Capítulo 1 El Umbral

1126 Words
Cuando desperté, supe de inmediato que no estaba en mi recámara. Bajo mi cuerpo había únicamente una losa fría, y sobre mí se extendía una noche fracturada en destellos dorados, como si alguien hubiera roto el firmamento en mil líneas brillantes. Al frente se alzaba una fortaleza antigua cuyos torreones rotos flotaban suspendidos en el aire, fragmentos de un sueño que se negaba a desvanecerse. Ruinas completas giraban alrededor en círculos lentos, desafiando la gravedad con una naturalidad inquietante. En el horizonte, un fuego azul ardía sin consumir nada. No había humo. No había calor. Solo un pulso rítmico, casi vivo. No sabía si debía temer todo aquello… o si, de algún modo, debía recordarlo. —Al fin despierta —dijo una voz a mi derecha. Me giré con un sobresalto. Un hombre de mirada feroz y postura desafiante me observaba como si llevara una vida entera esperando este momento. Su presencia era un muro. Su energía, una tormenta. —Me llamo Kaelrum—dijo, acercándose con un paso seco—. Y represento a la Guerra. Se inclinó ligeramente, con una sonrisa cargada de impaciencia. —Y no tienes idea de cuánto tiempo llevamos buscándote. Antes de que pudiera preguntar algo, una sombra se movió a mi espalda. Me giré y otro hombre emergió, su andar silencioso, me hizo imposible apartar la mirada. Su rostro tenía la serenidad de quien ya lo ha visto todo, y su presencia sin proponérselo despertó algo en mí. —Este lugar no pertenece a la Tierra ni al Cielo —dijo, su voz profunda y tranquila—. Estás en el Umbral. El punto donde lo que fue y lo que será se sostiene por un hilo. Se acercó, bajó el rostro hacia mí… y añadió: —Mi nombre es Aeshar y represento a la muerte. Un escalofrío me recorrió la espalda. Su voz, su nombre… algo dentro de mí respondió con un reconocimiento que no tendría que existir. Como si una puerta interna hubiera vibrado ante él. Mi garganta se cerró. —No entiendo… —susurré. Mentía. O una parte dormida de mí mentía por instinto. Las ruinas flotantes vibraron en una nota grave. La piedra bajo mis pies pareció latir con mi pulso. Cada respiración mía alteraba la luz, las sombras, la energía del lugar. Todo se movía conmigo. No era coincidencia. El Umbral me conocía. —Basta de fingir —gruñó Kaelrum, cruzándose de brazos—. Sabes lo que hiciste. —No lo sé —repliqué, aunque mi voz tembló antes de terminar la frase. Un tercer hombre habló antes de que pudiera recuperar el aliento. Su voz surgió desde una columna fracturada, profunda y hambrienta. —Claro que lo sabes —dijo, avanzando hacia mí con la calma de un depredador que no tiene que correr para alcanzar su presa. Sus ojos eran oscuros, intensos… demasiado atentos. —Mi nombre es Vorenn y represento al hambre. Pero eso ya deberías saberlo ¿Realmente no recuerdas tu propio designio sobre nosotros? La palabra designio me golpeó como un eco del pasado que venía a cazarme. La cuarta presencia apareció a mi lado sin previo aviso. No escuché sus pasos. Solo sentí un cambio en el aire. Tenía la mirada más aguda de los cuatro; no agresiva, sino curiosa. Como si cada movimiento mío fuera una pieza de un rompecabezas que él había estado estudiando por siglos. —Parece que el tiempo arrancó trozos de tu memoria —dijo con un tono casi suave—. Pero no lo suficiente para que te seamos totalmente ajenos. Sus ojos bajaron al suelo. —Mi nombre es Sethian y represento a la Peste. Si hay algo que debes tener claro es que no llegaste aquí por accidente. Seguí la dirección de su mirada. Me acerqué sin entender por qué. Algo tiraba de mí, una pulsación que no entendía. Hasta que el sello cubierto por mi cuerpo y sobre la piedra en la que estuve recostada explotó en luz. La fortaleza rugió, despertando. El fuego azul se agitó. Las paredes se encendieron. Mi respiración se quebró. —No… no puede ser —susurré, retrocediendo un paso. Pero Kaelrum ya me sujetaba por los brazos, firme, como quien intenta contener una tormenta. Aeshar se colocó detrás de mí, sus alas extendiéndose como un manto oscuro que aislaba el espacio. Vorenn apoyó sus manos sobre mis piernas, anclándome al suelo. Sethian posó una mano sobre mi vientre, allí donde la energía vibraba con más fuerza. El contacto de los cuatro me atravesó como una corriente. No había agresión. No había brusquedad. Era como la activación de un vínculo que estuvo dormido. Mi respiración se aceleró sin permiso. Algo dentro de mí —algo que no se parecía a miedo— despertó con ellos. —La conexión sigue existiendo —dijo Sethian, su mirada fija en mi abdomen—. Aunque intentaras romperla con tu traición. Mi corazón dio un vuelco. —¿Qué? —pregunté. Pero no sonaba a pregunta. Sonaba a temor. Vorenn levantó la mirada hacia mí, sus dedos aún sobre mi piel. —Elyra… tú nos condenaste. Su voz baja, casi íntima, me hizo temblar. —Y aun así seguimos vinculados a ti. Alimentándonos de ti… tanto como tú de nosotros. Kaelrum apretó mis brazos con más fuerza, pero no para lastimarme. Para mantenerme en pie. —No eres consciente de lo que está despertando una vez más—dijo. Aeshar acercó su rostro a mi oído, su voz apenas un susurro. —Si tu poder se abre por completo, Elyra… el equilibrio del universo colapsará. La luz dorada del sello se intensificó. Sentí cómo algo dentro de mí se partía. O se liberaba. Estiré la mano hacia la piedra antes de pensarlo. No pude evitarlo. Fue un impulso tan profundo que me asustó. El sello respondió a mi toque con un estallido de energía. Las ruinas flotantes comenzaron a desmoronarse en fragmentos luminosos. El cielo del Umbral se abrió como un cristal resquebrajado. El aire vibró con un rugido silencioso. Los cuatro me rodearon, conteniéndome, sosteniéndome, reclamándome. Aeshar levantó mi rostro con una suavidad devastadora. —Eres el principio y el fin —murmuró. Kaelrum inclinó su frente contra la mía. —Y la maldición que sellaste… acaba de despertar. Vorenn subió lentamente sus manos por mis piernas, su toque firme, deliberado, como reconociendo una puerta que volvía a abrirse. Sethian mantuvo la palma en mi vientre. —No hay vuelta atrás —dijo. La luz nos envolvió, ardiente, íntima, viva. Antes de que mis piernas cedieran, Vorenn se inclinó, su voz rozando mi oído. —No temas sin importar como te hagas llamar ahora…—Su tono sonaba a una promesa oscura. —Seguimos siendo tuyos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD