Capítulo 3 Mi ruina bendita

1493 Words
La biblioteca a la que escapé dentro de la fortaleza del Umbral parecía un santuario olvidado. Me refugié allí porque era el único sitio donde podía respirar sin sentirlo a él. Vorenn. El hambre misma. Todavía podía percibirlo en mi piel, no por su toque —porque nunca terminó de tocarme—, sino por esa forma suya de invadirme desde dentro. Apoyé la frente en una columna y cerré los ojos. Quería silencio. Pero la fortaleza no parecía dispuesta a darme nada. —Así que aquí viniste a esconderte —dijo una voz tranquila. Mi corazón dio un salto. Me giré. Sethian (Peste). El nombre antiguo vibró en mi mente como si lo hubiera pronunciado antes, en otra vida que no era exactamente mía. A diferencia de Vorenn, él no quemaba. Él apaciguaba. Su quietud llenaba la biblioteca como una neblina suave y densa. No era voraz como Hambre ni tempestuoso como Guerra. Era… otra cosa. Una calma inquietante, hecha de siglos de observar sin intervenir. —No estoy huyendo —dije, aunque ambos sabíamos la verdad. —Claro que sí. —Su tono no fue acusador—. Y no te culpo. El amor y el odio de Vorenn hacia ti siempre fueron demasiado intensos. Avanzó entre los pasillos con pasos casi inaudibles. Las estanterías parecían inclinarse hacia él, como reconociendo su presencia. Se detuvo frente a mí, a una distancia prudente, sin fuego en los ojos. Solo una serenidad que dolía de tan transparente. —Sethian… —murmuré, probando su nombre. Me supo extraño, ajeno… pero no del todo. Él cerró los ojos un instante, como si saborear mi voz fuera un consuelo. —Así solías decirlo —respondió—. Pero desde tu renacimiento… me negaste en tus sueños. Noche tras noche te llamé. Noche tras noche me olvidaste. Evité su mirada. —No recuerdo nada de eso. —Lo sé. —No hubo reproche—. Pero yo sí lo recuerdo todo. Y te odio por eso. La sinceridad de sus palabras me cortó la respiración. Él dio un paso más cerca, aunque seguía respetando un espacio invisible entre nosotros. —En tu otra vida, fui tu sanador —dijo despacio—. Tu consejero. La voz que te hablaba cuando incluso tú callabas. Ahora mírame… reducido a un fantasma que solo quiere que lo escuches. Mi mano se crispó contra la piedra. —Eso no puede ser. Sethian sonrió con una tristeza envejecida, como si ya hubiera vivido ese momento demasiadas veces. —Tu existencia estaba rodeada de guerras, castigos y deseo… pero conmigo eras distinta. Me dejabas verte sangrar sin máscaras. —No me hables como si me conocieras —dije, más débil de lo que pretendía. —No es que te conozca. —Su mirada se oscureció—. Es que nunca te olvidé, Elyra. Mi pecho se apretó ante ese nombre. Elyra. Lo había escuchado tantas veces ya… y aun así se sentía como un eco atrapado detrás de mis costillas. —Cuando todo se derrumbó —continuó—, me arrodillé ante ti y elegí perderlo todo. Por eso me llaman Peste. Porque cuando el Cielo quiso juzgarte, yo elegí caer contigo. Elegí… tu condena. Levantó la mano, despacio, sin tocarme. Una energía suave —más tibia que la de Vorenn, más delicada, casi humana— se extendió desde sus dedos. —Mi ruina bendita —susurró. La forma en que lo dijo fue como un golpe suave al corazón. No había lujuria. No había posesión. Había devoción. Dolor. Y algo en mí… reaccionó. No un recuerdo completo. Solo un destello: Un pasillo de columnas blancas. Mis manos encendidas. Su voz llamándome. Un juramento. Parpadeé. El recuerdo se deshizo como humo. —¿Por qué me llamas así? —pregunté, con la voz apenas firme. —Porque tu caída fue mi salvación —respondió—. Y mi castigo cuando nos maldijiste. —¿Por qué me odian? —pregunté, casi en un susurro. —Porque nuestra maldición fue amarte —dijo sin temblar—. Y con ello… sentir el sufrimiento de todos los seres vivos. Cada llanto, cada herida, cada muerte. Todo arde en nosotros… por ti. Me quedé inmóvil. No había exageración en su tono. Era un hecho. Él vivía condenado porque me había elegido. Pero… ¿cuándo? ¿Dónde? Yo era humana. Aurora. ¿Qué versión de mí había decidido eso? Sethian dio un paso más, acercándome a su voz. —Cuando te miro, el ruido del mundo se apaga. El dolor se calma. Tu presencia… es mi única cura como tu existencia es mi maldición. —No entiendo nada —susurré—. Solo quiero regresar a mi hogar. —Ya estás en tu hogar —dijo con una sonrisa leve, rota. Alzó la mano. Esta vez sí me tocó. La yema de sus dedos rozó mi muñeca, donde aún quedaban rastros de las ataduras. El calor fue suave, casi medicinal. No me reclamaba. Me estabilizaba. El temblor en mi cuerpo se calmó. Mi respiración se volvió constante por primera vez desde que desperté en esta fortaleza. Sethian cerró los ojos como si al tocarme algo dentro de él encontrara un alivio que llevaba siglos esperando. —Cuando te toco… dejo de escuchar al mundo gritar. No me aparté. No podía. Su vulnerabilidad era peligrosa de otra forma: hacía que quisiera quedarme. —No sientas lástima por mí —dijo al abrir los ojos—. Prefiero sufrir de tu mano a vivir sin tu luz. Mis labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió. La atracción entre nosotros fue diferente a la que había sentido con Vorenn. No era un incendio. Era un pulso. Una frecuencia que reconocía algo profundo dentro de mí. —¿Qué me estás haciendo? —pregunté. —Nada —dijo con calma—. Eres tú quien me está sanando. Sus dedos ascendieron por mi antebrazo con suavidad, sin exigir. Pude retirarme. No lo hice. —Tu poder no es solo destrucción —continuó—. Es equilibrio. Y lo he visto. He visto cada símbolo debajo de tu piel celestial. Cada sello que olvidaste. —¿Símbolos? —susurré. Sethian acercó la mano a mi cuello. No llegó a tocarme. Su energía vibró con una dulzura que me golpeó por dentro. —Debajo de tu piel hay escritura divina. Sellos que fueron grabados cuando aún eras ella. Yo… los memoricé cuando era tu sanador. Su voz tembló un instante. No de miedo. De devoción. —Eres cura y veneno —dijo al fin—. La salvación y la ruina de este mundo. Algo ardió detrás de mis costillas. Y definitivamente no era miedo. —No sé si puedo ser eso otra vez —susurré—. Ahora soy humana. Quiero regresar a mi vida. —No necesitas decidirlo hoy —respondió él—. Solo… recuerda quién eres. El calor creció entre ambos. No había urgencia. Solo una tensión silenciosa que podía quebrar a cualquiera. Su mano se posó en mi cuello. El temblor que me recorrió no fue de temor. Él me observó como si esperara algo que no se atrevía a pedir. Entonces se inclinó y me besó. Un beso suave, temeroso de romperme. Mi respiración se detuvo. Y antes de pensarlo, lo correspondí. Fue mi consentimiento silencioso el que encendió algo en él. El beso cambió. Profundo. Hondo. Cargado de algo oscuro. Mi poder respondió. Una corriente nació en mi vientre y se extendió hacia donde él me sostenía. Sethian exhaló como si soltara un peso que llevaba demasiado tiempo cargando. —Eres la única que puede silenciar esto —murmuró. El deseo en su mirada no buscaba devorarme. Buscaba entregarse. Mis dedos tocaron su rostro por impulso. Su respiración se cortó. —No sé por qué… —dije—. Pero no quiero detenerme. —Porque me creaste para ti —susurró—. No para poseerte… sino para adorarte. Su frente rozó la mía. La energía que estalló hizo temblar los libros. —Si te quedas a nuestro lado… —empezó. —No puedo —lo interrumpí, temblando. Él sonrió con dulce amargura. —Tu honestidad sigue siendo tan cruel. Entonces se arrodilló frente a mí. No como un súbdito. Como alguien que entrega su corona sin esperar nada a cambio. Tomó mis manos con cuidado, como si fueran fuego. Fuego con el que no temía quemarse. —Te seguiré —susurró—. Aunque me condenes otra vez. Aunque me destruyas otra vez. El fuego dorado regresó a sus ojos. Una plegaria encarnada. Mis dedos temblaron. Algo dentro de mí respondió. Una escena antigua quiso abrirse camino en mi memoria… columnas blancas, un juramento, él hincado ante mí. —Sethian… —murmuré. Él alzó la vista sin soltar mis manos. —Te odio sí, pero también te amo. La fortaleza reaccionó con calma. Por primera vez desde que había despertado, yo… No quise huir.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD