de que me ha hecho caer en sus redes, que no se da cuenta de que ya estoy muy lejos de él. Porque, mientras mi cuerpo responde, mientras mis uñas se clavan en su espalda y mi respiración se vuelve errática, mi mente está a años luz de este cuarto, de este hombre. Sus labios encuentran los míos de nuevo, esta vez más suaves, más exigentes, buscando algo que no le puedo dar. Mis manos recorren su espalda desnuda, mientras nuestras respiraciones se entremezclan en un ritmo frenético, y por un segundo, solo un segundo, me permito olvidarlo todo. Olvidar que esto no es más que una ilusión de control, que este momento de pasión salvaje no es más que un paso más en mi camino hacia la libertad. Y cuando él finalmente se derrumba sobre mí, jadeando, con el cuerpo tembloroso por la intensidad del momento, sé que ha caído en su propia trampa. El silencio que sigue es casi insoportable. Vicente me mira, sus ojos oscuros y llenos de esa misma obsesión que lo consume desde hace meses. Pero lo único que veo es el reflejo de su derrota. Me acaricia el rostro con una ternura inesperada, como si después de todo esto, hubiera algo más entre nosotros que deseo y poder. Pobre iluso. —Te tengo, Valeria —murmura, con una sonrisa satisfecho, como si acabara de ganar el premio mayor. Lo miro a los ojos, permitiéndome una sonrisa suave, y le susurro: —¿Seguro, Vicente? ¿De verdad me tienes? El silencio que sigue es como una sentencia de muerte.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD