Capítulo 2 El Guardián del Hambre

1183 Words
Me llevaron dentro de la fortaleza, donde el lujo… y las cadenas me abrazaban. La habitación parecía sacada de un sueño diseñado por alguien que quería obligarme a recordar una vida que no sentía como propia. Nada allí me resultaba familiar: paredes oscuras respirando magia, columnas vivas que parecían susurrar, telas que se movían sin viento. Pero lo peor no era eso. Eran las ataduras. No eran de metal. Eran de energía pura. Se enroscaban alrededor de mis muñecas y tobillos, tensándose cada vez que intentaba moverme. Tiré con fuerza. La habitación respondió con un murmullo bajo, casi como si disfrutara de mi resistencia. —No te molestes —dijo una voz frente a mí. Vorenn. El hambre encarnada. Estaba sentado en un sillón amplio, con las piernas cruzadas y una sonrisa que no era amable. Era peligrosa. Intensa. La clase de sonrisa que tiene alguien que ya sabe el final de una historia que tú ni siquiera recuerdas haber vivido. Sus ojos, oscuros y profundos, se posaron en mí con una calma que quemaba. —Estas ataduras no se rompen con fuerza —dijo con suavidad casi burlona—. Se rompen cuando tú dejas de luchar. Tragué saliva. Mi pecho ardía por dentro, pero mantuve la mirada firme. —No pienso rendirme. Solo quiero volver a mi hogar. —Lo sé. —Se inclinó hacia adelante—. Por eso estoy aquí para recordarte que ya estás en tu hogar. La habitación entera pareció respirar con él. Cada palabra hacía vibrar el aire, como si estuviera conectado a este lugar de una forma que yo no entendía. —Puedo liberarte ahora mismo —murmuró—. Solo tienes que aceptar lo que eres. Mi garganta se cerró. —No sé de qué hablas. Vorenn sonrió con un toque de paciencia cruel. —Mentira. Hay algo en ti que late, Elyra. Algo que grita, aunque intentes enterrarlo. —Mi nombre es Aurora. No Elyra. No reaccionó. Era como si mi corrección le resultara insignificante. —Aurora, Elyra… no importa. Yo fui creado para sentirlo. Para reconocer ese poder que vive en ti incluso antes que tú. Lo percibo en tu respiración. Lo escucho en tus pulsaciones. Está allí. Dormido. Pidiendo despertar. Mi cuerpo se tensó. Quería insultarlo, escupirle la rabia que me revolvía el estómago… pero entonces habló más bajo, y su voz se volvió una caricia venenosa. —Eres como el hambre que existía antes de que naciera el mundo —susurró—. Nada sacia lo que arde en ti… excepto yo. Mi piel reaccionó antes que mi mente. Un temblor me recorrió los brazos. Maldije en silencio. No era deseo. Era miedo. Era él removiendo algo que no quería sentir. —No te atrevas… —murmuré, con la voz quebrada. Vorenn no se acercó, pero la energía entre ambos cambió. Era como si hubiera dado un paso sin moverse. El aire se volvió más denso. Mis cadenas vibraron. —No necesito tocarte —dijo—. Tu esencia responde a mí, aunque lo niegues. Tu poder nace del hambre y del deseo. No es debilidad, Elyra. Es lo que te hace divina. Mis pulsaciones chocaron contra las ataduras como si quisieran liberarse. Vorenn se levantó con calma. Su movimiento fue tan natural que la habitación pareció inclinarse hacia él. Se detuvo a un paso de mí. Tan cerca que el aire entre nosotros tembló. —¿Quieres saber por qué no puedes apartarme? —preguntó. No respondí. —Porque no soy un enemigo cualquiera. Soy tu creación. Mi mente se detuvo. —¿Qué…? Vorenn alzó una mano. Un hilo de luz negra surgió de sus dedos. El mundo se desvaneció alrededor de nosotros. Y entonces lo vi. Un recuerdo. Yo estaba allí. Pero no era yo. Era otra versión de mí: más antigua, más fría, envuelta en un poder oscuro que la sostenía como una segunda piel. Su rostro —mi rostro— no tenía miedo. Tenía dominio. Vorenn estaba frente a mí, arrodillado, encadenado, con las manos manchadas de sangre. Y yo lo miraba con la crueldad de quien no teme al infierno porque lo creó. Aparte la mirada, cerré los ojos negándome a ver aquello. —Fuiste tú quien me dio un nombre. Quien me hizo guardián del hambre y del placer. Y también quien me condenó a un tormento eterno cuando nos traicionaste. Cuando lo escuché hablar y abrí los ojos la escena ya habia desaparecido. La habitación volvió con un golpe. Mi pecho subía y bajaba con violencia. Vorenn me observaba con esa calma que me erizaba la piel. —Ese ser… esa mujer… no soy yo —me justifique. —Oh, sí lo eres —respondió con suavidad venenosa—. Puedes fingir ser humana. Puedes jugar a olvidar. Pero tus pecados aún te recuerdan. —Cállate. —No puedo. —Su sonrisa creció apenas—. Es demasiado divertido verte luchar contra lo que ya vive en ti. Mi rabia explotó. Sin pensar, lo abofeteé con toda mi fuerza, incluso encadenada. El sonido resonó en la habitación. Vorenn no retrocedió. Ni siquiera levantó la mano para detenerme. Solo sonrió. —Ese fuego… —dijo en voz baja—. Eso lo que siempre he amado de ti. Mi corazón se agitó como un tambor. No sabía si quería matarlo… o tocarlo. La tensión entre nosotros se volvió insoportable. No vulgar. No simple deseo. Era algo más profundo. Más peligroso. Vorenn levantó la mano lentamente. No me tocó. Solo la acercó a mi rostro hasta quedar a un milímetro de mi piel. La energía explotó entre ambos. Un hilo rojo vibrante nos unió, tirando de mis cadenas. Estas se tensaron… y luego empezaron a ceder. —Mírame, Elyra —ordenó. Lo hice. No porque quisiera. Sino porque mi deseo respondió antes que mi voluntad. —Tu fuego no nació para ser apagado —susurró—. Nació para consumir. Un jadeo escapó de mí antes de poder contenerlo. La energía subió desde mi vientre hasta mi garganta, estallando en un calor que no podía negar. Vorenn inclinó apenas el rostro. —Ahí estás… Las cadenas se rompieron. No porque yo las destruyera. Sino porque él lo permitió. Mis manos quedaron libres. Pero el aire no. Di un paso atrás, temblando. Él no me siguió. No necesitaba hacerlo. Su mirada me tenía atrapada igual. —Huye si quieres —dijo en voz baja—. Pero no podrás cambiar lo que eres. Mi voz apenas salió: —Te odio… —Sí —murmuró—. Pero ahora mismo también me deseas… y mueres de hambre por mí. Lo odié por tener razón. Corrí. No porque creyera que podía huir de él… sino porque necesitaba huir de mí. De la verdad que vibraba bajo mi piel. Atravesé la puerta con las piernas temblorosas y el corazón deshecho. Su energía seguía adherida a cada rincón de mi cuerpo, como una marca invisible. Y lo más perturbador no fue lo que me dijo. Fue lo que sentí. Una parte de mí… sí lo había deseado con hambre.
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