—Está hecho— anuncié, girándome apenas, lo suficiente para que notara que no tenía prisa en volver a mi asiento. Me acerqué a la ventana, como si pudiera sostenerme con ellos. Como si eso bastara para mantener a raya el vértigo de lo que se venía. Treinta minutos, pensé. Treinta minutos para convencerlo… o para hundirlo. Fabricio: La miré de espaldas, recortada contra la luz. Ni un temblor. Ni un solo gesto que me regalara una g****a. Me la sabía de memoria y aun así, ahora, no la reconocía. Me acomodé el saco y me puse de pie. No porque quisiera seguirla, sino porque no podía quedarme sentado mientras ella se alejaba, incluso desde la misma habitación. Fabricio:—Yo manejo— le dije al chófer apenas pisamos la acera. No lo miré, solo extendí la mano por las llaves. El hombre asinti

